El programa económico de Donald Trump no es ni incoherente ni impredecible. De hecho, se trata de una forma muy contundente de neomercantilismo. Nosotros, europeos, aprendimos en los libros de historia que el mercantilismo fue un sistema que tuvo lugar durante los siglos XVII y XVIII y que consistía en los esfuerzos de los Estados más poderosos por acumular riqueza protegiendo su industria mediante aranceles elevados y obligando a los socios comerciales más débiles (las colonias, en aquel momento) a aceptar unas condiciones comerciales injustas.

La esencia del programa económico de Trump preconiza exactamente lo mismo. Y esta suerte de nacionalismo económico no es en absoluto una escuela de pensamiento que se ha forjado únicamente en Estados Unidos.

La idea económica en la que se cimienta el Brexit o los programas económicos propuestos por partidos de extrema derecha en Francia o los Países Bajos respaldan objetivos similares. No cabe duda de que el liberalismo económico y la globalización han demostrado tener sus defectos, lo que, en parte, explica la tendencia actual. Pero la cuestión más urgente para los mercados es: ¿cuáles serán las consecuencias de esta transición hacia políticas mercantilistas?

La política de Trump se aplicará en un momento se aplicará en un que la inflación ya está repuntando prácticamente en todo el mundo

Se nos ocurren al menos dos. La primera es la inflación. La política de Donald Trump se aplicará en un momento en que la inflación ya está repuntando prácticamente en todo el mundo, si bien en diferentes medidas.

Y aunque el liberalismo, la globalización y la innovación han sido corrientes precursoras de la deflación, es probable que el apoyo mediante aranceles a los sectores industriales tradicionales poco competitivos fomente la inflación. Por tanto, el aumento cíclico de la inflación podría verse reforzado por la previsión de una inflación estructural mayor. Claramente, en la actualidad los mercados de renta fija no están descontando este riesgo.

La segunda consecuencia será la generación de tensiones comerciales que podrían lastrar la actividad económica mundial o incluso aumentar las primas de riesgo políticas en ciertas regiones. Recordemos que el mercantilismo finalizó, principalmente, por dos motivos: el primero es que la creciente animadversión hacia los socios comerciales provocó, en varias ocasiones, que las guerras comerciales se convirtieran en guerras reales.

El mercantilismo genera ganadores y perdedores y, por tanto, inestabilidad

El segundo motivo es que los economistas finalmente concordaron con la postura de David Ricardo, según la cual el comercio mundial no es un juego de suma cero. En vez de intentar robar volúmenes comerciales los unos a los otros, los países deberían comprender que promover el libre comercio es ventajoso para todos.

En otras palabras, el mercantilismo genera ganadores y perdedores y, por tanto, inestabilidad. Los inversores en renta variable tienen razón al pensar que vale la pena invertir en los ganadores, y es probable que acudan, principalmente, a los sectores cíclicos y al mercado estadounidense. No obstante, también les convendría prepararse de cara a la inestabilidad.


Didier Saint-Georges es miembro del Comité de Inversión de Carmignac

El programa económico de Donald Trump no es ni incoherente ni impredecible. De hecho, se trata de una forma muy contundente de neomercantilismo. Nosotros, europeos, aprendimos en los libros de historia que el mercantilismo fue un sistema que tuvo lugar durante los siglos XVII y XVIII y que consistía en los esfuerzos de los Estados más poderosos por acumular riqueza protegiendo su industria mediante aranceles elevados y obligando a los socios comerciales más débiles (las colonias, en aquel momento) a aceptar unas condiciones comerciales injustas.

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