Su hija de 16 años, como la mayoría de hijos de 16 años, hacía tiempo que no mostraba ningún interés por los proyectos de su padre. Por eso a Samuel West, el profesor de Psicología que está a punto de inaugurar en Suecia el primer Museo del Fracaso del mundo, lo que más sorprendido le tiene no es que esta iniciativa haya despertado el interés de tantos medios internacionales. Lo más desconcertante ha sido descubrir que su hija Elsa le roba a escondidas las pegatinas promocionales del Museum of failure para repartirlas entre sus amigos del instituto.

“Los chavales ya están cansados de tener que salir guapos en los selfies y que todo el mundo solo hable de lo feliz y perfecta que es su vida, porque saben que no lo es, así que la idea de un Museo del Fracaso les tiene fascinados”, explica West, que es investigador de innovación en la Universidad de Lund. Su museo, que recopila decenas de productos que fracasaron estrepitosamente en el mercado, nace «para animar a las organizaciones a aprender mejor de los fracasos, no sólo ignorándolos y fingiendo que nunca sucedieron».

La Coca-Cola sabor café, la comida congelada de Colgate (sí, Colgate) y el boli para mujeres son algunos de los rotundos fracasos comerciales de los que expone en su museo que más divierten a West. «El propósito no es ridiculizar estos productos fallidos, sino demostrar que la innovación siempre requiere fracaso igual que para aprender a andar tienes que caerte antes varias veces», explica West.

Al principio parecían una buena idea

Fuente: Museo del Fracaso.LUIS SEVILLANO

Cuando West empezó a coleccionar productos fallidos para sus talleres de formación a las empresas a las que asesora y surgió la idea del museo, imaginó que el público interesado en él serían compañías, ejecutivos y diseñadores de productos. «Pero el fracaso despierta cada vez más interés en el público en general. Humaniza a las empresas y libera a la gente para equivocarse porque ven lo común que es para las empresas más importantes del mundo fracasar cuando intentan algo nuevo. ¿Por qué no yo?, piensan».

Últimamente el fracaso está pasando a ser un tema que genera fascinación. No solo es el protagonista de este nuevo museo sueco. También se investiga en las escuelas de negocio y sirve de hilo conductor para cada vez más conferencias de profesionales hartos de que solo tengan visibilidad las historias de éxito empresarial cuando, en realidad, son minoritarias. En LechazoConf, una conferencia de emprendedores que tiene lugar este fin de semana en Valladolid, los proyectos que han salido mal y las lecciones aprendidas tienen un protagonismo especial.

La era del fracaso

Cuanto más rápida es la innovación y el cambio tecnológico en una sociedad, como la que estamos viviendo ahora, más frecuente es que las cosas salgan mal. No solo fracasan las malas ideas comerciales, hasta las novedades más exitosas acaban obsoletas muy rápidamente y pasan a sumarse al desván de los objetos obsoletos.

Hasta hace unos años, antes de la crisis, cuando la economía crecía de manera sostenida, arriesgarse tenía recompensas modestas y por tanto el incentivo para probar cosas nuevas era mínimo. Sin embargo, una época de invención constante genera naturalmente una de fracaso constante.

En una fase de mucho avance tecnológico, se pierde miedo a correr riesgos y equivocarse

“Cuando hay muchas innovaciones en poco tiempo, históricamente llegan momentos de disrupción en los que se pierde el miedo a arriesgarse porque quedarse quieto es más arriesgado», explica Kandarp Mehta, profesor de Iniciativa Emprendedora de IESE. «Luego se pasa a una fase en la que se estabiliza y en esos momentos las sociedades muestran de nuevo un recobrado miedo al fracaso porque están digiriendo todos los cambios».

Es normal que cuando se entra en una fase de riqueza y progreso haya menos incentivos para seguir corriendo riesgos y nos volvamos conservadores. Lo curioso de la época actual es que, según los expertos, el fracaso todavía está demasiado proscrito para la necesidad de innovación que hay.

“Si el miedo al fracaso es muy alto, como pasa todavía en España, la gente no intenta hacer cosas nuevas o diferentes”, insiste Mehta, que ha estudiado las diferencias entre las organizaciones que solo incentivan el éxito con las que premian también el esfuerzo. «Las empresas que incluyen esto último obtienen no solo mejores resultados en innovación sino en términos económicos». Y añade: «Si no se experimenta no se avanza. Y para ello es clave que en las empresas esté bien visto probar algo diferente».

Metha lo explica con un experimento clásico de psicología: “Se hizo la prueba yendo a un barrio hace unos años a ir a decirle a varios grupos de vecinos que tenían que consumir menos electricidad con argumentaciones diferentes. A uno se les explicó que era mejor para el medio ambiente. A otro que para ahorrar dinero. A un tercero que porque era bueno para la sociedad. Y al cuarto grupo le dijeron que era porque era lo que hacía la gran mayoría del barrio. Ganó claramente el último, porque el incentivo más poderoso es el social”, explica.

Equivocarse ahorra dinero

Si gestionar mejor los errores está preocupando cada vez más en las empresas es porque saberlo gestionar ahorra mucho dinero. Mucho. No hay más que echar un vistazo al Museo del Fracaso.

No es lo mismo la lección que extrajo Kodak de su primera cámara digital, que la guardó en un cajón cuando interpretó que el futuro de la fotografía nunca sería digital, que lo que hizo Apple con la fallida agenda electrónica con pantalla táctil de la que hasta Los Simpsons se reían en un capítulo hace 20 años por lo lenta que era. A raíz de ese producto fallido, Apple inició la línea de investigación que le llevó a lanzar el iPhone diez años después.

“Está comprobado que en entornos innovadores donde fluyen las ideas y se compite menos, da menos miedo innovar”, afirma Juan Antonio Huertas, profesor doctor en Psicología de Motivación y Emoción de la Universidad Autonóma. “Por eso, las empresas están cambiando hasta los diseños arquitectónicos pensando en la colaboración y el intercambio».

Las empresas muy competitivas llevan a la mayoría de la gente a proteger la autoestima y no a arriesgar

Atrás quedaron aquellos cubículos aislados tan típicos en los años 80 que separaban a unos de otros en las oficinas. «Esos espacios fomentan la competición y, por tanto, llevan a proteger la autoestima, a no arriesgar», añade Huertas. «Cuando en un entorno competitivo fracasas, crees que el fracaso es individual. Si algo sale mal en un entorno colaborativo, sabes que no tiene que ver con tu inteligencia, sino con una destreza en concreto que se puede modificar».

«Estamos en un momento de transición tan profundo tecnológicamente que las que tengan miedo a emprender en cosas nuevas van a desaparecer en poco tiempo», sentencia Metha. Y ahí es donde perder el miedo a que algo salga mal es fundamental.

Varias multinacionales ya han puesto en marcha premios celebrando el fracaso de sus empleados. La agencia de publicidad norteamericana Grey ha creado el Heroic Failure Award; NASA tiene el premio Lean Forward, Fail Smart; y el gigante indio Tata tiene el Dare to Try Award. Es una manera de fomentar que su plantilla corra riesgos.

Varias multinacionales ya han puesto en marcha premios celebrando el fracaso de sus empleados

“En los entornos de colaboración se arriesga y se avanza más”, dice Huertas, «porque nadie siente que sea culpa solo suya si algo sale mal». Plataformas de crowfunding como Kickstarter, por ejemplo, donde cualquier idea o producto puede buscar financiación a través de pequeñas donaciones, son un ejemplo perfecto de trampolín para hacer posibles grandes innovaciones y a la vez un escaparate bizarro con miles de productos fallidos que prometían revolucionar el mercado y se quedaron en nada.

«La financiación conjunta permite repartir el riesgo entre mucha gente y que se intenten cosas que de otro modo nunca habrían sido posibles», añade Huertas. Sin embargo, el escaparate digital también puede tener un efecto paralizante.

“En la era digital es más visible cualquier equivocación y eso puede llevar a que más gente tenga miedo al fracaso”, advierte David Urbano, profesor del Departamento de Empresa de la Facultad de Economía y Empresa de la UAB. “Cada vez hay más personas que no se atreven a hacer ciertas actividades porque la sociedad digital exige que no nos equivoquemos, pero para tener éxito hay que hacerlas mal primero”.


España está cambiando

En España, los expertos en innovación perciben una división muy clara entre la economía nueva y la antigua. “Es muy común en los países donde las empresas crecieron con apoyo del Estado y las empresas grandes vienen de antiguos monopolios”, dice Metha. “Cuando hay estructuras grandes, complejas y muy jerarquizadas, es más difícil fomentar experimentación porque entre los empleados hay mucho miedo al fracaso y poco incentivo para salirse del carril”.

Es la herencia de la segunda mitad del siglo XX, cuando la sociedad estaba acostumbrada al progreso social y económico (más o menos) sostenido y en la que las innovaciones tecnológicas se centraban en mejorar los productos ya existentes (un coche más rápido, una tele a color o un reproductor de vídeo de doble pletina).

Ahora, sin embargo, se están viniendo abajo muchas de las estructuras que conocíamos. Y no solo en lo tecnológico. Quedarse sin trabajo, divorciarse o tener que cambiar de casa porque sube demasiado el alquiler están pasando de considerarse un fracaso a convertirse en algo cotidiano.

«Estamos en una fase de transición», dice David Urbano, profesor del Departamento de Empresa de la Facultad de Economía y Empresa de la UAB. «Y la educación debería preocuparse por formar a la gente en la gestión de fracasos. El problema es que no nos estamos adaptando a esta nueva realidad llena de incertidumbres. Habría que educar a la gente para estar en crisis crónica. La crisis económica de los últimos años va a ser una anécdota en comparación a la etapa de cambio constante en la que estamos entrando».

Coca-Cola sigue contando a los empleados la historia sobre cómo se equivocó la compañía con New Coke

Urbano se ha entrevistado con cientos de emprendedores españoles en los últimos 15 años para sus investigaciones y su conclusión es que ha habido muchísimo cambio en poco tiempo. “Estamos pasando de empresario tradicional al de la start-up. Y éste está mucho más preparado para que un negocio salga mal y haya que reinventarse de nuevo. Es una transformación muy favorable”.

También hay cada vez más grandes empresas que piden a los expertos de las escuelas de negocio que impartan conferencias y seminarios tanto de iniciativa emprendedora como de gestión del fracaso para formar a sus ejecutivos en ese espíritu más propenso a la innovación.

«En España también está cambiando la mentalidad», dice Metha. «Los resultados tardarán años en notarse, pero es muy positivo que cada vez más gente le pierda el miedo al fracaso y haya un boom de actividad emprendedora. Muchos jóvenes ya no perciben que estén renunciando a una seguridad porque sienten que en realidad ha dejado de existir. Lo importante es que no pierdan ese espíritu cuando sus empresas crezcan. Porque históricamente se ve que las empresas innovadoras cuando crecen se convierten en un laberinto que pone dificultades al cambio».

Yo no he sido

Vinnova, una agencia de innovación sueca, es la que proporcionó fondos a West para iniciar el proyecto del Museo del Fracaso. Lo que no ha conseguido es que le apoyen empresas. Contactó a muchas de las que asesora para pedirles productos en los que hubieran fracasado para el museo. Ninguna colaboró.

Colgate, por ejemplo, ni siquiera le quiso enseñar una muestra de los productos congelados que lanzó al mercado en los 80 con la misma marca que la pasta de dientes. «Aquello, claro, no funcionó», ríe West. «Pero no hay por qué esconderlo». Al final, tuvo que reconstruir el packaging original en una recreación un tanto libre asesorado por expertos en branding porque no hubo forma de encontrar el producto original.

Colgate prefiere olvidar su gama de comida congelada y no ha colaborado con el Museo del Fracaso

“Por más que sea políticamente correcto decir que para innovar hace falta arriesgarse y cometer errores, la mayoría de empresas siguen estando avergonzadas de los productos que no triunfaron y lo encuentran amenazante».

En Coca-Cola, sin embargo, las historias sobre cómo se equivocó la compañía cuando cambió la fórmula de la New Coke, en vez de ocultarse, se enseña a los empleados 30 años después del fallido lanzamiento para aprender la lección.

“En innovación, el éxito es lo más minoritario, lo cotidiano es el fracaso», recuerda West. Menos del 10% de innovaciones que hacen las empresas funciona en el mercado. «¿Cómo pueden las empresas desdeñar los fracasos si cerca del 90% de las innovaciones fracasan?», se pregunta: «Sin fracaso no hay innovación, así que vamos a reivindicarlo».

«El éxito no siempre es el destino», reconoce West. Él prefiere reivindicar el interés del fracaso en sí mismo. «A veces equivocarse te lleva al éxito. Otras veces no. Pero es interesante en cualquier caso, por eso trabajo para que se le preste más atención». Y lo está consiguiendo. No hay más que ver las pegatinas que ahora su hija Elsa luce orgullosa en la mochila del colegio.