“Para empezar dejémonos de rodeos: yo considero a Bukele un dictador”, escribe a bocajarro Oscar Martínez. Es la primera línea de Bukele, el rey desnudo, un libro en el que disecciona El Salvador de Nayib Bukele, un país “gobernado por un solo hombre” y una geografía de la que se exilió hace unos meses, tras años de acoso. Su retrato del líder más popular de América Latina, uno de los que más sumiso se ha mostrado con Donald Trump, desvela también la fascinación que Bukele ha logrado extender extramuros de El Salvador, en un mundo de populismos y nostalgia de “hombres fuertes” en desbocado auge.

En las páginas del breve ensayo, publicado por Anagrama, Martínez -jefe de redacción de Elfaro.net, el digital más perseguido y odiado por Bukele, recopila algunos de los comentarios que ha ido escuchando en sus viajes por el extranjero. “En España, un guardia civil me felicitó en el aeropuerto tras devolverme mi pasaporte: 'Felicidades, tremendo presidente que tienen”, relata. En otro de los pasajes, reconstruye una conversación en un bar de Lavapiés a propósito del narcotráfico: “Son unos nenazas todos esos políticos. Tú necesitas a un hombre de mano firme para poner en cintura a toda esa lacra. (…) Como el Bukele ese. Ese sí tiene huevos”.

Desde que entregó el manuscrito a mediados de 2025, Martínez sostiene que “la situación ha cambiado en lo previsible”. “Bukele ha anunciado que quiere quedarse 10 años más. Ha dicho que, por supuesto, lo va a consultar con su familia y con Dios, porque con la Constitución de la República no tiene ningún sentido hacerlo. Ha sido ya el aviso de Bukele de que hay mucho Bukele por delante, pero no ha cambiado esencialmente nada. Él sigue controlando el país y manejando, no como una república, sino más bien como una finca”, advierte en una entrevista con El Independiente el periodista, hoy exiliado en México.

Pregunta.- ¿Cómo describe hoy su país, al que no puede regresar?
Respuesta.- El Salvador no es más una república. El Salvador no es un país gobernado por diferentes poderes, no es un estado donde haya contrapesos y debido proceso. El Salvador es un país sometido a los designios de un hombre que además es muy popular y querido en El Salvador. Pero es un hombre el que nos gobierna, Nayib Bukele. Es decir, no es un sistema de poderes, de contrapesos. No es algo parecido al chavismo, donde hay un poder interno repartido que luego se impone a todos los demás. Bukele manda él, él ha construido el poder. Él es quien unge y él es quien derrota. Es muy exótico lo que ha ocurrido, por un hombre que además lo que tiene, más que un proyecto ideológico, es un proyecto mesiánico. Es decir, Bukele ya fue de izquierda y nos dijo que era de izquierda radical y felicitaba a la Nicaragua de Daniel Ortega y conmemoraba los aniversarios luctuosos del asesinato del Che Guevara y decía que Cuba era un ejemplo que había que seguir, la Cuba de los Castro.

Y después, lo hemos visto diciendo que es el hombre más conservador del mundo y aliándose a la derecha más extrema del movimiento Maga. Entonces, Bukele no tiene una ideología gastada ni novedosa. Bukele lo que tiene es un proyecto mesiánico, donde importa más que él esté en el centro, sin importar lo que tenga que decir que piense.

España no está vacunada para el ascenso de un Bukele

P.- En el libro reproduce sus declaraciones cambiantes a lo largo del tiempo, que le proyectan como un ser oportunista, capaz de pedir el voto para Obama y años después para Trump. ¿Por qué los salvadoreños no han descubierto aún que el rey está desnudo?
R.- Tengo alguna hipótesis. En primer lugar, El Salvador es un país donde la gran mayoría de su población sobrevive. Es decir, literalmente, se trata de una población de economía informal, donde si trabajas ese día, llevas comida y cena a tus hijos, y si no, pues no. Entonces, el verbo sobrevivir es antagónico a otro montón de verbos. Reflexionar es un privilegio en el mundo moderno. El tiempo de sentarte y analizar y leer este periódico y ver ese programa y tomar una decisión política en un mundo tan complejo es un privilegio. Hay gente que tiene que salir todas las mañanas, poner un canasto de tomates, tratar de vender 10 para que le cuadren las cuentas y regresar con cena. El Salvador es un país de esos, donde gran parte de su población tiene que salir y poner esos tomates en el suelo. A esta gente lo que le llegan son los ecos de la publicidad de Bukele. Son mensajes simplistas, sencillos, de que Bukele creó una ciudad que no existe y de que Bukele derrotó a otro enemigo y de que Trump se tomó una foto con Bukele.

Y en segundo lugar, porque Bukele es un extraordinario publicista, tengo que reconocérselo.  Bukele es un influencer y su tema es el mismo. Pero lo ha hecho muy bien. Bukele ha logrado ubicar la fotografía de su alianza con Trump. Bukele ha logrado que un montón de salvadoreños de la diáspora que vive en Estados Unidos, que antes sentían que solo les mencionaban a su país por las pandillas, ahora cuando van por las calles de New Jersey o de Virginia, y hablan con su peluquero ecuatoriano o dominicano, le felicita por tener a un Bukele. Ese peluquero, que tampoco entiende quién es Bukele, en esa masificación del mensaje publicitario de Bukele, ha logrado que termine reivindicando a un compatriota salvadoreño en Estados Unidos una especie de orgullo nostálgico. Está ahora bien ser salvadoreño, como te lo digo. A mí me ocurre entrar a España y que el guardia civil, que me revisa el pasaporte me felicite, sin saber que soy un exiliado de Bukele. Entonces, yo creo que es una mezcla de ambas cosas. Y también agrego una última. Y esto es un hecho, no es una opinión. Bukele ha sido profundamente mentiroso, pero la combinación de un publicista que sepa mentir y de un político que esté dispuesto a mentir, es maravillosa. El 80% de las obras que Bukele asegura haber hecho no existe, no las ha hecho. No hay ni una piedra pegada sobre otra. Pero queda una idea, queda una noción de que algo ocurrió.

Bukele, presidente de El Salvador, se hace un selfie en la Asamblea de la ONU. | Nayib Bukele

P.- Uno entiende que eso funcione un tiempo, pero no eternamente…
R.- Hay que reconocerle a Bukele una cosa, yo como periodista no puedo obviar algo. Bukele le entregó a los salvadoreños algo que querían desde hace mucho tiempo, porque él le acabó con las pandillas. Eso es un hecho. Quien lo niegue, lo niega por razones ideológicas o por razones de odios personales. Yo cubría las pandillas. Tengo varios libros publicados sobre lo que ocurría con las pandillas. Las pandillas le hicieron al Salvador algo terrible. Violaron, asesinaron, descuartizaron, controlaron vidas, colonias y cuerpos. Y los deshumanizaron de una manera tremenda. Bukele acabó con las pandillas. La pregunta es: ¿Cómo y a cambio de qué? Pero ese cómo y a cambio de qué, todavía la gente sigue sin importarle. Bukele pactó con esas pandillas durante ocho años para construirse políticamente, mientras esas pandillas asesinaban, violaban, mataban. Pero ahora mismo se las acabó. Y ese es un logro que a la gente aún en El Salvador no le importa cómo lo consiguió Bukele. Lo único que les importa es que abren la puerta de su casa y ya no hay pandilleros ahora.

Bukele acabó con las pandillas. La pregunta es: ¿Cómo y a cambio de qué? Pactó con esas pandillas durante ocho años para construirse políticamente, mientras esas pandillas asesinaban, violaban y mataban

P.- ¿Cuánto tiempo más podría funcionarle ese logro?
R.- Somos sociedades muy divididas por un espectro político muy polarizado, creo que el problema es que el cambio para comprar algo, las sociedades lo pueden hacer colectivamente, ya no hay pandillas. Una sociedad como la salvadoreña, tan apaleada, te compra ese logro rápidamente. El desencanto de ese logro se compra individuo por individuo. Es decir, la madre y el padre a cuyo hijo han metido preso a la cárcel ahora mismo bajo el régimen de excepción, sin tener tatuaje ni ser pandillero. La madre y el padre le devolvieron el cadáver de su hijo, que salió de la cárcel sin un juicio. Como ya salieron más de 435 cadáveres de las cárceles del régimen, muchos de ellos con señales de tortura. Esa gente en carne propia empieza a desencantarse, pero ese desencanto no se contagia al vecino. La red social salvadoreña, tan destruida, tan atemorizada, en las encuestas de la Universidad Jesuita del Salvador, aparece como la gente le preguntan: ¿Te gusta Bukele?, sí, y luego le preguntan: ¿Tienes miedo de expresar una opinión contra el Gobierno de Bukele?, y el 63% de la gente dice: Sí. Es decir, vivimos en esa paradoja de decir: Sí, lo quiero, pero me da miedo decir que no lo quiero.

Entonces, es así, es decir, se le compró un logro, la desaparición de las pandillas se compró como un logro que la sociedad le compró. El desencanto va ocurriendo con cuentagotas. Y yo creo, y esta es una sentencia que me gustaría no tener nunca que pronunciar: mucha más gente va a tener que padecer al dictador para que él pierda popularidad. Y lo van a padecer, a los dictadores se les padece. La historia ha sido muy elocuente en eso.

Donald Trump con Nayib Bukele en abril de 2025. | EP

P.- Esa falta de pérdida de popularidad interna coincide además con una popularidad al alza en el plano internacional. ¿El riesgo hoy es que América Latina se llene de 'Bukeles'?
R.- Es difícil que en el contexto de los diferentes países de América Latina logren tener lo que Bukele tiene, que es todo el poder. En Chile, por ejemplo, Kast no va a poder tener todo el poder y no tener ningún contrapeso ahora. Cuando hablamos de Bukele, ya no hablamos más del presidente de un paisito de 21.000 kilómetros cuadrados perdido en Centroamérica. Hablamos de un modelo internacional, hablamos de una marca global. Es decir, hace no mucho, un candidato polaco se vendía como el bukele de Polonia. ¿Qué cojones tiene que ver Polonia con El Salvador? Pero así se vendía. Lo que te digo es, ya no hablamos más del presidente de un país minúsco; hablamos de un hombre que es un statement, del regreso a los autoritarismos, a la idea del hombre fuerte, de la concentración del poder, de las decisiones rápidas y unilaterales. Uno de los eslóganes que se ha vendido es el modelo Bukele.

Pero cuando le preguntabas a la gente qué es el modelo Bukele o a los políticos qué es el modelo Bukele, trastabían. El modelo Bukele tiene dos características esenciales: darle todo el poder a un hombre y desaparecer todos contrapesos que a ese hombre le eviten actuar como le da la gana en nombre de todos los demás. Si quieren ese modelo, pues suerte. A ver cómo le va. Yo les reto a que busquen un caso en la historia reciente o pasada de América Latina donde hacer eso haya salido bien a mediano plazo, donde darle todo el poder a un hombre haya salido de una forma que nos inspire a repetirlo.

P.- El año ha comenzado en América Latina con ese asalto de Trump a Venezuela, ese secuestro de Nicolás Maduro y con esa doctrina Monroe que los americanos reivindican. ¿Es el modelo Bukele el que quiere completamente 100% el Trump para América Latina?
R.- Creo que Trump envidia a Bukele en muchas cosas. Trump quisiera tener aún menos contrapesos de los que tiene, quisiera tener más posibilidades de no tener que estar pensando en unas elecciones de mid-term donde le pueden quitar el control de alguna cámara. Quisiera no tener que estar lidiando ni siquiera con un juez que se atreva a escribir que él no puede deportar a unos venezolanos a una cárcel en El Salvador. Ningún juez se atrevería a escribir una sentencia en contra de Bukele ahora mismo. Ningún fiscal se atrevería a dejar de elaborar una acusación contra alguien que la policía le dice que es pandillero porque sí. Ningún general del ejército ahora mismo se atrevería a decirle a Bukele que no va a hacer tal cosa porque es inconstitucional. Nadie le dice que no a Bukele. Y yo creo que eso le genera envidia a Trump y también le genera envidia al presidente Chávez en Costa Rica, que ha invitado ya a Bukele dos veces. Y creo que también le generará envidia a Kast en Chile; a Milei en Argentina; y a Noboa en Ecuador.

P.- ¿Trump sería feliz con Bukele repartidos por toda América Latina?
R.- Sí, alguna. Bukele es un hombre que se ha peleado en redes con cuanto presidente ha podido, con Trump se prosternó. Es decir, cuando Trump en la última Convención Republicana, antes de ser electo y investido el 1 de enero de 2025, le dio un pronto y dijo que Bukele era alguien que decía que había resuelto el problema de pandillas, pero que más bien estaba enviando a los criminales hacia Estados Unidos, Bukele respondió bajando la cabeza con un tuit que decía: Taking the high road; estoy en un plano más alto. Y luego, cuando Trump lo premia, después de haberle prestado sus cárceles Bukele, alquilado sus cárceles, y lo invita a la Casa Blanca, si ves el video de la Casa Blanca, duró 46 minutos. Bukele solo habla tres minutos. Y gran parte de los tres minutos habla sobre lo que Trump le dice que hable. Bukele fue ahí a ser un espectador del matón mayor. Claro que Trump querría más Bukeles en el mundo. ¿Por qué? Porque son hombres que tienen pleno control sobre su pequeño país o sobre su país latinoamericano. Y son hombres a los que él puede manipular como le da la gana. La característica de la relación entre Bukele y Trump es que es una relación donde el matón menor reconoce quién es el matón mayor.

Óscar Martínez

La democracia en El Salvador siempre fue mínima, miserable, raquítica, excluyente... Y esta democracia, con esas características, parió un dictador

P.- Hay elecciones presidenciales este año en Colombia. ¿Es un plan factible instalar a figuras trumpistas?
R.- Todavía se vienen más casos. Creo que hay algunos ejemplos que todavía han podido dar el campanazo, pero yo lo que creo es que ahora mismo los Bukeles del mundo están subiendo la vara de lo posible. Trump y Bukele son dos hombres que a su medida y dentro de sus diferencias de contexto en el peso geopolítico que tienen, lo que están haciendo es dejar la vara mucho más alta. Es decirle a los próximos gobernantes que se puede llegar hasta aquí. Hacer una locura es sobrepasar esto que yo he hecho. Y la vara la han dejado muy alta. Entre esos dos hombres alquilaron unas cárceles en El Salvador para meter a unos migrantes que no estaban acusados de nada en ninguno de los dos países.

Quienes aún defendemos la democracia debemos preguntarnos en qué la cagamos tanto. En qué la democracia fue tan insatisfactoria, tan excluyente, como para que tanta gente ahora diga: '¿Saben qué? a la mierda, que un hombre tenga todo el poder'

Si eso no es una aberración jurídica internacional, un secuestro transnacional perpetrado por dos presidentes y filmado por todo el mundo, no sé qué será. Lo que digo es, también quienes aún defendemos la democracia y sobre todo los políticos que aún creen en un sistema de república, deben preguntarse con esta severidad, en qué la cagamos tanto. Porque no puede ser que todo esté solo de un lado. En qué la democracia fue tan insatisfactoria, tan excluyente, como para que tanta gente ahora diga: '¿Saben qué? a la mierda, que un hombre tenga todo el poder, que estamos hartos de esto de debido proceso y división de poderes, y todo eso no nos funciona'. ¿Y qué diablos es la Corte Suprema de Justicia? ¿Y a qué se dedica la Sala de lo Constitucional. Y no tengo idea de qué es un habeas corpus.

El presidente Costa Rica, Rodrigo Chaves (i), y su homólogo de El Salvador, Nayib Bukele, hablan durante un evento la semana pasada en San Rafael (Costa Rica). | Efe

P.- ¿Tiene respuesta a esa pregunta?
R.- Tenemos que decir que el modelo de la democracia tiene que replantearse. Y eso definitivamente pasa porque el acceso a la democracia sea mucho más parejo. En una sociedad como la salvadoreña, el acceso a la democracia no era ni de cerca parejo. La gente no tenía idea de qué era la sala de lo constitucional de la Corte Suprema de Justicia. Por eso cuando hubo Bukele se la tomó, nadie protestó. ¿Por qué vas a protestar cuando un presidente toma algo que no entiendes qué es? Lo han descubierto con el tiempo. Cuando la dictadura de Bukele apresó, sin decirles en qué cárcel ni bajo qué cargos a un familiar, se enteraron de que era en ese organismo donde se interponían los habeas corpus para preguntar: ¿Dónde está mi hijo? Pero ya era muy tarde, porque ya Bukele se lo había tomado. Y a esa gente que había padecido antes a las pandillas, ahora padece la ignominia de un Estado que no te permite ir a reclamar a ningún lado. No tengo fórmula mágica. Lo que sí sé es que en El Salvador, que fue un país que después de sus acuerdos de paz de 1992, se vendió como un modelo de resolución de conflictos, la democracia siempre fue mínima, miserable, raquítica, excluyente. Y esta democracia, con esas características, de alguna manera parió un dictador.

P.- Cuenta en el libro cómo en el extranjero ha escuchado elogios de la figura de Bukele, también en España. ¿Está España vacunada contra el ascenso y el triunfo de un hombre como Bukele?
R.-  Ya no lo creo. No creo que haya democracias vacunadas contra eso. Y si las hay, las conozco poco. Estuve hace poco en Noruega y me dio la impresión de que sí. Luego supe algunas cosas de política interna. España, sin duda alguna, no está vacunada contra eso. Creo que tienen una diferencia radical: que la democracia ha funcionado de una manera distinta, absolutamente, al Salvador; que la democracia le ha permitido percibir y entender a mucha más gente que en un país, hablando en porcentajes como El Salvador o Guatemala, o Honduras, o Nicaragua, o esos países que yo he cubierto toda mi vida. Pero no creo que estén vacunados para encontrar eso. En el mismo capítulo que cuento que, cuando asesinan a estos guardias civiles en Barbate con la lancha, el uso político que algunos partidos implantaron la idea de un hombre fuerte y todopoderoso o de regiones donde la mano sea firme fue impresionante. Y fíjate que esa es una gran falacia. Se necesita un hombre fuerte que tenga todo el poder entraña una falacia absoluta, que es: la democracia ya no funciona. Yo en El Salvador les pregunto: ¿Cuándo lo intentaron? ¿Cuándo realmente intentaron la democracia?. Nunca. En El Salvador no se intentó nunca. Todos los partidos de la posguerra negociaron con las pandillas reducción de homicidios a cambio de beneficios electorales y control de población. Todos los partidos de la posguerra, derecha e izquierda, se repartieron el botín del Estado como si fuera lo que encontrabas en uno de los castillos invadidos en la Europa de las Revoluciones. Todos los partidos de derecha y de izquierda se olvidaron de que había fiscales en el país más violento del planeta Tierra que tenían 500 casos de homicidios que resolver. No me jodan, ¿quién intentó la democracia? Vos agotas algo cuando lo agotas. En España la democracia se puede perfeccionar. En El Salvador, la democracia ni siquiera se había intentado. Es decir, esos gritos de 'ya se agotó este modelo, hay que operar con otro' son trampas cazabobos.

P.- ¿Cómo se desarma pacíficamente a un modelo como el de Bukele?
R.- Lo primero es con mucha paciencia y también con mucha tolerancia a la frustración. Hay cuestiones sobre las que la evidencia que hemos publicado es irrefutable. Es muy frustrante ir por el mundo todavía siendo cuestionado sobre si Bukele construyó o no su ascenso político de la mano de las pandillas, principalmente de la mara Salvatrucha (MS13). Eso no es un hecho, eso no es un indicio, eso es algo que ya demostramos los periodistas de El Faro con documentos del propio Gobierno, firmados y sellados de su inteligencia carcelaria, en cinco publicaciones con audios del funcionario que está sancionado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos por liderar las negociaciones con las pandillas, con fotografías de los encapuchados que entraban desde las calles a las cárceles de máxima seguridad. Y aún así, el mensaje no permea. Hay gente que aún cree que esa es una postura que nos convierte a nosotros en opositores políticos y no en periodistas. Una vez yo le preguntaba a Martín Caparrós en una conversación pública que tuvimos si el periodismo cambiaba cosas, y él utilizó una metáfora deportiva. Martín me dijo: Te voy a decir cómo no echar un gol; no entres al campo. Y luego me dijo: Y te voy a decir cómo echar un gol; no tengo la menor idea. Pero creo que si entras al campo y has entrenado y no llegas de resaca y tenés el equipo necesario para jugar al fútbol, tenés más oportunidades de echar un gol que si llegas de saca y estás con sobrepeso y además llegas descalzo. Yo creo eso y nosotros lo que hacemos es tratar de jugar este partido lo más preparados que podemos para ver si algún día, quizás, echamos un gol. El periodismo es eso. Pero, por otro lado, también pienso una cosa. No recuerdo una pieza periodística que haya cambiado un rasgo esencial del mundo y que no sea una gran pieza periodística.

P.- Bukele ha dejado a su paso un largo historial de violaciones de derechos humanos. ¿Se podría comparar con la Filipinas de Duterte y su final podría dar esperanzas?
R.- Es un caso que te hace pensar: los hombres fuertes, los hombres todopoderosos, los hombres que parecían que eran una roca sólida y granítica, terminan deshaciéndose. Duterte era un modelo distinto al de Bukele, y hablo en términos personales. Duterte se vendía como alguien mucho más cercano a esa popularidad violenta. Llegó a jactarse de violaciones sexuales, llegó a decir que le hubiera gustado matar más. Bukele es alguien que tiene esto mucho más sofisticado, su discurso, su apariencia, su forma de presentarse. No digo que no diga barbaridades. En términos de duración, Bukele tiene posibilidades de durar aún más que alguien como Duterte. Bukele sabe prever el futuro. Un ejemplo claro es su alianza ahora con Trump. Es decir, cuando Bukele entra en una crisis con el Gobierno de Biden en sus primeros años de presidencia, Bukele decide apostarle todo a que Trump iba a regresar al poder. Allá, te estoy hablando por el 2021. Te imaginas en el 2021, ¿quién de nosotros, que nos decimos periodistas, vaticinamos que Trump iba a volver al poder de alguna manera? Bukele creía que eso era posible. Y le atinó, acertó. Y ahí está con Trump en los mejores términos. Convirtió a todo su lobby en un solo lobby, no para los republicanos, sino para el movimiento Maga. Bukele es alguien que, a diferencia de Duterte, entiende mucho mejor las finezas con las que se mueve la política internacional. Y eso lo hace un tanto más violento, necesariamente, no estoy haciendo una competición con la barbarie de lo que pasó con los grupos de exterminio en Filipinas, pero sí lo hace alguien más complejo.

P.- ¿Existe alguna línea roja hoy en el Salvador de Bukele?
R.- Uno de cada 57 salvadoreños están presos. Es decir, casi dos de cada 100 salvadoreños están presos. Ya demostramos que pactó con pandillas. Más de 3.000 millones de dólares han sido gastados con partidas secretas que él ha decretado. Para que no se sepa en siete años cómo lo gastaron, creó una ley de amnistía para todos los casos de corrupción de sus funcionarios durante la pandemia. Demostramos casos tan pueriles como cómo su familia y Bukele han amasado más del 80% de todas sus tierras desde que Bukele es presidente. Y aún aún así, sigue siendo popular. Debe haber una línea roja, pero no la sé ver ahorita mismo. No sé qué diablos tendría que hacer Bukele para que de una forma abrupta este idilio cuasi-religioso, que gran parte de la población tiene con él, se terminara de un sopetón.

No hemos visto la fase más violenta de la dictadura de Bukele

P.- ¿Se atreve a vaticinar cómo puede ser su final?
R.- Bukele tiene 44 años. Yo creo que la única señal de locura de Bukele que me sorprendería, es que que le quisiera morir a los ochenta y pico años siendo presidente. Me atrevo a conjeturar para darle vida a esto, que Bukele tendrá un plan de salida, y ese plan de salida puede incluir, supongo, pactos con algún reino o país al que pueda irse donde está plenamente protegido y dejar el Salvador vuelto un agujero de disputa del poder. Creo que no hemos visto al Bukele más violento. Y a ese lo vamos a ver. ¿Por qué lo digo? Por dos razones. La primera es porque Bukele no ha tenido que ser tan violento aún. ¿Y eso qué? Ya convirtió a El Salvador en el país con la tasa carcelaria más alta del mundo. No ha tenido que ser tan violento porque sigue siendo popular. Y si la gente te sigue aplaudiendo, ¿para qué lo vas a agarrar a garrotazos? Pero cuando la gente deje de aplaudir, las botas militares van a sonar. Por la segunda razón, Bukele ya demostró en varios presupuestos nacionales que le ha recortado en 2024, 130 millones a Educación y Salud para subírselos al ejército. ¿Esto qué quiere decir? Que Bukele sabe que va a llegar un momento donde su popularidad va a bajar, donde el descontento popular va a ser mayor. Y para perpetuarse en el poder, pues cuando ya no le aplaudan, él va a tener que explicarles que al menos se callen. No hemos visto la fase más violenta de la dictadura.

P.- ¿Cúal es la complicidad internacional con Bukele?
R.- En España mucha gente, muchos políticos, le tienen miedo a la popularidad de Bukele. Estoy seguro que cualquier demócrata español sabe que Bukele es un dictador y un déspota que destruyó el sistema de contrapesos y de debido proceso y sabe que esa no es la vocación demócrata. Pero tienen miedo de mencionar el nombre de un tipo que es muy popular en los bares de Tirso de Molina y en el sur de España, y que de boca en boca es alguien que parece ser una solución y prefieren callarse antes de meterse en un problema que le resulta innecesario. Lo mismo le pasa a los demócratas en Estados Unidos.

P.- Cita como uno de sus ideas la creación de Ciudad Bitcoin. ¿Qué otros proyectos disparatados ha anunciado?
R.- Prometió un aeropuerto que ya debería existir a tres horas del único aeropuerto que tenemos. El Salvador es un país muy de 20.000 kilómetros cuadrados, si corres muy rápido, estás en Guatemala. Aún no hay aeropuerto, dicen que lo van a construir. Prometió un tren del Pacífico, que iba a recorrer todo el Pacífico. Prometió que el Bitcoin nos iba a salvar la economía nacional. En El Salvador hay un millón de personas, de las casi seis, al borde de la hambruna. Aseguró que iba a construir una escuela por día. Vayan a buscar la escuela por día que ha construido Nayib Bukele. Bukele le prometió a todos los colectivos de la diversidad que le iban a luchar con ellos a capa y espada, y ahora es más conservador que Melania Trump.

Bukele es un hombre que para prometer no tiene cortapisas. Ha tenido tanto gesto de ese nivel de ridiculez…. A mí me parece que haberle dicho a alguien: confeccionadme un traje que me haga parecer como un emperador futurista para que la gente se sienta, no sé, intimidada o lejana a mí. Como esa levita con la que apareció aquel febrero de 2024. Y es imposible que concluyas que ese era un traje disponible puesto para generar cercanía, empatía y calor humano. Eso es un traje que está diseñado para generar otra cosa, una cosa que no es empática.