En Reconciliación, sus controvertidas memorias publicadas el pasado mes de diciembre, el rey Juan Carlos tarda muy poco en mencionar el 23-F. Lo hace, de hecho, en la primera página. "En los últimos años, las interpretaciones erróneas y las falsas verdades acerca de mi vida han ido creciendo. Van dirigidas a mi persona (...) pero, sobre todo, apuntan hacia la institución democrática de la Corona de España. La misma por la que luché con todas mis fuerzas tras casi cuarenta años de dictadura. La que defendí, frente a las armas, cuando el intento de golpe de Estado el 23 de febrero de 1981".
Su intervención frente a los golpistas fue la reválida de un rey que había pilotado la Transición con habilidad de "funambulista", en expresión propia. Fue, de hecho, el broche de oro a una labor que parecía haber culminado con la Constitución de 1978, pero que realmente se prolongó hasta aquella noche en la que las tentaciones involucionistas fueron neutralizadas y se estabilizó el sistema para hacer posible, un año y medio después, la arrolladora victoria socialista en las elecciones generales de octubre de 1982.
Su comportamiento el 23-F, destilado en una icónica intervención televisiva, fue el gran símbolo del reinado de Juan Carlos hasta su caída en desgracia. Por eso el rey emérito, o rey padre, como dice en sus memorias que preferiría que le llamaran, presume y se aferra a él. Pero lo cierto es que con los años, como tantos aspectos de la modélica Transición, su papel en aquellos acontecimientos ha sido sometido a escrutinio. Se insinuó, como mínimo, su conocimiento –"a mí dádmelo hecho"– de la llamada Operación Armada, una corrección del sistema diseñada para enderezar el rumbo del incipiente régimen con un Gobierno de concentración presidido por uno de sus hombres de confianza, el general Armada, y la presencia de las diversas fuerzas políticas, incluido el Partido Socialista, que la dimisión de Suárez y la elección de Leopoldo Calvo-Sotelo parecían hacer finalmente innecesaria. Pero en la confusión de tramas civiles y militares, con el servicio secreto de por medio, el golpe tuvo lugar, Armada, Tejero y Milans del Bosch fueron condenados, y las sospechas sobre el grado de participación de Juan Carlos, alentadas o no por "la ultraderecha" –como asegura Javier Cercas–, fueron aumentando.
La rehabilitación de un rey
Había, pues, mucha expectación acerca de lo que pudiera conocerse con la desclasificación de los documentos secretos del 23-F anunciada por el Gobierno el pasado lunes, al cumplirse 45 años del intento de golpe de Estado, y aprobada por el Consejo de Ministros al día siguiente. Cuando el miércoles a la una del mediodía se publicaron los 167 documentos, la impresión casi inmediata fue de decepción. De la colección de papeles sin sello ni firma, de informes sin fecha y croquis que parecen dibujados en noches insomnes de guardia cuartelera, había pocas conclusiones serias que sacar. Poco nuevo, ni rastro de las prometidas transcripciones de las llamadas entre Zarzuela y las capitanías generales y sobreabundancia de documentación elaborada a posteriori y sin valor, precisamente, documental.
Pese a la baja calidad del repertorio desclasificado, en pocas horas se consolidó en la opinión pública la impresión de que los papeles secretos del 23-F no hacían sino corroborar la actuación heroica y ejemplar del rey. Varios periódicos lo refrendaban con sus titulares del pasado jueves: "El rey paró el golpe" (ABC), "Los archivos secretos del 23-F avalan el papel de Juan Carlos I" (El País), "Sin novedad en el 23-F: el rey paró el golpe (El Mundo)". Hasta el punto de que a primera hora de la mañana, en los pasillos del Congreso, el portavoz de IU, Enrique Santiago, hablaba de una "nueva operación de blanqueo" del rey emérito.
Pocos minutos después de las declaraciones de Santiago, el presidente del PP, Álberto Núñez Feijóo, tomaba la iniciativa y reclamaba el regreso de Juan Carlos a España. "La desclasificación de los documentos del 23-F debe reconciliar a los españoles con quien paró el golpe de Estado. Creo que sería deseable que el rey emérito regresara a España. Él mismo ha reconocido errores innegables en su trayectoria, pero quien contribuyó a sostener nuestra democracia y nuestras libertades en un momento clave debiera pasar la última etapa de su vida con dignidad y en su país", escribía en un mensaje en X poco antes de las 11 de la mañana, y media hora después de comunicar su iniciativa a Zarzuela.
Moncloa se inhibe
Feijóo pasaba a limpio la idea de que el resultado de la desclasificación –considerada en vísperas una cortina de humo del Gobierno y devenida en cuestión de horas en providencial rehabilitación del emérito– brindaba la oportunidad de resolver el grave problema creado con la salida de España de Juan Carlos en agosto de 2020 tras la sucesión de escándalos alrededor de su figura. Regularizada su situación con la Hacienda española, sin causas pendientes con la justicia y con su reputación lavada en lo que al 23-F se refiere, ahora parecía llegado el momento de propiciar el retorno del rey.
La iniciativa del líder de la oposición apelaba directamente al Gobierno, el mismo Gobierno que en su día tuteló el expeditivo apartamiento del rey. Moncloa respondía inmediatamente por boca de Félix Bolaños: el regreso a España de Juan Carlos "depende exclusivamente de él" y, "en su caso", de la Casa Real. El Ejecutivo, añadía, "nunca le ha impedido y nunca le ha denegado la entrada a España" y, "de hecho, él viene a España cuando así lo decide".
La afirmación de Bolaños choca con la realidad –en lo que atañe a la Corona, el Gobierno siempre tiene la última palabra– y la sucesión de acontecimientos en torno al rey emérito desde su salida de España. Y choca, desde luego, con el relato que hace de ellos el propio Juan Carlos en su libro. "El Gobierno me ha pedido que no vuelvas en junio para el Mundial de vela en Sanxenxo", le dice Felipe VI (Reconciliación, página 85) el lunes 23 de mayo de 2022, en su primer reencuentro en Zarzuela –"me pregunté dónde habían ido a parar su ternura y su compasión", lamenta unas líneas más adelante. "Ya no era el joven amable y sonriente de antes. El peso de la Corona lo había cambiado"–. El viernes anterior, en medio de una gran expectación, Juan Carlos había aterrizado en avión privado para asistir a las regatas preparatorias para el Campeonato Mundial de Vela. Era su primer viaje a España desde su destierro.
El 'papelón' de Zarzuela
Este jueves, tras la declaración de Moncloa llegó la de Zarzuela. La Casa del Rey transmitía a los medios que "la decisión de regresar o no a España es del rey Juan Carlos. Él ha venido en varias ocasiones y no ha habido ningún problema". Pero el viernes iban más allá. Insistían en que el rey emérito "puede volver a vivir" en nuestro país "cuando él quiera", pero que "para salvaguardar su imagen y reputación de especulaciones y posibles críticas y, por consiguiente, salvaguardar la de la Corona como institución, don Juan Carlos debería recuperar la residencia fiscal en España". Un mensaje sorprendente, que o ha sido dictado por Moncloa o denota el deterioro del vínculo entre Zarzuela y Juan Carlos –"está claro que no se nos da muy bien comunicarnos", escribe el padre de su relación con su hijo en Reconciliación (página 57)–.
Y he aquí el nudo gordiano del improbable, cuando no imposible, retorno del rey, no solo a su casa, La Zarzuela, sino a España. Juan Carlos se sometió a tres regularizaciones con Hacienda. En 2021, un grupo de amigos le hizo un préstamo ante notario para afrontar su deuda tributaria. Está, en principio, en paz con el fisco. No obstante, su situación patrimonial es, cuando menos, singular. Si regresara a España –y aspirara a cobrar la pensión que en sus memorias se lamenta de no tener– tendría que declarar sus bienes y volver a tributar en España. Actualmente, según explican fuentes conocedoras a El Independiente, como residente emiratí no paga impuestos. Un estatus ventajoso al que probablemente no quiera renunciar.
"Devolví la libertad al pueblo español", presume una y otra vez Juan Carlos en su libro, y ahora "he pasado de ser un rey en su palacio a un paria en la otra punta del mundo". En Reconciliación, el rey denuncia la "caza de brujas" de un Gobierno que le "desacredita", pero también confiesa los errores de juicio que cometió por "ingenuidad", "por amor y por amistad". "No soy un hombre de dinero" (...). Para mí, el dinero es una abstracción, un instrumento de independencia. Nunca he sabido administrarlo ni hacerlo fructificar". Dice Juan Carlos que solo quiere "tener una jubilación tranquila, renovar una relación armoniosa con mi hijo y, sobre todo, volver a España, mi casa". Su opaca situación patrimonial hace difícil un retorno limpio a España. Pero inevitablemente flota la pregunta que él mismo se hace en sus memorias: "¿Cambiarían las cosas con un Gobierno diferente? ¿Se me facilitaría el acceso a Zarzuela?".
Te puede interesar
Lo más visto
Comentarios
Normas ›Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.
Regístrate para comentar Ya me he registrado