El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se reunirá esta semana con la líder opositora venezolana María Corina Machado, tan solo días después de la detención americana en Caracas del expresidente Nicolás Maduro y traslado a Nueva York y de que él la desautorizarla como figura clave para una transición democrática que deje atrás el régimen chavista. "Creo que sería muy difícil que ella fuera la líder" en Venezuela. "No tiene el apoyo interno ni el respeto dentro del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto", aseguró en sus primeras explicaciones tras la incursión en Venezuela, señalando a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, ahora presidenta encargada, como relevo natural para una transición. Pese a todo, la opositora sigue alabando la actuación de EEUU en su país y quiere mantenerse de lado de Trump.

De fondo hay un desafecto por parte de Trump, al haber ganado ella y no él el Premio Nobel de la Paz en su última edición. Pero además, la Administración llevaba días previos al ataque en Caracas barajando los posibles escenarios, y la designación de Machado suponía más que un simple cambio institucional. Desde un choque directo entre bloques por la negativa de Machado a dialogar con un chavismo que sin Maduro no está nada compacto, mayor beligerancia, así como un gasto de recursos militares para garantizar la estabilidad con precedentes como los de Afganistán e Irak. En añadido, está el interés económico de EEUU en Venezuela, principalmente el control del petróleo.

Esa designación de Rodríguez y no la apuesta por Machado genera controversia entre los dos principales representantes de la derecha española. Tanto PP como Vox vienen defendiendo que el cambio en el país latinoamericano pasa por Edmundo González, rival de Maduro en las últimas elecciones presidenciales, y en última instancia de la dirigente de ese bloque opositor, que no pudo ser la candidata en julio de 2024 por la inhabilitación del Tribunal Supremo de Venezuela, que alegó supuesta corrupción e irregularidades administrativas. Ha sido constante las muestras de apoyo de figuras populares como Cayetana Álvarez de Toledo o el propio presidente Alberto Núñez Feijóo a la dirigente. También las concentraciones en Madrid a favor de la democracia y condenando las encarcelaciones de opositores.

Por su parte, ha sido permanente la implicación de Vox en ese objetivo, así como la relación de Santiago Abascal y los suyos con Machado. Ella ha participado por videoconferencia en todas las ediciones del VIVA en Vistalegre. Tras el exilio de González, al no reconocer el régimen una supuesta victoria electoral frente a Maduro, tanto Feijóo como Abascal recibieron en el Congreso al candidato. Respaldo de Machado ante su inhabilitación.

Apoyo tras la incursión en Venezuela

A primera hora de la mañana en España, al conocerse el ataque nocturno de EEUU en Caracas con una ronda de bombardeos, tanto PP como Vox mostraron su apoyo la Administración Trump por la actuación. Pero se evidenciaron las diferencias que distinguen a ambas formaciones, donde Vox es el socio directo de Trump y sus satélites, como Heritage Foundation. Desde el PP, incluido Feijóo, consideraron como una "buena noticia para cualquier demócrata" que se "descabece a un dictador" tras años de represión, crisis política y salidas masivas del país. No obstante, se cuestionaba la fórmula para derrocar a Maduro, sobre la legalidad de la operación de EEUU, que en el PP creen que incumple el Derecho Internacional y el Estado de Derecho en Venezuela. Hacer equilibrios en este sentido, entre celebrar la salida de Maduro y que el método no sea el más acertado para un PP que avala la legalidad, descoloca a los de Feijóo y a la necesidad de ir de la mano del referente occidental. Además, las diferencias ideológicas con Trump, y más afines con socios europeos, complica esa tarea de fidelidad y celebración de lo ocurrido en el país latinoamericano.

Con mayor ímpetu respaldó Vox y Abascal la operación: "Hoy el mundo es un poco más libre. Debemos alegrarnos por ello y apoyar la restauración de la democracia en Venezuela. Con nuestros aliados de Foro Madrid trabajaremos por ello", dijo a través de X. "El régimen narcoterrorista de Maduro debe rendirse inmediatamente y evitar sufrimiento al pueblo venezolano, al que ha torturado sin descanso y con brutalidad". Pero la decisión de Trump de designar a Delcy Rodríguez como figura de transición hacia unas elecciones democráticas y el rechazo de Machado descolocó a PP y Vox.

Para el PP, supone la continuidad del régimen y denuncia al Gobierno de Pedro Sánchez por darle su aval. De hecho, sobre su figura está centrándose el PP para afrontar la cuestión. Los populares reprochan el papel del Gobierno, del PSOE y de José Luis Zapatero. Este sábado, en la interparlamentaria de los populares en A Coruña, su secretario general, Miguel Tellado, no habló sobre Trump, pero sacó toda la artillería contra Zapatero: "Desenterró el odio en España y fue a Venezuela a forrarse junto a Maduro". Feijóo incidía en ello en el cierre de la interparlamentaria del PP.

Dudas y reconducción del discurso

Ese giro de Trump complica a los populares encajar una posición firme, dado que quedan muchas dudas con Venezuela por delante, el trumpismo no es socio directo, pero a la vez se quiere mantener la posición de España como socio clave de EEUU.

Con todo, es a Vox a quien la decisión de Trump vuelve a poner en una situación complicada, como ocurrió con los aranceles el año pasado, que dejó a Abascal en una posición incómoda entre el respaldo sin medias tintas a su principal socio internacional sin generar desconfianza en los agricultores, ganaderos y productores, uno de sus principales caladero de votos. En 24 horas, Bambú tuvo que modificar su discurso. De instar al régimen a "rendirse inmediatamente" a asegurar que estarán "muy pendientes" del rumbo que tome Rodríguez. "Tiene que decidir si va a continuar con el sufrimiento del pueblo venezolano o si va a ayudar a la restauración de la democracia", apreció el delegado europeo y eurodiputado de Vox, Jorge Buxadé.

Daban el beneficio de la duda a Trump -algo que Abascal reiteró en una entrevista este domingo-, y ponían el foco ya no en el liderazgo que debía tomar Machado, sino en gestos como la liberación de presos que se ha ido haciendo estos días, y en que se imparta justicia contra los criminales así como la materialización de unas elecciones democráticas. Esa plácet no quiso darlo Génova poco después de las palabras de Buxadé en una entrevista en TVE. Para Vox, una vez se de ese paso claro hacia la transición, Machado debe tener un papel clave, protagonista. Pero en palabras de Juan Bravo, vicesecretario de Hacienda del PP, la mano derecha de Maduro no puede ser quien tutele el inicio del camino. Una crítica a la situación, en definitiva, pero no directa a Trump y su Administración, que es quien toma la decisión.

El PP no quiere confrontar con EEUU pero tampoco dejar de lado el apoyo a la líder opositora, y asume la estrategia que adoptó con Gaza: dejar que los tribunales internacionales censuren o avalen las acciones realizadas. Con esa posición intermedia, sin confrontar con Trump, esperan ganar tiempo y ver cómo evoluciona esa transición en Venezuela que, según expresó el propio presidente estadounidense, llevará tiempo. Lo que no se quiere bajo ningún concepto es legitimar el chavismo. La cúpula popular queda en una posición complicada, con todo, más cuando entidades como FAES, la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales que dirige José María Aznar, sí arremete directamente contra Trump, a quien acusa de "colonizar" Venezuela. Cree que que es de "suma torpeza" las decisiones tomadas por el americano.

En definitiva, mientras Vox adapta, en contra de lo que viene defendiendo, la situación a la voluntad que va asumiendo Trump a la espera de lo que ocurra, el PP y todo el espacio popular, diverso, no termina de definirse homogéneamente aunque hay coincidencia de que Trump se equivoca desplazando a Machado.

La actitud con Groenlandia complica la definición

Si ya hay inquietud por la imprevisibilidad de Trump, la amenaza explícita sobre Groenlandia -con implicaciones que van desde la soberanía hasta la propia supervivencia de la alianza occidental- complica aún más la postura de los dos principales partidos de la derecha española, en su discurso sobre EEUU como aliado.

Trump ha insistido repetidamente en que "hará algo" con Groenlandia si no cede a sus ofertas de compra, les guste o no, aduciendo que si Washington no actúa, Rusia o China podrían dominar el territorio estratégico del Ártico y que ello supone un riesgo de seguridad nacional. En varios actos públicos lo ha planteado como una cuestión de defensa de intereses estadounidenses, y ha llegado a decir que preferiría lograr un acuerdo "por las buenas, pero si no, por las malas" para controlar la isla semiautónoma bajo soberanía danesa. De fondo, hay un interés por controlar las rutas comerciales que se podrán abrir con la desaparición de los casquetes polares conforme avance el cambio climático, así como la explotación minera de Groenlandia.

Esa retórica ha sido recibida con rechazo contundente por Dinamarca y Groenlandia, cuyos líderes han subrayado que el futuro del territorio debe ser decidido por sus habitantes sin interferencia externa y han cuestionado el intento de Trump de poner en cuestión su soberanía. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha advertido que un ataque de EE. UU. sobre Groenlandia "marcaría el fin de la OTAN" al violar el principio fundamental de defensa colectiva entre aliados. La UE también ha expresado su solidaridad con Dinamarca y Groenlandia, reiterando que la isla "pertenece a su pueblo" y que cualquier decisión debe respetar el derecho internacional.

Ese contexto plantea un problema más profundo para el PP. El partido ha defendido históricamente un atlantismo basado en la cooperación con EEUU, pero también ha querido reivindicar el respeto a la legalidad internacional, la soberanía y el derecho de los aliados europeos. En ese mismo dilema queda el PSOE, cabe destacar. Aunque Sánchez está siendo más combativo con Trump dada sus diferencias ideológicas. Si Trump llegara a culminar su amenaza, la narrativa del PP quedaría tensionada gravemente. Se encontraría entre la espada y la pared, entre espaldar al principal aliado tradicional y defender los valores y normas internacionales que proclama, sin poder recurrir ya a las medias tintas. Los de Feijóo, además, aquejan una crisis de alianzas al otro lado del charco: a diferencia de Europa, en Latinoamérica no tiene socios ideológicos con poder mientras que Vox con Trump, Milei, Kast o Bukele, entre otros, se siente más arropado.

Para Vox, la tensión tiene una dimensión diferente pero igualmente compleja. El partido ha cultivado una relación ideológica y política más cercana a Trump y a su base electoral, celebrando muchas de sus decisiones en política exterior. Sin embargo, el discurso de Vox -y de su red de aliados europeos dentro del espacio Patriots- se basa también en la defensa de la soberanía nacional frente a interferencias externas. Se usa para denunciar las políticas de Bruselas o la influencia de organizaciones supranacionales. Una posible vulneración de la soberanía de Dinamarca o de Groenlandia a instancias de EE. UU. contradice directamente ese principio, y obligaría a Vox a recalibrar su apoyo a Trump sin perder la coherencia con su narrativa sobre soberanía e integridad territorial. Salvando las peculiaridades históricas de Francia, y la posición crítica de Marine Le Pen con Trump, la líder ultraconservadora ya ha sugerido que la actuación en Venezuela supone una vulneración de esa soberanía.

Otros socios de Vox, aunque ajenos a Patriots como la premier Giorgia Meloni, por ahora resta credibilidad a la posibilidad de que Trump use la fuerza en Groenlandia. Meloni es el perfecto ejemplo de atlantismo y colaboración europea, a la vez apuesta por una estrecha colaboración con Trump. Si que insta a que la OTAN tenga un papel más relevante en el Ártico para abordar las preocupaciones de seguridad de EEUU. No cree que el uso de la fuerza beneficie a nadie y sí tendría consecuencias para la alianza.