Irán atraviesa su mayor oleada de protestas en años y, probablemente, la más sangrienta desde el ciclo abierto por la muerte de la joven Mahsa Amini en 2022. El estallido comenzó el 28 de diciembre de 2025, empujado por el desplome del rial, la inflación y el deterioro acelerado de la vida cotidiana. Lo que prendió como una protesta por el bolsillo se ha transformado, en cuestión de días, en una impugnación frontal de la República Islámica.
La represión ha disparado el número de muertos y la cifra exacta se ha vuelto casi imposible de verificar, en medio de un corte de internet y un total apagón informativo que se prolonga ya durante cinco días. La ONG Iran Human Rights eleva el recuento a 648, incluidos menores. El país se halla prácticamente incomunicado con el exterior. En ese vacío informativo, los vídeos y testimonios se difunden a cuentagotas, pero sirven para retratar un país que entierra a sus manifestantes y convierte los funerales en protesta, con consignas que ya no piden reformas sino ruptura, incluyendo gritos de “muerte al dictador” y, según relatan activistas, “muerte a Jameneí” en las ceremonias fúnebres de los jóvenes caídos por la represión.
En paralelo, la presión internacional se intensifica. Donald Trump ha insinuado que estudiará este martes opciones ante la escalada de violencia. Israel ha respaldado públicamente a los manifestantes. La Unión Europea sopesa nuevas sanciones. Y Teherán ha optado por el cierre, el castigo y el señalamiento de enemigos exteriores.
¿Qué otros desafíos ha logrado superar el régimen iraní en estos 46 años?
La historia reciente de Irán es una sucesión de oleadas de descontento y de técnicas de contención cada vez más sofisticadas. Desde su nacimiento, la República Islámica aprendió pronto a convertir la seguridad en el centro del Estado.
En los primeros años posrevolucionarios, el régimen aplastó disidencias rivales y consolidó la Guardia Revolucionaria como herramienta de control interno. En los noventa y principios de los 2000 enfrentó protestas estudiantiles y reformistas. En 2009, el Movimiento Verde puso a prueba su legitimidad tras unas elecciones contestadas y el poder respondió con detenciones masivas, violencia y un endurecimiento del control digital.
En 2017 y 2018 las protestas reaparecieron con un fuerte componente económico. En 2019 el aumento del precio de la gasolina detonó disturbios y el régimen perfeccionó un método que hoy vuelve a utilizar: el apagón de internet como cortina para reprimir sin testigos. En 2022, la muerte de Mahsa Amini generó una revuelta sostenida durante meses, encabezada por mujeres y jóvenes bajo el lema “Mujer, vida, libertad”, y también terminó diluyéndose bajo un ciclo de represión, detenciones y ejecuciones.
El denominador común es doble. Por un lado, la capacidad del régimen para absorber el coste internacional, encajar sanciones y blindarse frente al aislamiento. Por otro, la dificultad de convertir protestas generalmente descentralizadas en una arquitectura política que dispute el poder en el territorio. Este lunes cientos de miles de personas tomaron las calles del país para mostrar su lealtad al régimen.
¿Qué diferencia a esta oleada de otras anteriores?
Para Farzan Sabet, investigador del Centro de Sanciones y Paz Sostenible, Instituto Universitario de Ginebra, “en comparación con las cuatro rondas anteriores de manifestaciones a gran escala desde 2009, y las tres rondas anteriores, que eran específicamente antirrégimen, ésta es la más significativa”. “Probablemente también sean la crisis de seguridad y la amenaza más importantes para la existencia del régimen islámico desde que terminó la primera década de revolución y guerra en 1989”.
“Hay algunas características distintivas. Una es su inmenso alcance geográfico. Hemos visto cómo estas protestas han estallado no solo en las grandes ciudades, sino que, de hecho, muchas de ellas comenzaron en pueblos y ciudades pequeñas y se extendieron. Ahora bien, debemos ser cautelosos cuando hablamos de movilización y participación real”, admite. “A juzgar por los impresionantes vídeos que hemos visto, parece que ha habido una movilización a gran escala en todo el país”.
Son la crisis de seguridad y la amenaza más importantes para la existencia del régimen islámico desde 1989
Otras características -subraya- son “la intensidad del sentimiento antisistema y los ataques contra el propio sistema gobernante, así como la posible intervención de Estados Unidos, que no fue un factor en las protestas anteriores”. “Si se produce dicha intervención, dependiendo de la naturaleza de la misma, su escala, alcance, intensidad y momento podría ser un factor, no necesariamente para conducir a una victoria inmediata de la protesta, pero sí para ayudar a que pase a una nueva fase más intensa, lo que a su vez supondría una mayor amenaza para la República Islámica”.
“En 2009 había una figura política claramente líder, Mir-Hosein Musaví, que fue primer ministro de la República Islámica durante la década de 1980. Y en las tres rondas anteriores de manifestaciones contra el régimen, la primera de las cuales tuvo lugar en diciembre de 2017, luego en noviembre de 2019 y, por último, a finales de 2022, con el Movimiento Mujeres por la Libertad, no hubo una figura líder clara en esta protesta. Creo que uno de los grandes cambios que contribuyó a la participación a gran escala de muchos iraníes fue que el príncipe heredero Reza Pahlavi y su movimiento surgieron como figuras líderes claras en la oposición política. Esto ofreció a la gente una alternativa clara. En el pasado, la gente tenía miedo de salir a la calle y derrocar el sistema porque se planteaba la pregunta: si derrocamos el sistema, ¿qué vendrá después?”.
¿Pueden la contestación popular tumbar al régimen?
Puede ocurrir, pero no es el desenlace más probable a corto plazo. Este ciclo ha roto umbrales relevantes. La protesta es nacional, atraviesa clases sociales y generaciones y ha evolucionado hacia una consigna inequívoca: el fin del sistema. Sin embargo, el régimen sigue sosteniéndose sobre un aparato de seguridad que combina la Guardia Revolucionaria, las milicias Basij, la inteligencia y el poder judicial, y que se ha demostrado dispuesto a utilizar violencia extrema para evitar cualquier fisura.
“Las protestas suponen un grave desafío para el régimen. Por eso los dirigentes han respondido con mano dura”, reconoce en conversación con El Independiente Ali Vaez, Ali Vaez, director del Irán Project del Crisis Group y uno de los principales expertos en el régimen de los Ayatolás. “Es posible que el movimiento pierda fuerza tras la reciente matanza, pero volverá a resurgir, porque el régimen es simplemente incapaz de abordar las causas subyacentes”, vaticina.
Es la primera vez que vemos al pueblo iraní mostrarse tan intrépido. Parece que no se conformarán con nada menos que el derrocamiento de este régimen
Por su parte, Lisa Daftari, analista de política exterior y directora de The Foreign Desk, describe estas movilizaciones como el reto más grave para la República Islámica desde su establecimiento en 1979, por su amplitud nacional y por estar dirigidas explícitamente a acabar con el gobierno clerical más que a arrancar reformas. “Cuentan con un número creciente de víctimas y miles de detenidos en medio de una brutal represión y un bloqueo de las comunicaciones que impiden conocer el número real de muertos, pero que sin duda es elevado. Es la primera vez que vemos al pueblo iraní mostrarse tan intrépido. Parece que no se conformarán con nada menos que el derrocamiento de este régimen”, advierte.
La grieta decisiva, la que convierte una revuelta en cambio de régimen, suele producirse cuando parte de las élites deja de obedecer. Por ahora, no hay señales concluyentes de una ruptura en la columna vertebral del sistema. A eso se suma otra carencia: la protesta, masiva y extendida, sigue careciendo de una estructura política interior capaz de convertirse en alternativa de poder.
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