La República Islámica de Irán se enfrenta desde finales de diciembre al mayor desafío a su existencia en 46 años de vida. Las protestas masivas, sin embargo, plantean un dilema: la ausencia de liderazgo. El campo opositor, principalmente asentado en el extranjero, es al mismo tiempo diverso y falto de unidad. Hablar de “la oposición iraní” en singular es una simplificación: lo que existe en realidad es un ecosistema fragmentado, con organizaciones estructuradas, redes cívicas, movimientos de protesta, partidos regionales y corrientes ideológicas históricamente enfrentadas.

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La impopularidad del régimen y su incapacidad para responder a las demandas de la calle -sofocadas a golpe de fuerza- no equivale automáticamente a una alternativa consensuada. Una parte de la oposición se articula desde el exilio y busca reconocimiento internacional; otra actúa dentro del país en condiciones de represión y clandestinidad.

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“Existe un gran ecosistema opositor, pero solo un número pequeño, muy pequeño, de grupos opositores está realmente organizado y puede afirmar que tiene algún seguimiento, ya sea en la diáspora o específicamente en Irán”, explica a El Independiente Farzan Sabet, investigador del Centro de Sanciones y Paz Sostenible del Instituto Universitario de Ginebra. Una afirmación que proporciona una de las claves del momento histórico que atraviesa el país: ira popular pero pocas estructuras capaces de dirigir un pulso sostenido al régimen.

Opositores iraníes con una bandera de la era Pahlavi en La Haya. | Efe

El exilio como plataforma: Reza Pahlavi y el bloque monárquico-nacionalista

Uno de los actores con mayor visibilidad internacional es Reza Pahlavi, hijo del último Sha. Su fortaleza no reside en dirigir una estructura partidista clásica, sino en encarnar una figura simbólica: para una parte de iraníes en el exilio y sectores urbanos, Pahlavi representa el rechazo frontal a la teocracia y la posibilidad de un “nuevo comienzo” secular.

Sin embargo, el espacio pahlavista es internamente dual. Existe un segmento que defiende una restauración monárquica; y una corriente más amplia que prefiere presentar a Pahlavi como elemento de cohesión para una transición democrática, a menudo bajo la fórmula de referéndum sobre la forma de Estado.

La ventaja de Pahlavi es su capacidad mediática, su acceso a canales y dirigentes occidentales y su atractivo como rostro de oposición. Pero su límite también es estructural: no cuenta con un aparato interno verificable y su apellido despierta un rechazo automático en sectores que asocian el periodo monárquico con autoritarismo, despotismo, desigualdad y represión. El pahlavismo une a un electorado emocional y nacionalista, pero divide al resto del campo opositor.

El pahlavismo une a un electorado emocional y nacionalista, pero divide al resto del campo opositor

Pese a esa frontera, Sabet detecta una anomalía relevante durante el último ciclo de protestas: “Creo que durante este ciclo de protestas, el grupo que ha emergido como quizá más importante o más influyente es el de los Pahlavi, bajo el príncipe heredero Reza Pahlavi. Han estado trabajando y acumulando fuerza, y han ido creciendo en influencia y popularidad con el tiempo”.

Y añade un elemento empírico: “Cuando miramos cientos de vídeos que han salido de Irán, él es prácticamente la única figura de la oposición cuyo nombre aparece en un número muy grande y en un subconjunto importante de esos vídeos. Es importante porque no escuchamos los nombres de ninguna otra figura opositora”. “Eso no significa necesariamente que representen una gran mayoría popular dentro de la población iraní o incluso entre los propios manifestantes; no lo sabemos. Pero lo que sí podemos decir con claridad es que parece que tienen cierto tirón y cierta popularidad entre los manifestantes”, matiza el investigador. “La situación es bastante fluida y merece ser observada, porque las dinámicas pueden evolucionar”.

El espejismo del líder unificador: el debate sobre el rol de Pahlavi

En la misma dirección, pero con otra lectura estratégica, Kawa Hassan, experto en Oriente Próximo y norte de África del centro de análisis Stimson, advierte de la tentación de exagerar el papel del heredero: “Cuando se trata del papel de Reza Pahlavi, o de otros líderes, de nuevo, es una cuestión realmente compleja.”

Hassan reconoce el impulso adquirido por el pahlavismo en el exterior: “Lo interesante esta vez es que, debido a un cierto cambio de imagen por parte de los partidarios de Pahlavi en el extranjero, en esta ocasión Pahlavi ha emergido como una figura pública de la oposición al régimen”. Y apunta a la relación concreta con un sector de la protesta: “Parece que, hasta cierto punto, ha conseguido que sus llamamientos a protestar, a salir a la calle, hayan funcionado con determinados grupos de manifestantes”.

Sin embargo, traza un límite rotundo: “Pero no lo veo realmente como una figura unificadora. De hecho, no creo que exista ninguna figura unificadora en este momento”. La conclusión es incómoda, pero repetida por analistas y activistas: en Irán hay combustible social para el cambio, pero no hay arquitectura política para administrarlo.

Un manifestante con la imagen de Maryam Rajavi, líder del Consejo Nacional de la Resistencia de Irán. | EP

La oposición más organizada y más controvertida: MEK/NCRI y Maryam Rajavi

En el extremo opuesto del estilo carismático se encuentra el MEK (Mojahedin-e Khalq / PMOI) y su paraguas político, el NCRI (Consejo Nacional de la Resistencia de Irán). Su figura de referencia es Maryam Rajavi, presentada por el movimiento como liderazgo político alternativo para un escenario de caída del régimen. Inicialmente, se definía como representate de una extraña combinación de “marxismo islamismo” y sigue teniendo un fuerte culto al líder.

El MEK, que cuenta actualmente con entre 5.000 y 10.000 miembros, contribuyó a la caída del Sha y el triunfo de la Revolución Islámica en 1979, pero poco después su ruptura con la teocracia les condujo hasta el exilio. Tras un período inicial en suelo galo, el movimiento instaló su cuartel general en el este de Irak en 1986. Hoy tiene su cuartel en Albania y una red de simpatías entre políticos europeos de derecha y extrema derecha, como Alejo Vidal-Quadras en España.

El MEK es, probablemente, el actor opositor con mayor disciplina organizativa, continuidad y capacidad internacional. A diferencia de otros sectores, posee redes estables, cuadros políticos y una maquinaria de comunicación y presión política capaz de operar durante décadas.

Pero esa fortaleza es también su gran obstáculo. El MEK, catalogado durante años como organización terrorista en EEUU, arrastra una reputación profundamente polarizante: dentro del universo opositor hay quienes lo consideran una fuerza imprescindible por su estructura; y quienes lo rechazan frontalmente por su historia y por la naturaleza cerrada de su organización. En términos políticos, el MEK es un activo exterior con un pasivo interior: puede influir en conversaciones internacionales, pero genera resistencias en amplios sectores opositores.

La oposición cívica: republicanos seculares, juristas y derechos humanos

Más allá de las dos marcas más visibles, Pahlavi y MEK, existe una oposición prodemocracia y de corte republicano secular, más difusa y menos jerárquica. Este espacio incluye redes de activistas de derechos humanos, periodistas, juristas, académicos y plataformas mediáticas dentro y fuera de Irán.

Defiende el estado de derecho, la separación de poderes, las elecciones libres, las libertades civiles y la igualdad de género. A menudo es el bloque con mayor legitimidad moral, pero también con menor capacidad de coordinación. Su problema principal es operativo. En ausencia de un liderazgo claro, y con organizaciones pequeñas y fragmentadas, el campo republicano se enfrenta al riesgo de quedar atrapado en debates ideológicos mientras otros actores, más organizados o con más visibilidad, copan el espacio de representación.

Protesta Universidad Teherán
Muchos iraníes, la mayoría mujeres, participan en una vigilia y protestas contra el régimen en la Universidad Amir Kabir de Teherán. | EFE

“Mujer, Vida, Libertad”: la calle como centro de gravedad

Desde 2022, tras la muerte de Mahsa Amini, el ciclo de protestas conocido internacionalmente como Mujer, Vida, Libertad, reordenó el campo opositor. La calle, especialmente jóvenes y mujeres, pasó a ser el centro moral y simbólico de la oposición.

No se trata de un partido ni de una organización, sino de un marco de movilización. Su fuerza es su capacidad de conectar demandas concretas, como el velo obligatorio, la policía moral y la represión cotidiana, con un cuestionamiento estructural del régimen. El movimiento consiguió además internacionalizar el conflicto iraní y generar un relato de cambio civilizatorio: menos religioso, más individualista y más centrado en libertad personal y autonomía.

La gran limitación es evidente. La protesta masiva puede desestabilizar, pero no necesariamente reemplazar. Bajo represión intensa, la movilización se fragmenta, se interrumpe y carece de una coordinación nacional permanente. Aun así, ningún actor opositor relevante puede hoy reclamar legitimidad sin vincularse, aunque sea simbólicamente, con esa energía social.

Estudiantes, trabajadores y protestas sectoriales: resistencia sin partido

Junto a los grandes ciclos de protesta existen dinámicas persistentes: movimientos estudiantiles, huelgas laborales, colectivos de docentes, sindicatos informales y protestas territoriales en barrios periféricos. Estos actores rara vez aparecen como marcas políticas, pero son decisivos por su potencial de bloqueo económico y social.

Su fuerza reside en la capacidad de paralizar sectores y amplificar el coste interno del control estatal. Su debilidad es la misma que para la mayoría de oposición interior: represión, arrestos, ausencia de estructura nacional y elevado riesgo personal.

El candidato reformista Mir Hossein Mousavi en 2009

Reformistas: el desgaste del cambio gradual

En un plano distinto se ubican los reformistas, la corriente que históricamente defendió la modernización del sistema desde dentro. Su propuesta -más participación electoral, apertura limitada y negociación con Occidente- fue influyente en décadas anteriores. En los últimos años, sin embargo, ha quedado debilitada por el cierre político, los vetos sistemáticos y el agotamiento social con un reformismo percibido como estéril.

Los reformistas todavía pueden jugar un papel de puente en escenarios de negociación o transición pactada, pero han perdido centralidad como alternativa. Para una parte de la población son parte del problema: una oposición tolerada y administrada por el propio sistema.

Partidos kurdos

Logotipos de las distintas formaciones kurdas. Arriba, el PJAK (Partido por una Vida Libre en el Kurdistán) y Komala (Organización Revolucionaria de los Trabajadores del Kurdistán Iraní). Abajo, el KDPI / PDKI (Partido Democrático del Kurdistán Iraní).

Minorías nacionales: oposición territorial y tensión sobre el modelo de Estado

Un bloque decisivo, y muchas veces subestimado, es el formado por minorías nacionales y regiones periféricas, en particular kurdos y baluchis, donde la oposición es también territorial e identitaria.

En el caso kurdo destacan organizaciones históricas como KDPI/PDKI, Komala y PJAK. Tienen implantación en zonas kurdas, experiencia organizativa y, en algunos casos, capacidad transfronteriza. Pero su agenda incorpora demandas de autonomía, federalismo o reconocimiento nacional, lo que choca frontalmente con sectores centralistas del exilio, tanto monárquicos como republicanos persas.

El desafío no es menor. El futuro de Irán no se decidirá solo por el fin del régimen, sino por el diseño del Estado. Y ese diseño enfrenta visiones incompatibles dentro de la oposición.

El factor que falta: mando interior, organización y masa crítica

Ali Vaez, director del Proyecto Irán del Crisis Group, sostiene que los grupos opositores en el exterior tienen cierto seguimiento dentro de Irán, “pero no han alcanzado masa crítica ni disponen de capacidad organizativa sobre el terreno”. Esa ausencia de mando interno facilita que el régimen reprima y que el movimiento, aunque reaparezca cíclicamente, tenga dificultades para culminar en transición.

En el interior del país, la protesta se organiza de forma dispersa, a menudo sin líderes visibles por razones obvias: la supervivencia. Esa ausencia dificulta articular un programa, negociar alianzas y sostener una estrategia más allá de la movilización.

Fuera de Irán, compiten varias figuras y organizaciones como el Consejo Nacional de la Resistencia de Irán, el autoproclamado principal movimiento opositor a la República de los Ayatolás. Dentro de esta estructura, los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK) es el principal grupo. Su rechazo expreso a la violencia le permitió salir de la lista a finales de 2012 pero el Departamento de Estado estadounidense mostró entonces su inquietud por las denuncias de vejaciones registradas por algunos de sus militantes. Teherán insiste, no obstante, en la etiqueta terrorista al atribuirles “la muerte de 17.000 inocentes en el interior del país”.

Otra de las figuras es el heredero del Sha, su hijo Raza Pahlavi aunque su apoyo interno es contestado. A juicio de Lisa Daftari, analista de política exterior y directora de The Foreign Desk, “si se escucha con atención a los manifestantes iraníes, la mayoría de sus consignas de protesta giran en torno al príncipe Reza Pahlavi, hijo del difunto sha de Irán”. “Los iraníes sienten nostalgia por la época anterior a la República Islámica. Pahlavi representa esa época. Los jóvenes manifestantes sienten nostalgia por una época que no vivieron, pero de la que han oído hablar a sus padres. Pahlavi ha enviado vídeos animando a los manifestantes y mostrando su solidaridad. Lleva años hablando de elecciones libres en Irán que darían paso a un gobierno elegido por el pueblo, guiado principalmente por el secularismo y la democracia”, concluye.

Existe potencia social y política para desafiar al régimen, pero no un consenso claro sobre qué lo reemplazaría. Como advierte Kawa Hassan, no hay hoy figura unificadora. Como subraya Farzan Sabet, el campo opositor es vasto, pero los grupos realmente organizados son pocos. Entre esa escasez de estructuras y la represión sistemática se instala el dilema central del Irán contemporáneo: el movimiento reaparece una y otra vez, pero el salto político hacia una transición sigue sin encontrar un centro operativo. La incógnita hoy es si ha llegado ese momento de cambio que entierre el experimento teocrático.