Juan Mascuñano Torres, programador informático de 57 años, está preocupado porque mucha gente cree que no es real. Lo cuenta mientras hace un descanso. Hace unos minutos estaba rellenando una base de datos de médicos para una página web privada, lleva días con ello. Es un encargo que le ha hecho un contacto en el extranjero a través de la red social de profesionales LinkedIn.

Según ha podido confirmar El Independiente, su contacto también está convencido de que Juan es real. Y también asegura que es una persona “profesional y con muchas cosas que ofrecer”. Por eso le ha encargado este trabajo y otros anteriormente.

Pero Juan sigue preocupado porque, como su contacto, hay otras 13.444 personas que le siguen en LinkedIn, y más de 3.000 en Twitter o Facebook, pero no le llegan muchos trabajos así porque muchos no se fían de que exista.

Juan Mascuñano

Juan Mascuñano

El caso es que Juan es mendigo y pide ayuda en el número 41 de Gran Vía. Pero también es programador y se da a conocer en las redes sociales. En la calle es real, pero en medio de tanta virtualidad en Internet la gente duda. Por eso, cuelga sus fotos y vídeos en sus perfiles y muros. Por eso de momento le entran más ayudas a una cuenta bancaria que se abrió no hace mucho tiempo que trabajos, porque es más fácil enviar dinero que dar trabajo a una posible farsa. Y por eso sigue encadenado a la calle. Pero él lo que quiere es ser menos mendigo y más programador.

Juan tiene un pasado y no lo esconde. Le ha ido bien y luego mal, por su culpa y por la suerte. Estudió en un colegio privado y jugaba al ajedrez. Ganaba torneos en la Comunidad de Madrid y llegó a cursar dos años de ingeniero de telecomunicaciones. Sin embargo, no acabó la carrera y empezó a trabajar en la construcción con su padre.

Y una cosa es la cabeza y otra las piernas.  Porque Juan también sufrió poliomelitis y antes podía andar, aunque mal, pero ahora ya la cosa ha ido a peor. Juan tiene a día de hoy una discapacidad del 76% –por la que cobra 360 euros al mes– que confirman fuentes de servicios sociales, donde también corroboran su formación.

Eso, mirando hacia atrás, le hace pensar que puede volver a empezar. Echar otra vez a andar, pero usando la cabeza.

“Si a una persona, sepa o no sepa, le colocas en un sitio en concreto, rinde. Mi padre me colocó como fontanero en una obra cuando yo no sabía hacer nada. ¿Cómo puede trabajar un inválido en una obra? Pues mi padre hacía que yo fuese rentable” relata sentado sobre un cojín en una diminuta habitación llena de suciedad real. La clave es que su padre contrataba también a una persona que le llevaba de un sitio a otro y eso, dice, no fue sostenible cuando ya de fontanero solo iba a arreglar un lavabo.

Luego probó suerte como programador informático y consiguió tener mucho dinero, como para comprar un chalet, invertir otra parte y, jaque mate, perderlo casi todo en una mala operación con su hermano, al que este periódico ha tratado de contactar sin éxito. Juan dice que le sigue ayudando, pero que “no se pueden mantener dos familias”.

La caída

Lo malo no es que se caiga un negocio, sino que más allá de las piernas, te fallen las fuerzas para levantarte de un golpe. Y Juan, al que en lo personal le empezó a ir mal, acabó tras una serie de avatares personales en la calle.

No niega su parte de culpa. Reconoce que empezó a gastar demasiado: “No tenía presión…me gastaba el dinero, tenía todo, caprichos. Tenía una chica, Lourdes, que era un capricho mío. Iba un par de días con ella y luego me iba para mi casa. Luego se quedó conmigo y fue la que hizo que yo pudiera vivir en la calle”. De eso hace ya casi 20 años. Lourdes no aguantó tanto y murió hace cuatro.

Juan Mascuñano cuando tenía 34 años.

Imagen cedida por Juan Mascuñano. Tenía 34 años. Juan Mascuñano Torres

Porque también en la calle hay que saber estar en el lugar correcto para ser rentable. Juan parece relatar la vida en clave de movilidad. Todo lo que dice hace referencia a eso. Toda su pelea parece ser encontrar un sitio.

“Antes era cómo colocar a un inválido en una obra para que fuera rentable. Luego cómo colocas a un inválido en la calle para trabajar. Era ella la que me colocaba en los sitios buenos en las calles, me protegía para que no me pasara nada, y pidiendo sacaba cierto dinero. Porque eso es una pelea, te echan, te quieren pegar. Tenía una protección”, prosigue antes de lanzar un mensaje en 104 caracteres: “Si me colocan en un sitio, puedo sacar dinero. Ahora estoy aquí y tengo LinkedIn y lo estoy consiguiendo”.

Su cuarto, su oficina

Juan se refiere a su habitación y su lugar en las redes sociales. Actualmente está instalado en un pequeño cuarto en una casa ocupada ilegalmente, por lo que, como dice, “está todo en el aire”. De hecho, cree que en un mes tendrá que abandonarla. Las estanterías son de cartón, de las que se utilizan para promocionar productos de perfumería. Y más allá, una pequeña cama, cables sueltos que salen de las paredes, un taburete sacado de la basura y su silla de ruedas en un pequeño balcón. Todo tan habitado como abandonado.

Sin embargo, el ordenador que alguien le regaló con su pantalla, teclado y ratón luce como en un despacho abandonado hace tiempo. Junto a la estufa eléctrica y el módem. Nadie limpia su despacho, ni él mismo dada su escasa movilidad. Por eso y porque en el fondo, sigue encadenado a la calle.

Lo explica sentado en el suelo. El problema que se le plantea ahora es que, como de momento tiene más ayudas que trabajos, tiene que seguir dando pena así que sigue anclado a la acera de Gran Vía, 41. Y para llegar allí depende de que alguien le baje los tres pisos de escaleras que le alejan de las aceras, donde sabe que es real.

Siempre así, en el limbo entre el cielo y el infierno. Alguien le regaló el ordenador con el que trabaja para salir de la calle de la que no puede salir porque necesita tener más ayudas y poder seguir optando a trabajos esporádicos.

“Empecé con una tablet mala, en el McDonalds, con el wifi, me la dieron también. Como sabía, me hice un Facebook y todo lo que tengo montado…hace cuatro años. Nunca perdí la noción, me metía en locutorios en lugar de estar tirado, pero no sacaba nada…ahora he empezado a sacar y he abierto una cuenta en el Banco Santander y PayPal. Me salen cosas, me puedo mantener, pero está todo en el aire y resulta que si ya no estoy en la calle, va a caer la pena y voy a volver a la calle”, habla como dibujando círculos desde detrás de unas gafas que compró hace poco gracias también a las ayudas que van llegando.

Las redes sociales, más que nunca el futuro

Cuando Juan habla de las gafas habla también de un posible futuro. El que parece estar brindándole esa jaula de grillos que son las redes sociales. Ahora por fin ha conseguido una buena conexión a Internet. Hasta ahora no había podido. “Siempre he estado con conexiones malas y para lo que estoy haciendo olvídate, porque tengo que estar abriendo 27 cosas a la vez. Tengo que rellenar 1.000 registros en una semana”.

Con todo, desde su visión de sin techo “el trabajo estable es utópico”. Aunque no le hacen falta 2.000 euros, con 500 o 600 euros más lo que cobra de pensión de invalidez podría mantenerse. Lo justo para vivir y luego ya, la suerte la puede tener todo el mundo. “Me puede salir un trabajo bueno con el que pueda recuperar algo. […] Lo estoy viendo cerca”, asegura.

Pero no todo es gracias a LinkedIn, asegura. Los servicios sociales consultados aseguran que Juan tiene un buen currículo, sobre todo comparado con las personas que viven o han vivido sin techo. Él mismo asegura que “para hacer esto (los trabajos esporádicos que le salen) tienes que saber algo, tener una dedicación muy fuerte y tiempo”. “Conseguir 13.000 seguidores en LinkedIn o 3.000 en Facebook no está al alcance de todo el mundo”, insiste.

Juan se recrea contando por qué ahora está en disposición de aprovechar las oportunidades de las redes sociales:”Siempre estuve en contacto, entraba en los locutorios, veía las cosas, vi cuando empezó Facebook…es una cosa que no he abandonado nunca […] muchas veces el dinero que sacaba me lo gastaba en eso, me metía en un locutorio y me gastaba 10 euros en estar un día entero allí. Por eso me regalaron esto (señala su ordenador), porque sabían que siempre estaba en eso, que adornaba mi caseta con cosas que imprimía… mi mujer ponía florecillas y muñequitos que le gustaban a una caja de cartón en Gran vía, pues yo le ponía esas cosas”, recuerda.

Juan sigue jugando al ajedrez, pero “no en plan deportivo”, tampoco eso lo ha perdido. Sigue pensando en la mejor estrategia. Busca otra partida, la revancha, en el nuevo tablero e insiste en que solo necesita que alguien mueva ficha. Y para eso mañana seguirá yendo a pedir a Gran Vía 41 y a conectarse a las redes. Tan real en ambos mundos.