Teherán va camino de cumplir una semana desconectada del mundo exterior. La calle se ha convertido en un campo de batalla entre manifestantes y fuerzas de seguridad. En Washington, Donald Trump sopesa las opciones de una intervención que muchos consideran inevitable mientras anima a continuar el órdago ciudadano. “La ayuda está en camino”, declaró este martes por redes sociales.

Irán se halla sumido en tres semanas de protestas y una represión que ya deja varios miles de muertos. Un funcionario iraní cifró en unas 2000 personas los fallecidos en las protestas. La organización de derechos humanos HRANA, con sede en Estados Unidos, contabilizó 2.003 muertes confirmadas, entre ellos, 1850 manifestantes. Según la organización, 16.784 personas habían sido detenidas, en medio de noticias de redadas y detenciones masivas en los últimos días.

Ante este escenario, el presidente estadounidense ha sido informado —según fuentes de Defensa citadas por la prensa norteamericana— de un abanico amplio de herramientas encubiertas y militares, desde ataques de misiles de largo alcance hasta campañas psicológicas y operaciones cibernéticas destinadas a cegar al aparato de control del régimen.

Mientras la Casa Blanca insiste en que “la diplomacia es siempre la primera opción”, el propio Trump ha agitado el tablero con un anuncio que mezcla coerción y espectáculo: un arancel del 25% a cualquier país que haga negocios con Irán, un golpe con vocación global que amenaza con alcanzar de lleno a China —principal comprador de crudo iraní— y a socios regionales como Turquía, Irak, Qatar o Emiratos Árabes Unidos.

La principal incógnita, no obstante, es cómo podría responder la República de los Ayatolás al probable ataque de Washington. Este martes el comandante de la Fuerza Aeroespacial de la Guardia Revolucionaria Iraní, el General de Brigada Majid Mousavi, advirtió: "Hemos reparado los daños causados por la reciente guerra y nuestras fuerzas están totalmente preparadas. Tenemos plena capacidad defensiva y cualquier apuesta en nuestra contra recibirá una respuesta decisiva y contundente".

Iraníes caminan bajo un gran cartel de propaganda estatal en Teherán. | Efe

Las opciones sobre la mesa de Trump

Trump dispone de opciones militares y no militares, pero ninguna garantiza el tipo de resultado rápido y de bajo coste que suele buscar un liderazgo político en año electoral o bajo presión mediática. El equipo de seguridad nacional se reunió este martes en la Casa Blanca para revisar opciones. Y la clave, advierten analistas, no está tanto en la capacidad estadounidense —enorme— como en la naturaleza del objetivo: castigar, disuadir o acelerar un colapso interno. Porque el dilema de Trump no es si puede intervenir, sino cómo hacerlo sin convertir a los manifestantes en peones de una potencia extranjera -como ya le acusan la cúpula iraní- ni provocar una escalada regional.

En esa línea, Farzan Sabet, investigador del Centro de Sanciones y Paz Sostenible del Instituto Universitario de Ginebra, sostiene que en la mesa de Trump conviven acciones diversas pero con un cálculo quirúrgico: apoyar a los manifestantes sin desacreditarlos. “Estados Unidos pensará cómo intervenir para apoyar la protesta y a la oposición política, sin deslegitimarlas”, apunta. La premisa es doble: evitar el abrazo del oso y minimizar una respuesta militar iraní contra aliados, intereses y tropas estadounidenses en la región.

Serían “objetivos más blandos” y con menor valor militar estricto, lo que podría reducir la probabilidad de una represalia devastadora

Sabet cree que algunos objetivos potenciales podrían no ser instalaciones nucleares ni bases militares, sino piezas del engranaje interno que aplasta la protesta: el “aparato represivo doméstico” que ejecuta la represión sobre el terreno. Serían —dice— “objetivos más blandos” y con menor valor militar estricto, lo que podría reducir la probabilidad de una represalia devastadora. En el mismo paquete, las opciones cibernéticas emergen como alternativa de impacto político alto y huella militar baja: sabotear medios estatales, degradar comunicaciones, interrumpir emisiones nacionales. La lógica, explica, es estratégica y psicológica: el control de la narrativa es parte del control social.

En Irán, la televisión estatal no es solo propaganda: es intimidación. Sabet lo describe como un componente central de la “maquinaria represiva”, capaz de “instigar terror y miedo”. Interrumpir su capacidad de transmisión —por medios técnicos o cibernéticos— tendría un doble efecto: mermar el dispositivo de intimidación y, al mismo tiempo, enviar a los manifestantes una señal de que el Estado pierde capacidad, coordinación y mando.

Trump cuenta una serie de opciones cinéticas y no cinéticas. Puede atacar las bases del Guardia Revolucionaria, intentar una decapitación política o atacar las infraestructuras energéticas marítimas. También puede lanzar ciberataques para interrumpir la capacidad de comunicación del aparato represivo. Como alternativa, puede redoblar la aplicación de sanciones. Pero es probable que ninguna de estas opciones le proporcione el resultado de bajo coste y alto impacto que tiene en mente”, asevera Ali Vaez, director del Proyecto Irán del Crisis Group.

Lisa Daftari, analista de política exterior y directora de The Foreign Desk, detalla que el republicano dispone de un abanico de opciones: desde endurecer las sanciones y el cerco financiero para privar al régimen de divisas, hasta operaciones encubiertas y cibernéticas destinadas a degradar los servicios de seguridad y la infraestructura de censura. “También puede optar por ataques precisos y limitados contra instalaciones de la Guardia Revolucionaria, misiles y drones, y, por último, una vía más política de apoyo abierto a los manifestantes a través de la diplomacia pública, designaciones de derechos humanos y apoyo a los medios de comunicación independientes, todo ello sin llegar a una invasión a gran escala que Washington considera prohibitivamente costosa y arriesgada”.

La gran pregunta no es si hay opciones, sino cuál es el objetivo real. Si se busca castigar al régimen, hay herramientas. Si se pretende facilitar un cambio interno, la intervención externa puede resultar contraproducente al reforzar el relato de asedio que Teherán utiliza para cerrar filas.

Hace diez días, Trump amenazó con acudir al rescate de los manifestantes si las autoridades iraníes disparaban contra ellos, y este lunes, el presidente estadounidense ha asegurado que los líderes iraníes le han llamado para negociar tras sus amenazas por posibles acciones militares por la violencia en las protestas.

El jefe del ejército iraní, el General Amir Hatami, durante una ceremonia militar. | Efe

Las respuestas que podría ordenar la cúpula iraní

Teherán intenta disuadir sin abrir la puerta a una guerra que ponga en riesgo su supervivencia. Cuando el régimen dice que no busca la guerra pero está plenamente preparado, envía un mensaje calibrado: quiere evitar un choque frontal, pero promete represalias si es atacado.

El régimen iraní vio mermadas sus capacidades el año pasado en la bautizada como guerra de los doce días que lo enfrentó a Israel y la caída en desgracia de parte de la estructura de aliados regionales que durante años construyó en Oriente Medio, pero sigue teniendo fuerza.

“Irán conserva una importante potencia de fuego y aún puede infligir un daño significativo a los intereses estadounidenses e israelíes mediante el lanzamiento de una lluvia de misiles balísticos”, comenta Vaez. A Juicio de Daftari, las declaraciones de la cúpula iraní muestran “una voluntad de evitar una escalada incontrolable” y, al mismo tiempo, son un aviso “de que responderá golpeando activos estadounidenses en la región si hay ataques”. “Es una lógica de disuasión basada en elevar el coste del primer golpe”.

En el plano interno, la respuesta más inmediata ya está en marcha: más represión, más detenciones, más amenazas de ejecuciones, más censura y más apagón. El régimen considera que el tiempo juega a su favor si logra quebrar el impulso emocional de la calle. Iran Human Rights ha alertado del riesgo de que se produzcan ejecuciones "masivas y extrajudiciales" de manifestantes. Un joven detenido el 8 de enero podría enfrentarse a una pena de muerte dentro de tan solo dos días. La ONG, que cita fuentes cercanas a la familia del hombre, identificado como Erfan Soltani, explicó que sus allegados recibieron este lunes la noticia de que será ejecutado el 14 de enero. Sin embargo, a veces las autoridades iraníes utilizan este tipo de amenazas como medida de presión.

Vídeo con arsenal iraní.

Kawa Hassan, experto en Oriente Próximo y norte de África del centro Stimson, sitúa las actuales protestas en un marco inédito: la convergencia de malestar interno y presión externa. “Lo que hace diferentes estas protestas respecto a anteriores es esa convergencia: insatisfacción interna con el régimen y presiones externas”, señala. A su juicio, ese nuevo vector —Trump, Israel y el impacto de la llamada guerra de los doce días— reduce drásticamente las “vías de escape” diplomáticas y económicas del régimen. Antes, Teherán tenía más margen de maniobra; ahora, ese margen se estrecha.

Si el régimen cree que su supervivencia está en riesgo… responderá

Pero Hassan alerta: incluso si el régimen logra sofocar las protestas, sigue siendo “incapaz” de responder a los problemas estructurales —económicos y políticos— que alimentan el incendio. Y ahí emerge la pregunta más peligrosa: ¿Qué hará la República Islámica si siente que su supervivencia está realmente en juego? “Si el régimen cree que su supervivencia está en riesgo… responderá”, sostiene, anticipando una reacción “contundente” e incluso “suicida” si se percibe acorralado.

Para Sabet, “la naturaleza de cualquier respuesta iraní dependerá del tipo de ataque o agresión que lleve a cabo Estados Unidos”. “Por ejemplo, supongamos que Estados Unidos lleva a cabo una operación cibernética, entonces la República Islámica podría responder con una operación cibernética, o podría no sentirse obligada a responder en absoluto. Podría encontrar una excusa para evitar responder y decir, por ejemplo, que se trataba de un problema técnico y no responder. O, por ejemplo, si se trata de un ataque encubierto que no es atribuible o es difícil de atribuir a ningún gobierno en concreto”.

La escalada sería casi obligada en otros escenarios. “Si se trata de un ataque claro de Estados Unidos, del que el presidente Trump se atribuye el mérito, lo cual también es una posibilidad, dependiendo de la naturaleza, la escala de ese ataque, el objetivo y los resultados del mismo, la República Islámica podría sentirse obligada a llevar a cabo una represalia mucho más grave o una represalia que tal vez sea simbólicamente significativa, pero al mismo tiempo no tan dañina como para que Estados Unidos tenga que llevar a cabo una respuesta importante a cambio”, vaticina Sabet. “Pensemos en el ataque con misiles de Irán contra la base aérea de Al Udeid [estadounidense pero en suelo de Qatar] tras el ataque estadounidense contra las instalaciones nucleares iraníes durante la Guerra de los 12 días en verano”, concluye.