Esta semana, con la insostenible situación en Ceuta monopolizando la actualidad informativa y la actuación del Gobierno criticada incluso por algunos de sus socios más leales, una entrevista a Óscar Puente ha logrado desviar parcialmente la atención de la única noticia política importante de este verano. En declaraciones a Europa Press desde su destino vacacional en Alicante, una semana después de una primera reacción en su medio favorito, la red social X, antes conocida como Twitter, Óscar Puente volvía a declararse "indignado" por la foto del rey con el polemista Javier Negre en los actos de investidura del presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, el pasado 7 de agosto.

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Lejos de considerar que se había pasado de la raya al criticar a Felipe VI por un saludo protocolario e inevitable, el ministro sostenía que era la Casa Real la que había traspasado todas las líneas rojas. Es "intolerable". "El rey se ha equivocado gravemente". "En mi concepto de mi país, de mi democracia, el jefe del Estado que yo tengo en mi cabeza no tocaría a Javier Negre ni con un palo". "Flaco favor le hacen este tipo de imágenes a una monarquía que pretende integrar a todo el país". Puente aclaraba a continuación, sin que nadie se lo pidiera, que detrás de sus palabras no había "ninguna estrategia" del Gobierno contra la Corona o a favor de la República. Él, como socialista, aclaraba, tiene "alma republicana", pero defiende "una monarquía democrática" que "ha sido útil y ha servido para unir al país" y es "un elemento perfectamente válido" en un régimen democrático.

Una semana antes había rebuscado en X para retuitear las imágenes del rey con Negre publicadas por un marginal perfil republicano. Ahora, Puente volvía con vehemencia a un asunto que solo había llamado la atención de Negre y sus seguidores y de los activistas de las redes y los tertulianos más motivados.

La intención del ministro le ha parecido transparente incluso a muchos de sus compañeros de partido. Algunos se han hecho los sorprendidos por la virulencia del ataque. Pero la maniobra de Puente abunda en una línea de actuación del Gobierno de Sánchez respecto a Felipe VI, sometido desde la llegada de Sánchez a la Moncloa a un concienzudo achique de espacios, a reiterados pellizcos de monja, desplantes y travesuras protocolarias. 

El PSOE, republicano

Lo cierto es que hay algo en lo que Puente ni miente ni exagera: el republicanismo forma parte de las señas de identidad de su partido. Más allá de conocidos episodios históricos que hacen las delicias de sus adversarios –como la conocida colaboración con el dictador de Alfonso XIII, Miguel Primo de Rivera–, el PSOE siempre ha presumido de ser republicano –incluso cuando ya era la marca política hegemónica de la monarquía parlamentaria, esa "república coronada" de la que hasta el rey emérito se vanagloria en sus memorias–. Se puede leer en la última versión de su ideario, en las páginas 143 y 144 de la Resolución Política aprobada por el 41º Congreso Federal celebrado en Sevilla a finales de 2024. "La tradición cultural y política del PSOE es republicana. En el debate de la Constitución de 1978 así lo defendimos. Pero el PSOE aprobó y apoyó nuestra Carta Magna como la expresión de un marco jurídico-político que nos incorporaba a la libertad, a la democracia y al Estado Social y de Derecho", se puede leer en un desordenado apartado titulado Meta 9: Una democracia plena que planta cara a la desinformación y al autoritarismo de la ultraderecha

En efecto, durante los debates constituyentes, la postura del PSOE sobre la forma de Estado basculó entre la afirmación de sus principios republicanos y el pragmatismo político de la reforma política pilotada por el rey Juan Carlos e impuesto por el incipiente consenso de las diversas fuerzas políticas. El 11 de mayo de 1978, durante el debate sobre el Anteproyecto de Constitución en la Comisión de Asuntos Constitucionales, el grupo parlamentario socialista presentó un voto particular para suprimir la fórmula de la monarquía parlamentaria en el artículo 1.3 e instaurar una república. En una célebre intervención, el diputado socialista Luis Gómez Llorente defendió la preferencia republicana "por honradez" doctrinal e histórica, pero al mismo tiempo dejó claro que el socialismo no era incompatible con una monarquía siempre que esta respetara escrupulosamente la soberanía popular y el marco democrático. 

Tras ser derrotado el voto particular socialista por la mayoría de la Comisión, el partido liderado por Felipe González ensayó una retirada calculada: el portavoz parlamentario y ponente constitucional Gregorio Peces-Barba anunció el 4 de julio que no llevarían el voto particular al Pleno del Congreso para no romper el consenso constituyente ni fragilizar el nuevo régimen. De este modo, en las votaciones plenarias del artículo 1.3 el PSOE se abstuvo de manera simbólica, al tiempo que respaldó el Titulo II dedicado a la Corona, consumando así su repliegue táctico –equivalente a su supuesta renuncia al marxismo– y aceptando la monarquía como una "democracia coronada" compatible con el proyecto socialista. La postura del PSOE contrastó con el abierto accidentalismo del PCE, que había aceptado la corona y la bandera previamente para facilitar su legalización más de un año antes.

Un fetiche común

"Esa Constitución", reza la Resolución Política del 41º Congreso Federal –el último organizado por Santos Cerdán–, "consagró la monarquía parlamentaria como forma de Estado y en ese y en otros grandes temas de Estado, ampliamente consensuados, se fundamentó nuestra transición y nuestra vida democrática a lo largo de los últimos 45 años. Con el actual marco constitucional se han reforzado notablemente los avances logrados en el período de la Segunda República". Encontramos aquí la apelación mítico-nostálgica al régimen de 1931 que, junto a La Internacional y el puño en alto, es uno de los más queridos fetiches del socialismo. Se ha podido comprobar recientemente en la conmemoración de los 50 años de la muerte de Franco, donde la República se ha contrapuesto a la dictadura como un irreprochable paréntesis de libertad y modernidad. El PSOE comparte este acervo mítico con sus socios a la izquierda, en particular con Sumar, pero también con Podemos. Para estos partidos la Segunda República parece funcionar como la verdadera instancia de legitimidad, el auténtico momento constituyente de la democracia del 78. 

Hablando de Podemos: se han dicho estos días que el ataque del ministro Puente al rey no tenía precedentes. Quizá no haya precedentes en un ministro del PSOE, pero sí en un ministro de Sánchez. En la época de Podemos en el Gobierno, el vicepresidente Pablo Iglesias y sus ministros no desaprovecharon la oportunidad de cuestionar la institución o de insinuar la apertura del debate entre monarquía y república. Un ejemplo vistoso tuvo lugar en septiembre de 2020, cuando trascendió que el rey había llamado a Carlos Lesmes, entonces presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ, para decirle que le "hubiera gustado estar en Barcelona" en el acto de entrega de despachos a la 69ª promoción de jueces. "La posición de una monarquía hereditaria que maniobra contra el Gobierno democráticamente elegido, incumpliendo de ese modo la constitución que impone su neutralidad, mientras es aplaudida por la extrema derecha es sencillamente insostenible", tuiteó entonces el ministro de Consumo, Alberto Garzón.

El accidentalismo socialista

Lo cierto es que si se suman los 121 diputados del PSOE, los 26 de Sumar, los siete de ERC, los siete de Junts, los seis de Bildu y los seis del Grupo Mixto que respaldan al Gobierno –hay que dejar fuera a los cinco del PNV, que en su congénita inhibición se declara ni monárquico ni activista por la república–, nos salen 173 diputados republicanos de alma –como Puente y sus compañeros–, de cuerpo o de ambas cosas. En el Documento Político aprobado por Sumar en su asamblea de marzo de 2025, este movimiento "republicano, federal y plurinacional" sostiene que "en una concepción plenamente democrática del Estado no se pueden contemplar los privilegios hereditarios representados por la monarquía", "aboga por la república como forma de Estado" y defiende una reforma constitucional para lograrlo. "Ante nosotras, el camino se divide en dos: o la involución reaccionaria, la plutocracia, la destrucción del Estado social y la guerra, o la República plurinacional", puede leerse asimismo en el Documento Político vigente de Podemos, emanado de su quinta asamblea, celebrada en abril de 2025. "Con las hordas oscuras de la extrema derecha levantando las horcas y las antorchas, la República es ahora también el único horizonte político que puede aglutinar a un amplio bloque social que va desde la antigua socialdemocracia a la izquierda transformadora, pasando por los diferentes nacionalismos e independentismos (...). En Podemos siempre hemos tenido claro el horizonte y hacia él vamos a seguir caminando".

"Yo creo que no hay suficiente alarma sobre este tema", explicaba a El Independiente Tom Burns con ocasión del décimo aniversario de la proclamación de Felipe VI. "Una monarquía constitucional no puede funcionar con un Gobierno cuya querencia o su necesidad política es la república. Del PSOE siempre se ha dicho que es un partido accidentalista. De la misma manera que la CEDA lo era con la República, el PSOE, y especialmente el sanchismo, es accidentalista con la Corona". 

Resulta pertinente en este punto volver a la Resolución Política de 2024. "Alterar ese fundamento de nuestra convivencia política", es decir, la monarquía, "sería desestabilizador porque no es posible un acuerdo alternativo en nuestro actual panorama social y político. Sin embargo, es legítimo que el PSOE albergue permanentemente una reflexión sobre nuevas posibilidades de diseño institucional del país con el objetivo de fomentar la renovación de la democracia y fortalecer la pluralidad del Estado" –esto es, lo de Sumar y Podemos (república, federal, plurinacional) con otras palabras–.

Entre algunas de las mentes más perspicaces de la oposición ha anidado la idea de que un Sánchez acorralado es capaz de jugar la baza constituyente y abrir el melón republicano para seguir en el poder. Asociar a la Corona con la ultraderecha, la amenaza que todo lo justifica, formaría parte del artefacto. Felipe VI no pone fácil que el farol derive en órdago. Tras el triste final del reinado de su padre, el rey se aferra a sus obligaciones –cumplimiento de la Constitución, neutralidad y ejemplaridad– con disciplina férrea. Pero todo parece posible en la España de Óscar Puente (y Javier Negre). Y el PSOE, en su ideario, ya lo contempla.