Dependía del día. Playa, si el tiempo lo permitía y película y merienda en casa, si se oscurecía. Aquel grupo de niños, amigos de sus hijos, acudían con frecuencia al caserío familiar de Asunción y Joseba. A veces eran ellos los que recorrían los apenas cien metros que les separaban de la casa de los Goikoetxea, los padres de Arkaitz, para tomar una cerveza entre amigos. En más de una ocasión Joseba y el padre de Arkaitz fueron a cazar juntos. Aquella vida de vecinos, en una zona residencial de Getxo, fue más o menos feliz en los comienzos de los años 90.

El hijo mayor de Asun y su amigo Arkaitz nacieron con un margen de apenas quince días. Ambos eran de 1980. Sus vidas como amigos y vecinos parecían llamadas a discurrir de modo paralelo. No lo hicieron. El optó por estudiar, por matricularse en la universidad. Arkaitz, por dar el paso de intentar ‘liberar’ Euskal Herria… a través de la violencia. Para ello estuvo dispuesto incluso a atacar a la familia y la casa de su amigo íntimo de infancia.

Los juegos de playa y las películas violentas no tardó en dejarlas de lado. Primero para enrolarse en la ‘kale borroka’, que a mediados de los 90 comenzaba a contaminar a una parte de la juventud vasca. Pero Arkaitz no paró de subir peldaños oscuros. Lo hizo atentado a atentado, hasta llegar a liderar el ‘comando Vizcaya’ de ETA. Cuando la policía lo detuvo en 2008, aquel niño que merendaba en casa de los Olaeta-Markaida había cambiado. Delgado, con bigote y perilla, esposado y respondiendo a todas las preguntas del juez Baltasar Garzón, fueron las imágenes con las que Asun volvió a tener noticias de él. Desde entonces, cumple condena en la cárcel. Su última sentencia: 72 años de prisión por atentar contra la Casa Cuartel de Durango.

De merendar juntos a liderar el 'comando Vizcaya'

La ‘condena’ de Asun y Joseba fue dedicarse a la política, militar en el PSE y ser concejales. La suya es una historia que se repitió con semejanzas y diferencias en más lugares de los que hoy se pudiera pensar. Vecinos y amigos convertidos en chivatos, en informantes de ETA y su entorno, y dispuestos a echar una mano a la banda para expulsarte o, en el peor de los casos, acabar contigo sólo por pensar diferente.

El 18 de febrero de 2001 la familia de Asun y Joseba estaba cenando en la cocina. Cinco golpes, cinco estruendos, les alertaron. Eran cócteles molotov. Dos de ellos entraron de lleno en la vivienda y provocaron un incendio. Aquel olor aún regresa a la memoria en más de una ocasión. Fuera los radicales les esperaban por si el ataque fallaba. Sus hijos, los amigos de Arkaitz, ya eran mayores, 20 y 16 años. Entre quienes protagonizaron el ataque había más de un conocido, más de un vecino. “Hasta ese día no fui del todo consciente de que venían a por nosotros y que buscaban algo más grave. Hasta entonces sólo nos habían dado ‘la lata’”.

Sólo entre 1995 y 1997 se produjeron más de 3.000 actos de 'kale borroka': cócteles molotov, pequeños explosivos, pintadas, amenazas, agresiones..."

Para Asun ‘dar la lata’ es pincharte las ruedas del coche, hacer pintadas amenazantes contra su marido -‘Markaida estás muerto’-, colocar pancartas, lanzarle una bola de acero a la perra… Tras el ataque a su vivienda les pusieron escolta. Así estuvieron once años.

Asunción Olaeta, a la izquierda, observa algunos de los restos del ataque sufrido en 2001 y expuestos en el Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo.

El atentado contra Eduardo Madina en febrero de 2002 fue otro momento que ella no puede olvidar. La amenaza ya se había extendido a sus hijos y en la Universidad hacía tiempo que lo notaban. “Allí tuvieron algunos disgustos y tras lo de Madina nos dijeron que no podían seguir estudiando allí. Mi hijo se fue a Barcelona”.  Reconoce que en la familia se planteó la posibilidad de abandonar Euskadi, “pero ni mi marido ni mis hijos estaban dispuestos a hacerlo”: “Yo soy fuerte, pero mi marido murió en 2018 con la pena de haberles hecho pasar por todo esto a sus hijos, siempre tuvo esa pena presente”.

De la ponencia Oldartzen a la 'kale borroka'

La de Asun es la vida de muchos jóvenes vascos que en los 70 buscaron la rebelión contra la dictadura y cayeron en la influencia de la izquierda abertzale radical. Asegura que es hija de un falangista y que de joven militó en HASI (Partido Popular Socialista Revolucionario), un movimiento que posteriormente se integraría en HB. Se salió cuando vio que ETA seguiría apostando por la violencia en democracia. De ahí pasó a Euskadiko Ezkerra y después al PSOE: “Nunca apoyé la violencia, nosotros sólo queríamos que el nacionalismo de izquierdas tuviera más presencia, pero independentista creo que no he sido nunca…”.

El Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo muestra algunos de los restos de aquel ataque a su casa. Cristales de la botella lanzada, el calcetín quemado de uno de sus hijos… Junto a ello, figuran otros muchos objetos e historias, la de decena de políticos y miles de ciudadanos a los que ETA situó durante años en el centro de sus ataques. La exposición Socializar el sufrimiento, 1995-2010’ repasa el impacto social y político que tuvo el cambio de estrategia que promovió ETA y Herri Batasuna aplaudió a mediados de los años 90.

Manifestación en favor de la liberación de José María Aldaya, secuestrado por ETA, y contramanifestación de la izquierda abertzale.

Cuando pudieron ‘socializar’ el odio, en realidad no hacían sino recoger lo que venían sembrando desde años atrás. La fractura social que durante tanto tiempo inocularon ya estaba extendida. Los reveses que sufrió la banda, en particular la desarticulación de su cúpula en Bidart en 1992, le hicieron cambiar de estrategia. “Hasta entonces ETA y su mundo creían que eran invencibles. La detención de ‘Txelis’, ‘Pakito’ y Erostarbe hizo que su militancia se diera cuenta de que no lo eran. La caída de su cúpula causó un impacto fuerte interna y externamente en ese mundo. La sociedad empezó a creer que ETA podría ser derrotada”, asegura la historiadora Eider Nafarrete.

A partir de ahí, ETA y HB se reorganizaron y cambiaron de estrategia. Ya no sólo sufrirían ellos y los militares, sino el conjunto de la sociedad y en particular quienes más poder de decisión e influencia tenían: políticos, jueces, empresarios, periodistas… Había nacido lo que se llamó la ‘socialización del sufrimiento’ que quedaría plasmada en la ponencia ‘Oldartzen’ que HB aprobó en 1994 y sobre la que se venía reflexionando desde tiempo atrás.

"Que no se olvide que algunos quisieron matar a sus vecinos"

La izquierda abertzale impulsó esa política de hostigamiento y señalamiento. Aquella ponencia fue apoyada por el 70,2% de la militancia de HB en diciembre de 1995. ETA sólo tardó unos días en ponerla en práctica. El 23 de enero de 1995 asesinó al concejal del PP, Gregorio Ordóñez, en San Sebastián. Fue el primero de una larga lista de políticos del PP y el PSE. Después les siguieron jueces, empresarios, periodistas… La estrategia se prolongó quince años en los que ETA asesinó a 97 personas.

Un importante militante de ETA lo definió de modo nítido en un boletín interno de la banda terrorista en 1993: “El día que vayan al funeral de un compañero de partido, en casa quizá piensen que es hora de encontrar soluciones o, si no, quizá les toque a ellos estar en el lugar que estaba el otro, o sea, en caja de pino y con los pies por delante”. Años después, José María Olano, miembro de la dirección de Herri Batasuna defendía la utilidad que estaba demostrando la violencia callejera y la ‘socialización del sufrimiento’: “Hasta ahora sólo hemos sufrido nosotros, pero ahora se está abriendo el camino”.

De forma paralela, en esos tres lustros el entorno de la banda y HB alimentaron otra forma de amenaza colectiva, la social. Los actos de ‘kale borroka’ se fueron intensificando. Entre 1995 y 1997 se produjeron 3.007 acciones de violencia. Los más graves tenían forma de pequeños artefactos explosivos, cocteles molotov, pintadas amenazantes, enfrentamientos vandálicos en las calles… Otros muchos se convirtieron en forma de señalamientos personalizados a través de pancartas, pegatinas o advertencias lanzadas en plena calle.

Tampoco faltaron las llamadas a los jóvenes para alimentar y hacer crecer esta estrategia. La imagen de decenas de jóvenes atacando a un policía junto al lema “¡No les des tregua!” fue uno de los carteles electorales de HB. Las acusaciones de “español” y “fascista” contra el alcalde Iñaki Azkuna, los carteles contra el consejero Juan María Atutxa o las pegatinas en las que se mostraba el apoyo a ETA y la defensa de la ‘kale borroka’ como la ‘lucha del pueblo’ fueron otros ejemplos.

El Pacto de Lizarra y la fractura de la sociedad vasca

Cada fin de semana las acciones iban elevando el tono. El 24 de marzo de 1995 tuvo lugar en Rentería uno de los más graves. Un grupo de jóvenes radicales había preparado una emboscada contra una patrulla de la Ertzaintza que terminó con el lanzamiento de un coctel molotov. Cinco agentes sufrieron graves quemaduras. El ertzaina Jon Ruiz estuvo a punto de morir tras sufrir quemaduras en más del 55% de su cuerpo.

Mientras el País Vasco sufría la violencia de ETA y su entorno, el nacionalismo institucional representado por el PNV negoció con HB y firmó el Pacto de Lizarra en 1998. Un acuerdo que condicionaba el final de ETA al logro de objetivos soberanistas. En aquel contexto político y social, “se alcanza ese acuerdo que en realidad es un documento brutal en el que un partido gobernante y ETA cierran un acuerdo”, señala el catedrático de Historia y director del Instituto Valentín de Foronda, Antonio Rivera: “ETA casi logra lo que quería, una Euskadi de dos bandos y un gobierno que sólo gobierne para una parte de la sociedad vasca”.

Rivera subraya que aquella estrategia de ‘socializar’ el sufrimiento que combinaba los atentados mortales de representantes políticos, jueces, empresarios y periodistas y la violencia en la calle “buscaba extender a toda la sociedad ese sometimiento, podía ser víctima cualquier persona”.

Han pasado los años, pero a Asun le sigue “horrorizando” como pudieron casi “normalizar” el señalamiento y hostigamiento que sufrieron: “No me explico cómo pudimos normalizar todo eso. Mucha gente aún sufre por todo aquello. Ahora sólo quiero que no se olvide, que no olvidemos que hubo vecinos que vinieron a matar a otros”.