Ni Indra ni Hispasat. La empresa española que presume de haber lanzado más satélites al espacio tiene su centro de diseño y fabricación en un apartamento de la Gran Vía de Madrid y la dirige Julián Fernández, con apenas 22 años. “Es la demostración de que no hace falta ser un gigante de la defensa para competir en este sector”, reconoce Fernández en una entrevista con El Independiente. “Solo es cuestión de tener talento, que lo tenemos en España, y capital, con el que empezamos a contar”, agrega el fundador y director ejecutivo de Fossa Systems, una startup española que ha logrado poner en órbita una constelación propia de nanosatélites.

Establecida en el verano de 2020, al calor del fin del confinamiento decretado durante la pandemia del Covid, Fossa es hoy una historia de éxito. Su receta, admite Fernández, es además resultado de “una buena idea y una buena propiedad intelectual”. “Hemos sido capaces de convertirnos en la empresa que más satélites ha lanzado al espacio, pese a tener un tamaño muy pequeño: unos 50 empleados y poca financiación”, desliza desde una de las salas con vistas a la Gran Vía madrileña, en el corazón de las instalaciones desde las que un pequeño ejército de empleados ensambla los aparatos.

De diseño a ensamblaje, 'made in Spain'

“Es nuestro centro de fabricación de satélites, de diseño y de operación. Lo que está detrás de mí son las pantallas de nuestro centro de operación, donde controlamos estos satélites que están ahora mismo en órbita. Aquí hacemos todo como una especie de programa programa espacial in-house. Aquí diseñamos todos los componentes de un satélite: sistemas de potencia, sistemas de comunicaciones, ordenadores a bordo, código... Los fabricamos aquí y los enviamos a proveedores de lanzamiento como SpaceX, que los lanzan al espacio y luego los operamos”, relata el joven, que ni siquiera ha completado aún su grado de Ingeniería en telecomunicaciones. “Es una zona gris”, bromea cuando se le pregunta lo que le queda aún para licenciarse. “Estoy en la Universidad Rey Juan Carlos, que me ha apoyado mucho en este proyecto”.

La aventura espacial de Fernández arrancó con 16 años. “Fue una idea local que surgió de un hilo de Reddit, el equivalente americano al Forocoches. Con 14 años me di cuenta de que llegar al espacio era algo realmente difícil. Todavía estaba en manos de gobiernos y grandes corporaciones. Y decidí lanzar un satélite de la forma más asequible posible para dar servicios de conectividad. Miniaturizamos la tecnología a un satélite muy pequeñín, el Fossasat-1. Yo tenía 16 años y fue obra de varios estudiantes y profesionales. Fue la demostración de que se puede lanzar un satélite de forma independiente y con presupuesto limitado”, rememora quien se dice empeñado en democratizar el espacio.

Julián Fernández, fundador y director ejecutivo de Fossa Systems, en la sala de operaciones. | Israel Cánovas

Parece una locura, pero una empresa privada puede tener su propio satélite. Es como quien instala un repetidor wifi en su casa

El periplo despegó finalmente en julio de 2020, con la constitución de una empresa que en 2025 facturó alrededor de dos millones de euros. “Este año la idea es multiplicar por cuatro o cinco la facturación, con el objetivo de llegar a cientos de millones en cinco años”, detalla. Su crecimiento exponencial levanta acta de un negocio que tiene ya oficina en Lisboa y próximamente en Asia. “Hemos lanzado 24 satélites. No todos ellos están todavía en órbita porque son satélites que tienen una vida útil más limitada. Los primeros tenían dos años y los actuales tienen cinco años de vida útil. Dan servicio de internet de las cosas, que consiste en conectar pequeños dispositivos de baja potencia, como puede ser un contenedor, una vaca, un sensor de humedad en agricultura o un soldado enviando un mensaje de emergencia. Son satélites de comunicaciones, una especie de Starlink español para el internet de las cosas”.

“Desde España -explica- no podemos competir con un Starlink que permite tener internet de gran ancho de banda, como conectarse a Google o Netflix y hacer un streaming. Fossa se encarga del mundo de comunicaciones satelitales a baja velocidad, lo que es enviar un SMS, un WhatsApp, un dato de posición de un contenedor, un dato de posición de un vehículo blindado o pequeños paquetes de información periódicos. Los satélites de streaming son mucho más grandes, mucho más costosos y requieren miles de unidades. Starlink tiene entre 6000 y 7000 satélites en órbita, un número inmenso mientras que Fossa tiene previsto desplegar una constelación de 80 satélites”.

El sector de la Defensa, el principal cliente

Su cartera de clientes es diversa. Desde una empresa de petróleo a un ministerio de Defensa de un país europeo. “Parece una locura, pero una empresa privada puede tener su propio satélite. Es como quien instala un repetidor wifi en su casa. Te puedes comprar un satélite para conectar tus activos. Una empresa de petróleo y gas, una empresa de logística de contenedores, una empresa de alquiler de maquinaria pesada... Son los usos que tenemos”, desgrana.

En una coyuntura marcada por un rearme global, Fernández reconoce que “el 80% de la facturación proviene del sector de la defensa”. “Proveemos de estos satélites a ministerios de Defensa europeos que quieren una capacidad soberana. Y ahí está de verdad la diferencia con Starlink. Europa se ha dado cuenta que ya no podemos depender ni de nuestros aliados ni de Estados Unidos para hacer frente a nuestras necesidades críticas. Ya vimos el caso de la energía con Rusia, pero nos hemos dado cuenta que va más allá. Va a comunicaciones, procesamiento o inteligencia artificial. Hay muchos más casos. Pero en comunicaciones, Fossa es la única compañía europea que da una solución vertical y soberana”, arguye.

Su empresa espacial levanta acta de que, en medio de la invasión de Ucrania a gran escala y las turbulencias geopolíticas, Europa comienza a captar el mensaje de la necesidad de ser tecnológicamente soberana. La guerra lanzada por Rusia aceleró una toma de conciencia que llevaba tiempo gestándose: interferencias masivas, ataques electrónicos, sabotajes y amenazas explícitas contra activos espaciales demostraron que la órbita baja se ha convertido en un campo de batalla invisible.

“Cuando empezamos a desarrollar estos satélites, no existía una solución en el mercado. No nos quedaba otra que hacerlo nosotros, porque no existían satélites tan pequeños para poder dar este servicio. Al desarrollar una capacidad interna, hemos tenido que ir por la verticalización. Es un proceso que le cuesta a Europa, porque hay que invertir en I+D y en capacidad de producción”, comenta. Pero es inevitable: “Lo vimos con la energía y lo estamos viendo ahora con las comunicaciones, la inteligencia y el espacio”.

El centro de ensamblaje de Fossa. | Israel Cánovas

Aquí nada depende de un tercero y no nos pueden apagar

Una independencia que arroja zonas de sombra. “La soberanía se puede ver de distintas formas, desde la propiedad intelectual hasta la propia fabricación. Fossa tiene toda la fabricación en España de todos los procesos que añaden valor y que se pueden hacer aquí. Claramente, un semiconductor no se puede hacer en España. La mayoría de los semiconductores vienen de Taiwán y otros países de Asia. Pero todos los procesos que agregan valor, es decir, la programación, el montaje, el mecanizado, el diseño, todo eso se hace aquí y es muy difícil de reemplazar. Todos los puntos críticos recaen sobre Fossa o una empresa española que dependa de nosotros”, responde. “Aquí nada depende de un tercero y no nos pueden apagar. El día del apagón, Fossa siguió funcionando y dando un servicio. Y eso es lo bueno que tiene el internet satelital: que es totalmente independiente de cualquier tercero o activo terrestre. Y es importante también que el control sea español”.

Fossa trabaja con nanosatélites y microsatélites: plataformas de entre seis y cien kilos. Muy lejos de los grandes satélites geoestacionarios, pero con ventajas claras. “Cuando pensamos en un satélite, nos imaginamos un bicho tremendo, desarrollado por grandes empresas. Un picosatélite es un satélite de menos de un kilo. Los nanosatélites son de hasta 10 kilos y los microsatélites, de tamaño de una lavadora y unos 100 kilos. Fossa está en esa intersección entre nano y microsatelite, que son satélites relativamente baratos y asequibles, que tardan poco tiempo en desarrollarse, que cuestan cientos de miles de euros, pero que tienen una capacidad que pueda hacer frente a otros sistemas en el ámbito de la defensa o la seguridad nacional”, explica.

Uno de los satélites que construye Fossa. | Israel Cánovas

La OTAN llama a las puertas

Uno de sus hitos recientes es haber sido incluidos en el programa DIANA, el acelerador de innovación de la OTAN. Entre más de 3.600 candidaturas, la empresa española fue una de las 150 elegidas. En España, apenas seis. El objetivo es desarrollar capacidades de inteligencia de señales (SIGINT) desde el espacio. Detectar, identificar y geolocalizar interferencias electromagnéticas, sistemas de jamming o radares enemigos, como las que se han registrado en regiones limítrofes con Rusia o la que sufrió la ministra de Defensa española Margarita Robles a bordo de un avión. “Es algo mucho más común de lo que parece”, explica Fernández. “Hay zonas donde los aviones pierden GPS por interferencias que se compran en internet”.

El auge de estos sistemas responde a un cambio profundo en la doctrina militar: la asimetría. Igual que un dron barato puede desafiar a un caza multimillonario, una constelación de pequeños satélites puede complementar, y a veces desafiar, a sistemas espaciales tradicionales. “En vez de lanzar dos satélites de miles de millones, puedes lanzar decenas de pequeños por una fracción del coste”, resume Fernández.

Plantilla de Fossa en las instalaciones en la Gran Vía madrileña. | Israel Cánovas

Dirigir una empresa aeroespacial con 22 años no es lo más habitual, pero el CEO de Fossa reconoce que su edad a veces ayuda. “Llama la atención”. Pero el verdadero obstáculo, dice, es otro: ser joven y pequeño en un sector muy institucionalizado. “Hay empresas muy consolidadas que no quieren que entren startups”, afirma quien presume de haber tomado la decisión de permanecer aquí. “Fossa también ha tenido la oportunidad de establecerse en otros países. Podríamos habernos establecido en Silicon Valley y tener acceso a un capital mucho mayor, porque España tiene sus retos de disponibilidad de capital y de contratación pública; pero creemos que existe una oportunidad tremenda, un despertar en Europa. Siendo español y teniendo un equipo mayoritariamente español, nosotros apostamos por España y queremos seguir estando en España”, replica.

La suya es una apuesta de altos vuelos, con una trayectoria tan fulgurante que nunca habría imaginado. “Para nada. Nació como una asociación sin ánimo de lucro y un proyecto abierto y gratuito para poder dar comunicaciones en todo el planeta. Un proyecto para democratizar el acceso al espacio. Lo demás ha sido una consecuencia de querer llevar la tecnología más lejos”, confiesa. “Ahora somos muy ambiciosos. Queremos ser un líder industrial en Europa. Pero sabemos la receta: Hay que tener mucha perseverancia porque hacemos algo que nunca nadie ha hecho”. Lo firma un veinteañero desde un apartamento de la Gran Vía de Madrid, con la sensación de que esto, apenas, acaba de empezar.