Hace aproximadamente un año, la Administración presidencial rusa trasladó a los principales medios del país una consigna no escrita pero clara: evitar cualquier crítica personal a Trump. La directriz se ha mantenido pese al deterioro de la situación en Venezuela, donde el presidente Nicolás Maduro, aliado prioritario de Rusia en América Latina, ha sido detenido, y a las protestas masivas en Irán, país que fue uno de los principales proveedores de armamento a Rusia en el inicio de la guerra en Ucrania y que ahora afronta una presión creciente respaldada por la Casa Blanca.

El Kremlin ha optado por una estrategia de contención retórica para criticar las acciones de Estados Unidos en escenarios clave sin señalar de forma directa al presidente estadounidense, Donald Trump. Se trata de un equilibrio diplomático cada vez más difícil de sostener, según fuentes rusas citadas por EFE, en un contexto internacional marcado por la presión de Washington sobre dos aliados estratégicos de Moscú.

Críticas sin nombre propio

El propio Vladímir Putin ha aplicado esa pauta de forma estricta. Durante la ceremonia de recepción de cartas credenciales de nuevos embajadores en el Kremlin celebrada este viernes, el presidente ruso ha evitado cualquier mención directa a Trump o a conflictos concretos. En su intervención se ha limitado a denunciar la aparición de “nuevos focos de tensión”, a criticar “la ley del más fuerte” y el desprecio por la diplomacia y el derecho internacional, y a estimar en “decenas” los países afectados por amenazas y ataques contra su soberanía.

Putin tampoco ha aludido a su última conversación con Trump, mantenida a finales de 2025, cuando le acusó de respaldar un ataque ucraniano con drones contra una de sus residencias. La omisión ha sido interpretada como una muestra más de cautela calculada.

El precedente de George W. Bush

La táctica no es inédita. Documentos desclasificados recientemente por la Universidad George Washington muestran que Putin ya recurrió a una estrategia similar durante la presidencia de George W. Bush. A lo largo de ocho conversaciones, ambos mandatarios construyeron una relación personal de confianza pese a sus desacuerdos sobre conflictos internacionales, desarme nuclear o la política rusa en Chechenia.

Ese enfoque quedó especialmente claro en marzo de 2003, cuando Estados Unidos preparaba la invasión de Irak. Putin recordó entonces a Bush que los cambios de régimen no están contemplados ni en la Carta de Naciones Unidas ni en el derecho internacional, pero subrayó la primacía del vínculo personal entre ambos. Según los archivos, le aseguró que se había abstenido de hacer comentarios públicos negativos sobre su persona y que solo se pronunciaría si comenzaba la operación militar, sin dañar esa relación.

Lavrov y la cautela diplomática

La misma prudencia ha guiado al ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, especialmente tras el enfriamiento de las relaciones con Washington provocado por una conversación con su homólogo estadounidense, Marco Rubio, el pasado octubre. Apartado desde entonces de las negociaciones directas con Estados Unidos, Lavrov ha denunciado esta semana las acciones de Washington contra Caracas y Teherán como parte de una política destinada a “desmantelar todo el sistema” construido durante años con participación estadounidense.

Sin citar a Trump, también ha cuestionado indirectamente sus amenazas de imponer aranceles del 25% a los socios de Irán y ha puesto en duda la fiabilidad de Estados Unidos como socio internacional.

Ucrania y Groenlandia, las excepciones

Las referencias explícitas a Trump por parte de altos cargos rusos se limitan casi exclusivamente a dos ámbitos: las negociaciones para un arreglo pacífico en Ucrania y, de forma puntual, la cuestión de Groenlandia. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, ha descartado que la situación en Venezuela pueda perjudicar los esfuerzos de Estados Unidos para alcanzar un acuerdo sobre Ucrania y ha afirmado que esos intentos “se corresponden con nuestros intereses”.

En ese marco, las informaciones sobre una posible reunión en el Kremlin entre Putin y los emisarios de la Casa Blanca, Steve Witkoff y el yerno de Trump Yared Kushner, han servido para subrayar la coincidencia con la postura del presidente norteamericano de abordar las “causas originales” del conflicto. Más aún después de que Trump señalara no a Putin, sino al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, como principal obstáculo para la paz.

En cuanto a Groenlandia, Moscú ha evitado alinearse con la Unión Europea, pese a su enfrentamiento con Bruselas, y ha reconocido que la isla pertenece a Dinamarca, calificando la situación de “contradictoria” ante las aspiraciones estadounidenses y el cuestionamiento del derecho internacional atribuido a Trump.

Control informativo y propaganda

Según el portal independiente Meduza, el Kremlin marca de forma sistemática las pautas de cobertura de los acontecimientos internacionales en la prensa rusa. La consigna vigente desde hace un año es presentar a Trump de forma favorable en contraste con su antecesor, Joe Biden, a quien Moscú responsabiliza del rearme de Kiev.

El objetivo, en línea con prácticas heredadas de la etapa soviética, es mantener un férreo control de la información para proyectar a Putin como garante de la estabilidad internacional y de un orden mundial más justo, y evitar cualquier imagen de debilidad frente a un presidente estadounidense que, en opinión del Kremlin, ha ganado terreno en escenarios clave como Venezuela e Irán.