A sus 71 años, Dennis Quaid ya no parece interesado en la prudencia ambiental de Hollywood. Esta semana, en el pódcast del mediático pastor Greg Laurie, ha dejado una serie de declaraciones que, en cualquier otro intérprete de su generación, sonarían improbables.

La más comentada tiene nombre propio: Donald Trump. Quaid lo ha descrito como “sorprendentemente accesible y muy divertido. Y realmente auténtico”. Ha ido más allá: “No sería presidente si no fuera auténtico. La gente que votó por él sabe que tiene en el corazón sus mejores intereses”. Y ha añadido, con una mezcla de admiración y asombro físico: “Nunca he visto a nadie con ese tipo de energía”.

En la conversación ha insistido en que Trump “no necesitaba hacer esto”, que ya tenía éxito y fortuna antes de presentarse, y que ha “sacrificado probablemente más que cualquier otra persona” al optar por la política. Ha recordado que lleva décadas hablando en televisión de la necesidad de implicarse en el rumbo del país.

La ley del péndulo

En una industria donde un alineamiento político heterodoxo suele expresarse con matices o silencios, el actor ha preferido la franqueza. Cree que el debate público “se ha ido tan extremadamente a la izquierda” que, según ha relatado citando un comentario escuchado en otro pódcast, alguien que se declare “demócrata de Clinton” puede acabar siendo tachado de nazi. “No puedes hacer eso”, ha respondido. Ha añadido que lo que antes era una posición reconocible hoy “ya no puedes serlo”. Para definirse, ha escogido una fórmula menos ideológica que temperamental: “Soy un independiente con sentido común. Quizá en mi cabeza me incline más hacia lo conservador, pero estoy a favor del sentido común”.

Su confesión tiene una ironía histórica difícil de ignorar. Quaid interpretó a Ronald Reagan en el biopic Reagan (2024). En la entrevista ha explicado que, para encarnarlo, intentó “pasar del acontecimiento y llegar a lo humano”, fijándose en gestos mínimos –“tenía un pequeño daño nervioso, una sonrisa algo torcida”– antes que en la retórica del presidente. También ha subrayado que Reagan “nunca se sintió realizado como actor”, una insatisfacción que, según él, marcó su trayectoria antes de entrar en política. Quaid ha recordado que Reagan fue presidente del sindicato de actores y que su experiencia previa en los estudios le preparó para tratar con líderes internacionales.

Un finde en la Casa Blanca con Clinton

Entre Reagan y Trump, ha aparecido otro presidente: Bill Clinton. Y ahí la conversación ha virado hacia la anécdota. Quaid ha contado que pasó un fin de semana entero en la Casa Blanca durante la era Clinton, cuando su entonces esposa, Meg Ryan, había sido invitada a una cena de Estado y él decidió quedarse. “Fue todo el fin de semana solo con él, en un fin de semana de pocas noticias”, ha recordado. Ha precisado que se alojó en la llamada “Queen’s bedroom” y no en el dormitorio Lincoln. De aquella experiencia conserva una imagen inesperada: “Servían café instantáneo por la mañana… Un café bastante malo en la Casa Blanca”. Sobre Clinton ha dicho que era “muy afable” y “un comunicador muy eficaz”.

El actor no se ha limitado a la política. Ha hablado largo y tendido sobre su fe. Ha recordado su etapa de adicciones y su paso por la India, adonde viajó en once ocasiones en nueve años en busca de respuestas espirituales. Durante un tiempo se definió como “baptista zen”. Ha explicado que su regreso al cristianismo llegó al releer el Nuevo Testamento y que fueron “las palabras en rojo de Jesús” las que le impactaron: “Era una relación personal que no existe en Siddhartha o en el Corán… es una relación viva y personal que está sucediendo ahora mismo”.

Ha descrito el momento actual como “una revolución espiritual” y ha precisado que no habla en términos de republicanos y demócratas: “Estoy hablando de que esos dos se junten”.