Medio Ambiente

Jornadas eternas, 104 reuniones y una Navidad "con ceniza": el maratón de los que no se han separado del volcán

El vulcanólogo Vicente Soler y la geógrafa María José Blanco relatan su experiencia durante la erupción de Cumbre Vieja

El 19 de septiembre, María José Blanco estaba cerrando la maleta en su casa para viajar a La Palma cuando el volcán de Cumbre Vieja entró en erupción. Vicente Soler estaba en las mismas. Y al día siguiente ya andaban los dos por las faldas del volcán, en el inicio de una aventura que les ha llevado a jornadas eternas de trabajo, incontables reuniones y mucho tiempo lejos de sus casas.

María José Blanco, directora en Canarias del Instituto Nacional (IGN), y Vicente Soler, vulcanólogo del Instituto de Productos Naturales y Agrobiología, IPNA-CSIC, son solo dos ejemplos de las decenas de personas que no se han separado del volcán desde que comenzó la erupción. Blanco regresó algunas semanas a su casa en Tenerife durante el proceso eruptivo, pero siguió trabajando de forma remota, mientras que Soler apenas ha descansado dos fines de semana -y por un problema familiar- en los 85 días que el volcán ha estado soltando lava.

«Yo las navidades las he pasado aquí. Volví a La Palma el día 23 de diciembre y estaré aquí hasta el 29», relata Blanco a El Independiente en una llamada telefónica. Esta geógrafa se mantuvo en la isla las cuatro primeras de la erupción de forma ininterrumpida y después estuvo en semanas alternativas con Carmen López, directora del Observatorio Geofísico del IGN. Entre las dos llevaron la portavocía del Plan de Emergencias Volcánicas, el Pevolca, y fueron las encargadas de presentar los informes cada día ante los medios. Se hacían relevos y cuando una estaba en La Palma, la otra estaba en casa. «Pero no descansando, sino trabajando, porque todas las reuniones eran de forma telemática».

La directora en Canarias del Instituto Geográfico Nacional (IGN), María José Blanco
La directora en Canarias del Instituto Geográfico Nacional (IGN), María José Blanco EFE/ Miguel Barreto

De la erupción del Hierro a La Palma

Blanco nació en Madrid, pero lleva en Tenerife desde los años 90. «La erupción de Hierro en 2011 fue la primera que viví y fue muy impactante porque era la primera vez que poníamos en marcha el Plan de Emergencias. Con el volcán de La Palma, sin embargo, hay un daño social muy grande y el hecho de que sea una erupción urbana le da un color muy diferente al proceso volcánico».

Tanto Blanco como Soler han notado en ese sentido un cariño muy especial por parte de la sociedad palmera. Mucha gente les agradecía a diario el trabajo que realizaban. Las jornadas empezaban pronto, preparando desde las 8:30 de la mañana un informe, y luego a las 09:45 arrancaba la reunión del comité científico. A esa le seguía una reunión de comité de dirección y después, la rueda de prensa. Por la tarde, labores de coordinación, atención a los medios y, cuando se podía, trabajo de campo.

«Han sido, si no recuerdo mal, 104 reuniones. Salvo las horas que dormíamos, el resto del tiempo era todo dedicado única y exclusivamente al volcán. Mi mujer ha sido un enorme soporte para mí», recuerda Vicente Soler, padre de dos hijos y residente también en Tenerife. «Hay que tener en cuenta que estábamos ante una oportunidad única para nosotros, porque era la primera vez que teníamos una erupción con una gran capacidad para analizar y monitorizar. Por eso, yo siempre que podía hacía trabajo de campo, porque la observación directa siempre ha sido un plus».

Vicente Soler, durante el trabajo de campo en La Palma

Algún rifirrafe, pero un trato cordial

Trabajar durante tantas horas y tantos días, lejos de casa y con la presión extra que supone monitorizar un volcán que está sepultando de lava casas, carreteras y plantaciones ha supuesto un enorme reto para los científicos. «Ha habido algún rifirrafe interno, como es lógico, porque siempre hay diferencias y en la ciencia no deja de haber competencia, pero internamente ha funcionado todo muy bien», resalta Vicente Soler, que se jubilará dentro de tres años.

En una de las últimas reuniones, un científico del Instituto Español de Oceanografía dijo una frase que se le ha quedado grabada a Soler: «Hay gente a la que no le he visto la cara porque trabajamos telemáticamente, pero ya los considero íntimos».

«Yo en el IGN conocía a prácticamente todo el mundo», añade por su parte Blanco. «Pero una cosa es conocer y trabajar en un despacho y otro es compartir el día a día, el trabajo, las comidas, las emociones… Eso crea lazos mucho más fuertes que los puramente laborales. Eso hace que todo haya fluido mejor».

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