Economía

La fibra del futuro se hace en una fábrica de Cantabria

La factoría de Sniace en Torrelavega se reinventa tras tres años cerrada con una mujer a los mandos y los dueños de TSK y Naturhouse como principales accionistas

Factoría de Sniace.

Factoría de Sniace.

Los muros de la fábrica de Sniace en Torrelavega alojan una factoría con 80 años de historia. También maquinaria capaz de transformar una materia tan simple como la madera de eucalipto en un material tan complejo como la fibra viscosa biodegradable. Podría decirse que es la fibra del futuro. O al menos, una de las que ofrece con más proyección en el desconocido -para el gran público- negocio de la química.

El compuesto cocinado en la fábrica de Sniace es codiciado por su condición verde. No contiene plásticos y puede utilizarse para elaborar productos que no contaminen. Por ejemplo, con las fibras que elabora la empresa cántabra se fabrican el papel higiénico húmedo o las toallitas que se deshacen en el inodoro.

«Cada hogar que tiene una lavadora envía al planeta siete kilos de plástico al año, sencillamente porque utilizamos muchas fibras sintéticas en los tejidos. Los nuevos materiales ayudan a cambiar esa tendencia», asegura la presidenta de Sniace, Gema Díaz.

Durante años, la fábrica de Torralevega produjo celulosa estándar, dirigida al negocio textil. Pero con el tiempo fueron derivando hacia una modalidad biodegradable, sustitutiva del plástico. «Aporta un gran valor añadido por su condición higiénica. Puede utilizarse, por ejemplo, en las batas de los quirófanos o en los manteles desechables. Nosotros nos hemos centrado en las toallitas, donde hay un crecimiento enorme. No se usan sólo para bebés, sino que tienen un gran potencial en adultos a partir de los 50 años», explica la ejecutiva.

Gema Díaz, presidenta de Sniace.

Gema Díaz, presidenta de Sniace.

La historia de Sniace tiene capítulos de esplendor y de tragedia, incluyendo un concurso de acreedores que la obligó a echar el cerrojo durante tres años y medio. La empresa nació en 1939, enclavada en el centro de la Y cántabra, el cruce de caminos que enlaza los caminos que llevan a País Vasco, Asturias y Castilla (y por extensión, a Madrid).

Fue ganando volumen proporcionando elaborados químicos para la industria, destrozada por la Guerra Civil. La fábrica funcionó a pleno pulmón en los años de la autarquía, cuando la economía se alimentaba sólo –o casi- de lo que se producía dentro de nuestras fronteras.

En 1946 inició la producción de fibra de rayón, utilizada para los tejidos ordinarios. Con ellos se fabricaban desde uniformes del ejército a monos de trabajo para las factorías del franquismo. Cuatro años después, se lanzaron a generar celulosa para el mercado del papel. Y en 1950, empotraron en el recinto de Torrelavega una central térmica para producir electricidad.

En 1996 pusieron en marcha una nueva división, la forestal, centrada en la gestión de bosques para garantizarse la materia prima. El negocio es hoy uno de los motivos de orgullo de la casa. «La mayor parte de esos árboles están en la cornisa cantábrica. Esa celulosa se usa para generar la fibra y la que sobra se vende fundamentalmente al mercado asiático», señala la presidenta de Sniace. Díaz asegura que los árboles de la empresa cántabra, muestran una concentración de celulosa muy por encima de la media; también es capaz de absorber mucho más CO2. Las dos virtudes de la conífera se logran, según la directiva, «gracias a un largo proceso de selección evolutiva, que requiere muchos años».

El complejo industrial fue expandiéndose y, con él, el volumen de la plantilla. Sniace llegó a tener en nómina a 4.000 trabajadores. La feroz competencia exterior acabó minando la capacidad de resistencia de la compañía, sobredimensionada para sus posibilidades de negocio. Luego la recesión, que golpeó a España de manera doble, hizo el resto. En 2013 declararon el concurso, dejando en apuros a los acreedores y provocando un trauma en Torrelavega, la segunda ciudad de Cantabria tras Santander.

Fachada de la fábrica de Sniace.

Fachada de la fábrica de Sniace.

«Con la regulación la fábrica se hizo inviable. Las necesidades que había cuando nació Sniace, una economía autárquica, eran radicalmente distintas. También los mercados. Las empresas mineras son un ejemplo», recuerda Gema Díaz.

Después de una ardua y complicada renegociación de la deuda, Sniace volvió a abrir sus puertas en 2016. Tras el renacimiento estaba la inyección de capital de dos empresarios con músculo financiero. El primero es Sabino García Vallina, tan desconocido como acaudalado. Es el principal accionista de TSK, una poco conocida empresa de ingeniería que factura la friolera de 1.000 millones y tiene en plantilla de más de 1.000 empleados. El segundo es más popular: Félix Revuelta, dueño de Naturhouse, padre de la exitosa cadena de franquicias de productos dietéticos.

Ambos creyeron en las posibilidades de Sniace y se embarcaron en el proyecto. Tanto García Vallina como Revuelta han reafirmado esta misma semana su compromiso inversor, al acudir a la ampliación de capital que tiene en marcha la compañía. El presidente de TSK ha invertido 6,5 millones, elevando su participación hasta el 30% del capital (el máximo permitido para eluir una OPA). Revuelta, por su parte, ha desembolsado 5,5 millones

«En nuestra historia hemos tenido sombras pero también muchas luces. Logramos reabrir una fábrica con 700.000 metros cuadrados, algo insólito en nuestro país». Lo hicieron con un plan estratégico que intenta potenciar lo que ellos consideran su factor diferencial. «Sniace es competitiva porque está integrada». Esa integración arranca con una gestión forestal muy potente y culmina con la producción de fibras con alto valor añadido. En medio, queda la generación de celulosa y la cogeneración de energía.

El plan estratégico es obra de accionistas que ya lucen galones (García Valllina o Revuelta) y del talento incorporado al consejo de administración. Gema Díaz, que se sumó al proyecto con la reapertura de 2016, rompió moldes en CEOE al convertirse en la primera mujer en presidir una patronal territorial (la cántabra, en las elecciones de 2012). Hoy es una ejecutiva con mando en un sector -la industria- copado por hombres. «Siempre me preguntan por ello. Pero en mi día a día no pienso si soy mujer u hombre. Tengo que hacer un trabajo lo mejor posible, buscando la excelencia en mi gestión», confiesa Díaz.

En el barco de Sniace también navegan directivos de la talla de José María Castellano, ex mano derecha de Amancio Ortega durante años desde su puesto de consejero delegado de Inditex. O Ignacio Bayón, ex ministro de Industria y ex presidente -entre otras- de Renfe y Realia.

El objetivo común, según Gema Díaz, es hacer grande a Sniace. Pero también remar a favor de la industria, «el sector que proporciona los salarios más elevados y los empleos más estables», recuerda. «Por eso es tan importante cuidarlo. Cada fábrica que cierra en España es un fracaso para todos», lamenta la presidenta de Sniace.

¿Cómo se ve el futuro desde el sector industrial? «Echamos en falta seguridad jurídica», contesta la presidenta de Sniace». «La apuesta por el modelo ecológico no puede realizarse sólo a costa del modelo industrial. No sólo genera CO2 la industria, también nuestros coches, calefacciones y aires acondicionados, o los trasatlánticos. Habría que penalizar a quien lo hace mal y favorecer a quien lo hace bien».

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