España

15 de junio de 1977, el día que una amnistía quiso terminar con ETA

La medida adoptada por el Gobierno de Suárez exoneró de responsabilidad penal a cientos de etarras, los encarcelados y los huidos. Sin embargo, la banda respondió presionando al Estado con el periodo de más atentados de su historia.

Pintadas a favor de los presos de ETA en Errentería.

Pintadas a favor de los presos de ETA en Errentería. MIKEL SEGOVIA

Fue una oportunidad generosa y cruel al mismo tiempo. Esperanzada por quienes la concedieron y vejada por algunos de los que se beneficiaron de ella. La Ley de Amnistía de 1977 pretendía sellar las dos Españas, cerrar una herida que hoy, más de cuatro décadas después, aún sigue sin cicatrizar del todo. Bajo su manto se cerraron los ojos a crímenes crueles cometidos por partidarios y detractores de la reciente dictadura que se había dejado atrás. Ahora, a finales de 2021, PSOE y Podemos quieren revisar el efecto de aquella Ley 46/1977 de 15 de junio. El objetivo pasa por incluir una enmienda a la futura Ley de Memoria Democrática para que los crímenes de lesa humanidad, genocidio o tortura cometidos durante el franquismo sea “imprescriptibles y no amnistiables”.

Fue precisamente aquella amnistía concedida poco después de las elecciones de 1977 la que vació las cárceles de torturadores franquistas pero también de asesinos etarras. Un indulto que extendió a quienes se refugiaban en Francia o se encontraban huidos. Todos quedaban exentos de tener que responder ante la justicia.  

Aquel 15 de junio de hace 44 años ETA podía haberse terminado para siempre. La sociedad vasca y la española en su conjunto se habrían ahorrado el dolor de más de 800 víctimas mortales que aún estaban por llegar. El Gobierno de Adolfo Suárez había acordado excarcelar y amnistiar a todos los etarras con la esperanza de que facilitara un nuevo comienzo en democracia y en paz. No lo fue. “Aunque todos podían haberse vuelto a su casa, ninguna de las dos facciones de ETA, la militar y la político militar, se conformaron con aquello. Tuvieron la oportunidad de pasarse al a política, Euzkadiko Ezkerra ya estaba en marcha y Herri Batasuna estaba formándose. Pero aceptar la amnistía suponía tener que asumir que debían disolverse y no lo aceptaron”, asegura Gaizka Fernández de Soldevilla, historiador especialista en la historia de ETA.

ETA decidió continuar con sus atentados, seguir presionando a un Estado, a un Gobierno que sabía débil y que si había accedido a amnistiarles elevando la presión cedería ante más pretensiones: “Se dieron cuenta que si habían logrado la amnistía, poniendo más muertos sobre la mesa quizá lograrían cosas mayores: el derecho de autodeterminación, la salida de las policías del País Vasco… Por eso luego llegó lo peor, los años de plomo”.

Indultados que regresaron a ETA

Tras la amnistía de junio de 1977 la salida de presos de la banda de la cárcel se sucedieron. El 9 de diciembre de ese año abandonaba la prisión de Martutene de San Sebastián el último de ellos, Francisco Aldanondo, ‘Ondarru’. Su caso sintetiza el espíritu con el que una gran parte de  ETA acogió la medida de gracia concedida por el Gobierno de Suarez. Tras recuperar la libertad ‘Ondarru’ volvió a integrase en ETA. Dos años más tarde, el 18 de octubre de 1979, murió en un tiroteo con la Guardia Civil en Tolosa. Los años posteriores, 1978, 1979 y 1980, fueron los años con más atentados y asesinatos en la historia de la banda, el periodo en el que la organización terrorista intentó doblegar con más fuerza al Estado.

“La vuelta a las armas recibió críticas de todos lados, incluso de sus medios afines”, recuerda Fernández de Soldevilla. El primer atentado fue el cometido contra el presidente de la Diputación vizcaína, Augusto Unceta y sus escoltas, Ángel Fernández y Ángel Antonio Rivera el 9 de diciembre de 1977: “Incluso el diario ‘Egin’ y otros medios afines como Punto y Hora de Euskal Herria reaccionaron criticando que ETA volviera a las armas. Enseguida esa crítica fue reconducida y acallada”.

La amnistía fue especialmente “generosa” con ETA, recuerda Soldevilla. Incluso a ella se acogieron atentados que se cometieron después de su aprobación. Fue el caso de secuestro y asesinato del empresario y político vasco, Javier Ybarra. “Inicialmente se amnistiaban todos los atentados cometidos hasta el 15 de junio de 1977. El cadáver de Ybarra apareció el 22 de ese mes, pero se tuvo en cuenta la fecha de inicio de su secuestro, el 20 de mayo, para poder incluirlo”.

Cientos de indultados

Crímenes como éste y otros muchos, algunos de gran relevancia, quedaron exonerados de tener que responder ante la justicia. Sus autores fueron amnistiados. Es el caso de la que se considera primera masacre cometida por ETA, el atentado contra la cafetería Rolando de Madrid. El establecimiento, frecuentado por policías, se convirtió en objetivo de la banda que el 13 de septiembre de 1974 colocó una bomba que provocó 13 muertos y 60 heridos. O el atentado contra el almirante y presidente de Gobierno en tiempos de franco, Luis Carrero Blanco, cuyos autores también fueron amnistiados. Miembros de la banda que recuperaron la libertad llegarían a ser de nuevo dirigentes de ETA. Josu Abrisketa, ‘Txutxo’ fue uno de ello. Llagaría de ocupar puestos relevantes en ETA-PM. Condenado en el proceso de Burgos, Abrisketa terminó deportado en Cuba.

Es difícil determinar cuántos miembros de ETA fueron beneficiados por la amnistía. En esos momentos el número de militantes de la banda presos rondaba los 200, pero a ellos se debe sumar todos los miembros de la organización que estaban huidos, en busca y captura. El llamado ‘santuario francés’ se había convertido ya entonces en un punto de refugio que acogía a numerosos integrantes de la banda que huían desde Euskadi y al País Vasco francés. Algunas informaciones periodísticas del momento estimaron el computo de etarras beneficiados en cerca de 1.200.

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