Aquel 20 de noviembre de 1947 todos temían que la climatología arruinase el día, pero cuando la carroza que portaba a la entonces princesa Isabel salió de Buckingham, los peores temores se esfumaron. El sol brilló y la novia apareció radiante. Minutos más tarde, el vehículo se detenía enfrente de la abadía de Westminster. La novia llevaba un vestido diseñado por Sir Norman Hartnell, hecho con satén marfil elaborado en Escocia, y estaba ricamente bordado con cristales y perlas que habían sido importadas de Estados Unidos. Los bordados estaban inspirados en La Primavera de Botticelli. Como diadema había escogido la Fringe Tiara, propiedad de su abuela, la reina María.

 

Los orígenes

Muchas biografías aseguran que Felipe e Isabel se conocieron en la academía naval de Dartmouth, en una visita que Isabel hizo con sus padres y su hermana, pero era falso. En realidad, ya se habían visto antes --en la boda del duque de Kent--, pero eran tan pequeños que, aún pasados los años, no se acordaban de ello.

En Darmouth, sin embargo, sí que repararon el uno en el otro, a pesar de lo pequeña que era ella, de tan solo 13 años. Felipe era cadete y se tuvo de encargar de entretener a Isabel y a su hermana. Isabel quedó embelesada desde el primer momento en que lo vio.

En Dartmouth, el príncipe Felipe fue el encargado de entretener a la princesa Elizabeht, de 13, y a su hermana

Semejante interés llamó la atención de Louis Mountbatten, Dickie para sus familiares y amigos, un trepa de cuidado, ambicioso como pocos y por aquel entonces era oficial de la Royal Navy. Mountbatten era hermano de la princesa Alicia de Battenberg, esposa del príncipe Andrés de Grecia y madre del príncipe Felipe. Felipe, por tanto, era su sobrino y aquel día entendió que podía servirle para seguir escalando puestos.

'Dickie' hizo de Celestina

A partir de aquel momento, Dickie comenzó a mover los hilos para que su sobrino se alzara con el mayor trofeo de Inglaterra: la mano de la heredera al trono. Los padres de Isabel, sin embargo, no veían aquello con tan buenos ojos. Al rey Jorge, su padre, Felipe le caía simpático, pero no lo veía como futuro yerno: ni era británico, ni pertenecía a la iglesia de Inglaterra. Además, no quería separarse de su querida hija. La veía como una chiquilla a la que le faltaba disfrutar de la vida y, quién sabía, quizás conocer a otros hombres.

La madre de la princesa, la indómita reina Elizabeth Bowes-Lyon, tenía, además, otros planes para su hija. Quería que se casara con el hijo de uno de los grandes duques de Inglaterra --se dice que incluso llegó a escribir una lista de pretendientes-- pero ninguno lo consiguió. 

El sentimiento antialemán

Por si no fuera poco, los cortesanos de Buckingham, comenzando por el secretario privado del rey, el todopoderoso Tommy Lascelles, no querían ni oír hablar de un posible enlace con un príncipe extranjero. La guerra había dejado un profundo sentimiento antialemán en Inglaterra y no iban a tolerar que la heredera a trono se casase con aquel príncipe cuyas hermanas estaban casadas con príncipes alemanes e incluso una de ellas se había casado con un miembro de las SS.

Mountbatten supo que tenía que actuar con diligencia. Primero decidió  cambiarle la nacionalidad a su sobrino y convenció al rey de Inglaterra para que intercediera ante el gobierno británico. El rey Jorge lo hizo pero el gobierno británico no quería saber nada de aquel tema.

Los obstáculos iban en aumento sin que a ninguno de los novios pareciera importarle demasiado. De hecho, meses más tarde, cuando Felipe fue invitado nuevamente a Balmoral, le propuso matrimonio a Elizabeth. Nunca se ha sabido el lugar exacto, pero la propia Isabel dejó entrever que fue debajo de un árbol, con unas preciosas vistas a una pradera. Sea como fuera, lo que sí se sabe es que ella no lo dudo ni un segundo y dijo que sí inmediatamente.

Una foto captó la mirada de los enamorados

Los reyes no tuvieron tiempo de maniobrar para parar el compromiso, si bien Jorge V, quizás como último intento desesperado, exigió que la noticia no se hiciera oficial hasta que la princesa hubiera cumplido veintiún años. La Corte, por su parte, exigió silencio absoluto frente a la prensa: cualquier filtración, por leve que fuera, podría crear un escándalo mayúsculo antes de tiempo. Con buen criterio, el establishment creyó que era mejor guardar un sepulcral silencio mientras se resolvían todos los problemas del enlace. Y problemas había: desde la nacionalidad de Felipe a su familia.

A Isabel no le quedó más remedio que darles la razón y, para despistar, comenzó a bailar con otros hombres en las veladas a las que acudía. Durante un tiempo, la treta funcionó, pero en la boda de una hija de Dicky Mountbatten, todo saltó por los aires. Tanto Felipe como Isabel acudieron como invitados y a la prensa no se les escapó la mirada enamorada de ambos. Los periódicos comenzaron a especular sobre el enlace, pero como había temido Buckingham, la respuesta del público fue furibunda. La respuesta era claramente no. Inglaterra no pensaba tolerar semejante disparate.

Mountbatten supo que tenía que actuar rápidamente y comenzó a orquestrar numerosos cambios en su sobrino, incluso le cambió el apellido. Pero ni siquiera al Rey aquellos cambios parecían convencerle. A la desesperada, Jorge VI pensó que todavía tenía una oportunidad para parar aquel enlace que no gustaba a nadie. La familia tenía por delante un viaje a Sudáfrica, una excusa perfecta para que Felipe e Isabel se distanciaran. Tanto Jorge VI como su esposa cruzaron los dedos para que el amor entre ellos se apagara.

Pero los eventos se precipitaron. En mayo, la familia real regresó del viaje e Isabel exigió que su compromiso se hiciera público. Al final, ganó la batalla: el anuncio se hizo el 10 de julio.

Meses más tarde, y resplandeciente del amor que sentía por su prometido, Isabel logró su cometido y se convirtió en la mujer de un simple marino. Fue su primera batalla contra el establishment, y ya demostró por entonces de qué fuste estaba hecha. Aunque muchos la vieran como una muchachita tímida y sin especial entereza, Isabel estaba en realidad hecha de hierro por dentro.

Muchos años más tarde, cuando se convirtió en reina, el mundo entero lo vería.


Ana Polo Alonso es la editora de Courbett Magazine, una publicación digital sobre libros, diseño y cultura. También es la creadora del podcast Sin Algoritmo, centrado en novedades literarias. Publicará próximamente una biografía sobre Jackie Kennedy y está trabajando en una biografía sobre la reina Isabel II de Inglaterra. Este texto es un extracto adaptado de la biografía que se está preparando.

Actualización: este texto pertenece a una biografía que será publicada por la Esfera de los Libros.