Las manifestaciones que la diáspora iraní celebra en suelo europeo o estadounidense desde hace tres semanas, en solidaridad con la represión interna, han vuelto a desempolvar una vieja bandera de Irán: mantiene el tricolor verde, blanco y rojo de la actual enseña pero asoman el León y el Sol, elementos de la monarquía que la República Islámica sepultó hace 46 años.

Ambas banderas representan dos proyectos de país contrapuestos, con -en el caso de la oposición a la actual teocracia iraní- diferencias internas reseñables. La misma tricolor con embleas que cuentan, de un vistazo, la turbulenta de Irán durante el siglo pasado.

Las dos banderas comparten el mismo esquema básico: tres franjas horizontales —verde, blanco y rojo—. Pero ese parecido es engañoso. El núcleo de la disputa está en los detalles: qué emblema ocupa el centro y qué mensaje se repite en los bordes.

La presencia de la enseña alternatvia —en actos de la diáspora y en concentraciones donde conviven distintas sensibilidades opositoras— no es anecdótica. Es el síntoma de una oposición que no solo protesta contra el régimen, sino que disputa el relato nacional: qué Irán se quiere rescatar y qué Irán se quiere enterrar

La bandera del régimen: República Islámica

La bandera oficial actual se adoptó en 1980, consolidando visualmente la victoria del nuevo poder revolucionario y clerical representado por el ayatolá Ruhollah Jomeini, que derrocó la monarquía del sha Mohamed Reza Pahlavi.

En el centro aparece el emblema rojo de la República Islámica, diseñado como una construcción caligráfica-religiosa que estiliza el nombre de Dios: cuatro crecientes y una espada, combinados para representar la palabra “Alá”.

Pero lo más definitorio está en los bordes del tricolor: sobre el límite entre el verde y el blanco, y entre el blanco y el rojo, se repite “Allahu Akbar” (Dios es grande) en escritura cúfica. No una vez: 22 veces, once arriba y once abajo, en referencia al “22 de Bahmán”, fecha simbólica del triunfo revolucionario.

No se trata solo de una bandera nacional. Es, sobre todo, una bandera doctrinal, diseñada para recordar que el poder nace del islam político revolucionario.

La bandera que regresa: el León y el Sol monárquico

La otra enseña —la que se ha visto reaparecer en protestas al calor de una renovada apuesta monárquica— es anterior a 1979 y está vinculada al Irán de la monarquía, especialmente al periodo de los Pahlaví.

En el centro figura el León con espada y el Sol, un emblema histórico de larga trayectoria en Persia y que, en la era moderna, quedó asociado al Estado monárquico iraní.

La bandera del León y el Sol se ha transformado —en particular para sectores de la diáspora— en una forma de declarar que Irán no es la República Islámica. Sin referencias religiosas pero con una clara tendencia nacionalista.

Por qué una bandera puede dividir tanto como unir

El régimen iraní ha trabajado durante décadas para apropiarse de la identidad nacional, en un intento de fusionar deliberadamente Estado, religión y patria. Por eso, cuando aparece el León y el Sol, no se percibe solo como un símbolo alternativo sino como una enmienda total a lo que el régimen ha construido.

Pero la bandera monárquica representa a una oposición que no es monolítica sino que está muy fragmentada. Ondearla es un acto de resistencia y desafío al régimen, pero no necesariamente un llamamiento a restaurar la monarquía.

Dentro y fuera del país conviven quienes aspiran a una república laica, quienes defienden cambios graduales y quienes reivindican el retorno —real o simbólico— de una continuidad monárquica. De hecho, hoy la reivindican Reza Pahlavi, el hijo del Sha y el heredero de la dinastía que desde hace varias semanas llama a mantener las movilizaciones, y Maryam Rajavi, la líder de un movimiento durante años catalogado como “terrorista” que hoy recibe el apoyo de políticos europeos y estadounidenses de derecha y extrema derecha pero que, en su definición inicial, es una simbíosis ideológica entre marxismo e islamismo. Ambas son figuras controvertidas, que generan tanta adhesión como rechazo.