Uno de los pilares de los nuevos programas del Ministerio de Defensa del año 2026 gravitará en torno a la inversión en capacidades antiaéreas basadas en misiles. Según adelantó el Ministerio de Industria el pasado mes de mayo mediante la apertura de una consulta, la cartera que dirige Margarita Robles -ministra de Defensa más longeva de la historia de la democracia- se centrará en el ámbito de los sistemas de misiles para el entorno naval y aéreo.

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Abarcando los misiles Taurus o NSM, Defensa quiere introducirse en una de las patas que cojea dentro de la industria nacional: la artillería antiaérea pesada. Sin embargo, el teniente coronel de Infantería del Ejército de Tierra, Miguel Ángel Rodríguez, advierte en la última publicación de la Revista del Ejército de Tierra que "la defensa aérea tradicional, basada en el intercambio lineal de misiles costosos contra objetivos de alto valor, ha quedado obsoleta ante los enjambres de drones".

Pero el teniente coronel profundiza y explica que la amenaza real no se centra en el número de los drones, sino en la inteligencia artificial de las aeronaves, ya que esta "permite una coordinación descentralizada" mediante "ataques de saturación, haciendo que la intercepción cinética sea económicamente insostenible e ineficaz". Es decir, el método defensivo que destruye un objetivo aéreo mediante el impacto directo de la fuerza y la energía explosiva de un proyectil o un misil.

Esto es porque, como ya han ejemplificado la guerra de Ucrania o la guerra de Irán, es ineficaz combatir drones de producción escalable mediante proyectiles de altísimo coste que generan grandes cuellos de botella. Este es un reto industrial y de negocio que los aliados mantienen en la actualidad con el resto de países. De hecho, Rodríguez explica que "el elemento más devastador de la guerra de enjambres es su impacto económico". Esto es porque "si un enjambre de 50 drones que cuesta aproximadamente 250.000 dólares agota las reservas de veinte misiles de alta gama de 20 millones de dólares, la batalla se ha ganado en el plano económico".

Empezar un conflicto con esta desventaja desequilibra desde el inicio una guerra. Es por eso que Ucrania ha tenido que transformar toda su economía. No solo a una economía de guerra, sino a una economía de guerra basada en drones e interceptores económicos escalables. De esta forma, Ucrania deja de depender en su totalidad la industria occidental de altísimo coste que está experimentando grandes cuellos de botella debido a que los países están invirtiendo en misiles multimillonarios.

Por eso, "el alto coste lleva asociada una baja tasa de producción". Esto es porque, a diferencia de los drones, "los misiles son complejos de fabricar, pues requieren cadenas de suministro sofisticadas y plazos de entrega que se miden en meses o años". Mientras tanto, "los drones de enjambre, por otro lado, pueden producirse en masa mediante fabricación aditiva (impresión 3D) y componentes comerciales, por lo que las reservas pueden reponerse de manera exponencialmente más rápida".

Con esto, "si la amenaza del enjambre se basa en la geometría de la saturación y el desequilibrio económico", el teniente coronel del Ejército de Tierra argumenta que "la única respuesta verdaderamente sostenible debe operar fuera de las limitaciones de la física cinética y los costes unitarios". Por ello, posiciona al láser de alta energía (HEL) como la solución. Esta es "una tecnología que está redefiniendo la defensa aérea y que pronto pasará de ser un proyecto de I+D a un componente esencial de la táctica militar". Pero su principal atractivo de las armas HEL no radica solo en su capacidad de destruir, "sino en su bajo coste, reducido al combustible o la electricidad necesaria para generar el pulso (se estima entre uno y diez dólares)".