El estruendo de las bombas saudíes sobre el puerto de Mukalla, en el sureste de Yemen, no fue simplemente un episodio más de una guerra interminable. Fue la constatación pública de una ruptura estratégica, la que en el último mes han escenificado Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, el país que ofrece residencia desde 2020 a Juan Carlos I. A finales del pasado diciembre Arabia Saudí atacó ese enclave clave alegando que había llegado un cargamento de armas destinado a los secesionistas del sur y procedente de Emiratos Árabes Unidos. El ataque, no obstante, tenía un componente inédito: era un golpe directo entre dos aliados del Golfo que durante años actuaron como bloque.
Una arremetida impensable hace una década, cuando el emir de Abu Dabi, Mohamed bin Zayed, ejercía de tutor del entonces recién nombrado príncipe heredero Mohamed bin Salmán, el hoy todopoderoso rey “de facto”. La escena del ataque dibuja una disputa mucho más profunda. En 2026, el mundo árabe asiste a una pugna abierta entre dos modelos de poder. De un lado, el de Abu Dabi, articulado alrededor de la proyección indirecta de influencia: dinero, puertos, empresas, mercenarios, acuerdos de seguridad y alianzas con actores locales armados. Del otro, el de Riad, cada vez más centrado en blindar su entorno inmediato, reducir riesgos y evitar la fragmentación de los Estados vecinos. Yemen es el campo de pruebas donde ambas visiones colisionan sin intermediarios.
Yemen, la línea roja saudí
“Las políticas de Arabia Saudí y Emiratos en Yemen llevaban años divergiendo. Durante mucho tiempo lograron compartimentar sus desacuerdos y cooperar en otros frentes. Pero en las últimas semanas eso dejó de ser posible”, admite en conversación con El Independiente Thomas Juneau, profesor de la Universidad de Ottawa.
Para Emiratos, el sur de Yemen es un perímetro estratégico que ha intentado dominar con el control de costas, islas, rutas marítimas y nodos logísticos que conectan el mar Rojo con el océano Índico. Para Arabia Saudí, en cambio, Yemen es ante todo una frontera vulnerable. Cualquier avance de fuerzas no estatales cerca de su territorio supone una amenaza directa a su seguridad nacional.
El choque de enero se desencadenó cuando el Consejo de Transición del Sur, fuerza secesionista respaldada durante años por Abu Dabi, avanzó de forma fulgurante a comienzos de diciembre de 2025 y se hizo con amplias zonas del este y el sur yemení, incluidas provincias sensibles como Hadramaut y Al Mahra. Ese desarrollo condujo a la mayor crisis entre saudíes y emiratíes en décadas. El avance colocó a los secesionistas a las puertas de la frontera saudí y forzó una reacción inmediata de Riad. “Arabia Saudí respondió con dureza: sus propios aliados sobre el terreno revirtieron las ganancias secesionistas y debilitaron significativamente al grupo”, apunta Juneau.
La posterior retirada de las tropas emiratíes del sur de Yemen, anunciada días después de los bombardeos sobre Mukalla, confirmó el cambio de fase. Para Juneau, esa salida supuso “una reducción sustancial de la influencia de Emiratos en el sur”, al tiempo que dio a Riad margen para aumentar la presión regional contra Abu Dabi, no solo en Yemen sino también en escenarios como Sudán. Bin Zayed, el anfitrión del rey emérito, perdió en cuestión de días parte del poder regional que había llegado a atesorar.
Abu Dabi y el poder por debajo del radar
El episodio yemení encaja en un patrón más amplio de actuación emiratí. Andreas Krieg, profesor asociado del King’s College de Londres, describe en declaraciones a este diario la estrategia de Abu Dabi como una forma de poder que rehúye el escaparate diplomático clásico. “Abu Dabi se siente cómodo operando por debajo del umbral de la diplomacia formal, construyendo influencia mediante una red de vehículos comerciales, acceso logístico, asistencia de seguridad, intermediarios y socios armados locales”, explica.
Ese entramado, sostiene, ha permitido a Emiratos ejercer una influencia desproporcionada en Estados frágiles, pero también ha generado “enredos de largo recorrido y fricciones cada vez más agudas con vecinos que perciben los métodos emiratíes como desestabilizadores o excesivamente unilaterales”. Krieg resume esa red con una expresión contundente: un eje de secesionistas.
Ese entramado, sostiene, ha permitido a Emiratos ejercer una influencia desproporcionada en Estados frágiles
En Yemen, esa lógica se tradujo en el respaldo sostenido al Consejo de Transición del Sur, que aspira a recuperar la independencia del sur del país perdida tras la unificación en la década de 1990, y en la prioridad otorgada al control de puertos y accesos marítimos. Arabia Saudí, en cambio, persigue un objetivo distinto. “Riad quiere un acuerdo que preserve una estructura estatal yemení coherente, aunque implique compromisos incómodos y una desescalada lenta”, señala Krieg. “No son diferencias tácticas; son estados finales que compiten”.
De Mukalla al mar Rojo y África
La rivalidad no se limita a Yemen. La tensión entre Abu Dabi y Riad se extiende al mar Rojo y al Cuerno de África, donde Arabia Saudí observa con inquietud la huella emiratí en puertos, aeródromos y acuerdos de seguridad en Somalilandia, Puntlandia o Yibuti, así como su implicación en el conflicto sudanés. Desde la óptica saudí, esa expansión choca con su visión de estas regiones como parte de su cinturón estratégico.
Kristian Coates Ulrichsen, investigador del Baker Institute, encuadra la crisis actual en una trayectoria de desencuentros que se remonta a años atrás. Tras entrar juntos en la guerra de Yemen en 2015, saudíes y emiratíes fueron separando agendas. “La retirada emiratí del frente contra los hutíes en 2019 y el giro hacia el apoyo a actores locales del sur marcaron un punto de inflexión”, recuerda. A partir de ahí, la competencia económica, desde la OPEP+ hasta la pugna por atraer sedes regionales de multinacionales, fue acompañando al distanciamiento político y militar.
Ulrichsen subraya que la crisis de Yemen demuestra hasta qué punto las visiones de ambos países sobre el orden regional han dejado de coincidir. Mientras Arabia Saudí apuesta por reducir riesgos y presentar la región como un entorno estable para la inversión, Emiratos ha mostrado una mayor tolerancia al riesgo y a la fragmentación si eso le permite asegurar influencia y acceso estratégico. La normalización con Israel a través de los acuerdos de Abraham en 2020 y su posterior idilio comercial con Tel Aviv es otra de las piezas junto a una hostilidad hacia Qatar que alimentó su bloqueo regional y del que el resto de monarquías del golfo Pérsico han pasado ya página, salvo Abu Dabi.
Contención sin reconciliación
Pese a la dureza del enfrentamiento, los analistas no vaticinan una ruptura total. “Es probable que Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos sigan abordando sus relaciones a través de este marco, haciendo hincapié en la necesidad de colaborar en cuestiones de interés común, a pesar de la intensidad de las tensiones actuales”, sugiere Juneau.
“Durante el próximo año, el escenario base es una rivalidad controlada más que una ruptura: ninguna de las partes desea una ruptura total, y ambas comparten el interés de contener a Irán y evitar el caos que amenaza el comercio y la inversión. Pero la competencia es estructural, y Yemen sigue siendo el escenario más probable en el que un incidente local podría escalar rápidamente hasta convertirse en un enfrentamiento más amplio entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos”, pronostica Krieg.
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