"En las últimas semanas, la operación de la IA sufrió uno de sus reveses más pronunciados hasta la fecha, con los fabricantes de chips registrando su peor racha de pérdidas desde 2008", advierte Clémence Rusek, estratega de Vontobel. La fiebre bursátil de la inteligencia artificial empieza a dar paso a una revisión de las expectativas que habían impulsado a las grandes tecnológicas. Nvidia, fabricante de los chips que permiten entrenar y ejecutar los modelos de IA y uno de los principales símbolos de este auge, ha perdido alrededor de un 20% de su valor en bolsa en el último mes. Pero no es un movimiento aislado: Alphabet, Meta, Broadcom, Tesla o Taiwan Semiconductor también figuran entre las compañías afectadas por las ventas.
El 5 de noviembre, el Nasdaq Composite, con un fuerte peso del sector tecnológico, registró su peor sesión desde septiembre de 2025, mientras que el desplome de la jornada llegó a borrar 3,2 billones de dólares de los mercados estadounidenses, según el Financial Times. Detrás de la corrección confluyen varios factores que se han ido acumulando en los últimos meses: desde las advertencias de los propios responsables de las compañías sobre los riesgos de desarrollar una inteligencia artificial cada vez más potente hasta las dudas sobre la rentabilidad de las inversiones multimillonarias que exige esta tecnología. A ese escenario se ha sumado ahora la incertidumbre regulatoria tras el avance demócrata en las elecciones estatales de Estados Unidos.
Las elecciones añaden incertidumbre a los proyectos
El resultado electoral ha incorporado un nuevo elemento de presión a la expansión de las infraestructuras necesarias para desarrollar la inteligencia artificial. Los avances demócratas en varios estados han elevado la preocupación por posibles restricciones a los centros de datos, debido a su consumo de agua y electricidad y a su impacto medioambiental. Denny Fish, de Janus Henderson, apunta que "el detonante de las ventas no fue el regreso de un Gobierno dividido a Washington, sino los resultados en aquellos estados donde las gobernaciones, y, en algunos casos, las cámaras legislativas, pasaron del control republicano al demócrata".
El cambio político importa porque buena parte de los permisos, las normas de ordenación territorial y las condiciones para desarrollar estos proyectos se deciden a escala estatal y local. Según The Wall Street Journal, Texas, Georgia, Michigan y Ohio tendrán próximamente gobernadores que hicieron campaña contra estas instalaciones. Las nuevas autoridades podrían exigir más garantías medioambientales o imponer condiciones adicionales para el acceso al agua y a la electricidad. Esto no implica necesariamente que las inversiones vayan a cancelarse, pero sí abre la puerta a retrasos y a que las compañías desplacen sus proyectos hacia territorios con condiciones más favorables.
Pruksa Iamthongthong, de Aberdeen Investments, considera que "la volatilidad a corto plazo podría continuar" mientras el mercado evalúa las consecuencias de estos posibles obstáculos, aunque también subraya que "la demanda estructural de IA y capacidad de cálculo sigue siendo sólida". La cuestión, por tanto, no es solo cuánto crecerá la demanda, sino a qué ritmo podrán las empresas construir las instalaciones necesarias para atenderla.
Las advertencias sobre los riesgos de la IA ya habían llegado desde dentro
La incertidumbre electoral se suma a un debate que venía de antes y que no se limita a las condiciones materiales para construir centros de datos. Durante el mes de septiembre, algunos de los principales responsables de la industria tecnológica habían advertido públicamente de los riesgos asociados al desarrollo acelerado de modelos cada vez más capaces. Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, defendió la necesidad de ralentizar determinados avances para mantener el control humano sobre estos sistemas y alertó de posibles usos maliciosos, desde ciberataques coordinados hasta amenazas biológicas.
En la misma línea, Sam Altman, máximo responsable de OpenAI, reconoció que la seguridad y la alineación de los modelos planteaban dificultades y llegó a considerar que salir a bolsa ese año habría sido una decisión poco acertada por las incertidumbres que rodeaban al desarrollo de esta tecnología. Ambos mensajes contribuyeron a poner sobre la mesa una pregunta que hasta entonces había quedado en segundo plano en buena parte del entusiasmo inversor: no solo cuánto puede avanzar la IA, sino también qué riesgos implica hacerlo a esa velocidad. Estas advertencias no explican por sí mismas las ventas de noviembre, pero forman parte de un clima de mayor escrutinio sobre el sector.
Las dudas sobre la rentabilidad de la IA se acumulan
A esas incertidumbres se añaden las preguntas sobre el negocio que hay detrás de la expansión de la inteligencia artificial. El ajuste bursátil también refleja las dudas sobre las valoraciones alcanzadas por las compañías y sobre su capacidad para recuperar el dinero que están destinando a esta tecnología. El Nasdaq Composite cayó un 5,5% el 5 de noviembre y el Nasdaq 100 llegó a retroceder un 6,4%, mientras que el índice de semiconductores de Filadelfia perdió alrededor de un 12%. La caída de los fabricantes de chips evidencia hasta qué punto las expectativas sobre el crecimiento de la IA se habían trasladado a toda la cadena de suministro.
Rusek identifica varios factores detrás de este cambio de ánimo. Por un lado, una inflación estadounidense superior a la prevista elevó las rentabilidades de los bonos y presionó las valoraciones bursátiles. Por otro, el encarecimiento de la financiación afecta a unas infraestructuras que requieren grandes cantidades de capital y que, en muchos casos, se están construyendo con deuda. A estas dudas se han sumado los avances de fabricantes chinos de chips de memoria, que amenazan con reducir el poder de fijación de precios de los productores asiáticos, y la concentración de las inversiones en un grupo reducido de compañías. Cuando los inversores comenzaron a deshacer posiciones, esa concentración contribuyó a amplificar las ventas.
El problema de fondo es que el crecimiento de la demanda no garantiza la rentabilidad de quienes están financiando su expansión. Los grandes grupos tecnológicos destinan miles de millones a construir centros de datos, comprar chips y ampliar su capacidad de computación, pero todavía tienen que demostrar que los ingresos generados por la IA compensarán ese desembolso. Kristofer Barrett, responsable de renta variable global de Carmignac, advierte de que "un elevado gasto de capital no se traduce necesariamente en una alta rentabilidad para quienes lo financian". Los fabricantes de componentes pueden convertir las inversiones de sus clientes en ventas, mientras que las compañías que construyen las infraestructuras deben recuperar el dinero a través de los servicios que consigan monetizar.
Giordano Lombardo, de Plenisfer Investments, apunta que las necesidades de capital de las infraestructuras de IA son "mucho mayores, en relación con el tamaño de la economía", que las que acompañaron a la expansión de internet. Su construcción exige además electricidad, chips y materias primas como el cobre, lo que puede alimentar las presiones sobre los precios durante la transición. Si los ingresos no crecen al ritmo esperado, las empresas podrían tener que revisar sus planes de gasto. El precedente de la expansión de internet también sirve de referencia: una tecnología capaz de elevar la productividad a largo plazo puede venir acompañada de una etapa de fuertes inversiones y ajustes bursátiles si las expectativas de rentabilidad se adelantan a los resultados.
La magnitud de las posiciones acumuladas en torno a la IA ayuda a explicar la intensidad de las caídas. Barrett señala que la presencia de inversores apalancados y de instituciones sometidas a límites estrictos de riesgo puede acelerar los movimientos cuando se extiende la incertidumbre y muchos participantes intentan salir al mismo tiempo. A ello se añade la exigencia que imponen las valoraciones alcanzadas. Nvidia, cuya capitalización bursátil superó los cinco billones de dólares, necesitaría sumar más de un billón de dólares de valor de mercado para registrar una subida adicional del 20%, recuerda el experto.
Pese a todo, los analistas no consideran que el ciclo de inversión haya llegado a su fin. Los cuellos de botella persisten y la demanda de computación continúa creciendo. La cuestión que empieza a separar a unas compañías de otras es su capacidad para convertir ese crecimiento en ingresos, flujo de caja y beneficios suficientes para justificar el capital invertido.
(Noticia en ampliación...)
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