Economía

Inteligencia Artificial

La IA reabre el pánico a que se repita la burbuja de las puntocom: "La clave es la perdurabilidad de los beneficios"

El gasto en IA se dispara hasta los 700.000 millones de dólares en 2026 mientras el mercado busca nuevos ganadores más allá de quienes fabrican la tecnología

La Inteligencia Artificial (IA) ha convertido a un reducido grupo de compañías tecnológicas en las grandes protagonistas de los mercados y ha desencadenado una carrera inversora de dimensiones milmillonarias. Concretamente, las diez mayores empresas del S&P 500 vinculadas a esta carrera concentran casi el 40% del principal índice bursátil de EEUU, de modo que su peso equivale a casi cuatro de cada diez euros del índice. Al mismo tiempo, el gasto en IA de los gigantes del sector ha pasado desde los 150.000 millones de dólares en 2023 a una cifra estimada de 700.000 millones en 2026, un incremento de casi el 370% en apenas tres años.

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Además, "algunas previsiones sugieren que la inversión acumulada relacionada con la IA podría alcanzar varios billones de dólares a finales de la década", advierte Joe Amato, presidente y director de inversiones de renta variable de Neuberger Berman. Con la magnitud de estas cifras, el fantasma de la burbuja tecnológica de finales de los noventa ha reaparecido en el mercado.

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La burbuja de las puntocom

La comparación con aquella época no nace únicamente del protagonismo que han adquirido las compañías tecnológicas. De acuerdo con Amato, entre 1995 y marzo de 2000, el S&P 500 llegó a concentrar alrededor del 34% de su peso en tecnología mientras se revalorizaba un 242%. Tras alcanzar su máximo, el índice llegó a perder cerca de la mitad de su valor y el Nasdaq —el índice bursátil que concentra las principales compañías tecnológicas estadounidenses— alrededor de un 80%.

Actualmente, el S&P 500 acumula una subida del 174% en los últimos cinco años y las similitudes en la evolución de la Bolsa han vuelto a poner sobre la mesa el término burbuja, pero utilizarlo exige algo más que señalar una fuerte subida de las cotizaciones.

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, define una burbuja como una situación en la que el precio de un activo se sostiene porque los inversores esperan poder venderlo más caro en el futuro, aunque los factores fundamentales no justifiquen ese precio. Por tanto, la cuestión en el caso de la IA es hasta qué punto las actuales valoraciones pueden quedar respaldadas por los beneficios que genere todo el capital que se está destinando a esta tecnología.

¿Pero qué dicen los expertos?

"Por ahora, rechazamos la idea de una burbuja de valoración en las acciones tecnológicas, dado que las ganancias están respaldadas por una sólida rentabilidad", sostiene Vincent Chaigneau, responsable de análisis de Generali Investments. No obstante, añade que "la verdadera cuestión", no está tanto en las cotizaciones actuales como en "la perdurabilidad de estos beneficios".

Esta exigencia sobre los beneficios es precisamente la que empieza a tensionar las valoraciones de los expertos. El consultor de Neuberger Berman explica que, aunque "la revalorización de sus acciones ha sido considerable", estas "no constituyen necesariamente la principal fuente de preocupación", ya que, "en muchos casos, los beneficios han aumentado incluso más rápidamente que las cotizaciones". El problema aparece cuando unas cotizaciones cada vez más elevadas "exigen que este excepcional impulso de los beneficios se mantenga".

Por tanto, la clave de la ecuación está en el volumen de capital que las grandes compañías tecnológicas están destinando a ampliar su capacidad y su retorno. En este sentido, desde J.P. Morgan Asset Management advierten de que todavía "es demasiado pronto para saber en qué medida la IA mejorará la rentabilidad de las empresas y cuánto estarán dispuestas estas a pagar por ella". Por ello, consideran que la exposición a las tecnológicas sigue siendo relevante para las carteras, aunque requiere "una gestión cuidadosa del riesgo".

No obstante, la firma señala que les "tranquiliza el aumento de la dispersión de la rentabilidad en los ámbitos del mercado relacionados con la tecnología". Es decir, se están produciendo diferentes rentabilidades por subsectores, entre compañías del mismo sector y también entre distintas regiones. Esto implica, según J.P. Morgan, que los inversores están "analizando minuciosamente los fundamentales de cada empresa en lugar de apostar por el mercado en su conjunto, lo que sería un comportamiento más habitual en la fase final de euforia de la formación de una burbuja".

La IA no es un bloque monolítico

Las diferencias dentro de esta carrera también se explican por el lugar que ocupa cada compañía en la cadena de desarrollo de la Inteligencia Artificial. Por ejemplo, J.P. Morgan apunta a que los inversores están favoreciendo actualmente aquellas áreas en las que los cuellos de botella permiten a las compañías mantener capacidad para fijar precios y generar beneficios elevados, como las memorias de alto ancho de banda, esenciales para la capacidad de cálculo de los centros de datos.

En la misma línea, DWS identifica a los semiconductores como uno de los principales beneficiarios de la expansión de la IA, ante el fuerte aumento de la demanda de chips y capacidad de cálculo. Además, la firma también identifica beneficiarios fuera de la tecnología, como las compañías eléctricas, que podrán aprovechar el aumento de la demanda energética de los centros de datos.

Esta evolución obliga a los inversores a mirar más allá de las compañías que están liderando actualmente el desarrollo de la IA. Aunque sus beneficios siguen respaldando las valoraciones actuales, la capacidad para mantener este ritmo de crecimiento en el tiempo es precisamente una de las principales incógnitas que plantean los expertos. De ahí que la siguiente fase de la carrera pase por identificar a las empresas capaces de aprovechar la IA para mejorar sus propios resultados, en lugar de concentrar toda la inversión en quienes están construyendo la tecnología.

"A medida que aumente la oferta y madure la fase inicial de desarrollo de infraestructuras, es probable que la oportunidad de inversión se desplace desde las compañías que facilitan la IA hacia aquellas que la adoptan", explica el experto de Neuberger Berman. Y es que las próximas ganadoras podrían ser empresas de sectores muy distintos, capaces de utilizar la tecnología para reducir costes, mejorar la eficiencia, defender sus márgenes u ofrecer mejores productos a sus clientes.

Riesgos sobre el empleo y la seguridad nacional

Pero esta capacidad futura de las empresas también entraña riesgos para la economía y para el propio empleo. De hecho, Funcas calcula que la IA provocará una pérdida neta de unos 100.000 puestos de trabajo en España durante la próxima década (en el escenario más optimista y de 1,9 millones en el más pesimista) una vez descontados los nuevos empleos que pueda generar la propia tecnología.

Un temor que también ha expresado el propio Bill Gates, cofundador de Microsoft, que en un ensayo publicado a finales de agosto en The New York Times reconocía su preocupación por el rumbo de esta revolución: "La transición a la era de la Inteligencia Artificial será uno de los periodos más turbulentos de la historia humana" y, si no se actúa, podría convertirse en "la peor fuente de injusticia jamás inventada".

El magnate tecnológico llegaba incluso a admitir que "si alguien tuviera un plan creíble para frenar los avances de la IA a nivel mundial, probablemente lo apoyaría". Sin embargo, el propio Gates descarta que este freno "vaya a suceder. Los incentivos geopolíticos y económicos ejercen una presión demasiado fuerte para seguir adelante a toda velocidad". Porque, en una carrera tecnológica que también se ha convertido en una cuestión de seguridad nacional, el miedo a quedarse atrás puede resultar tan determinante como el temor a las consecuencias de avanzar demasiado rápido.

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