No es un laboratorio de reconciliación impulsado por gobiernos ni el cuartel general de una iniciativa institucional que llame al diálogo en tiempos de guerra. Es simplemente un municipio turístico del mar Adriático, la ciudad de vacaciones más icónica de la pequeña Montenegro. Más allá de su fama turística, Budva se ha transformado en uno de los pocos lugares de Europa donde rusos exiliados y ucranianos desplazados conviven sin tensión pública, cuando la invasión a gran escala de Ucrania por Rusia acaba de superar los cuatro años.

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Mientras en otras ciudades del Viejo Continente ambas diásporas viven en paralelo, aquí comparten proyectos culturales, aulas universitarias y hasta refugios para menores que llegan desde las regiones de Ucrania más castigadas por una contienda que desde 2022 se ha cobrado la vida de 15.000 civiles y ha dejado daños materiales que superan los 195.000 millones de dólares.

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 Uno de cada seis residentes en Montenegro -con una población total que ronda las 630.000 personas- era ruso o ucraniano. La concentración es especialmente visible en Budva, epicentro turístico del país y puerto de llegada para quienes a lo largo de estos cuatro años han huido tanto de la movilización rusa como de los misiles sobre Ucrania. Lejos del frente, pero no ajenos a él, muchos de los recién llegados repiten una misma idea: en los cafés y calles de Budva han pactado dejar la propaganda fuera de la ecuación.

Mijaíl Borzykin, cantante ruso, junto a la directora de teatro ucraniano Katarina Sinchillo. | Francisco Carrión

“Tenemos el mismo enemigo”

Mijaíl Borzykin es un músico ruso que abandonó San Petersburgo en marzo de 2022 tras participar en conciertos contra Vladimir Putin. “Aquí tenemos el mismo enemigo y también el mismo sueño”, relata en conversación con El Independiente entre caladas de nicotina junto a Katarina Sinchillo, una artista ucraniana con la que colabora en una compañía de teatro fundada hace ahora cuatro años, al calor de la invasión. Cuando habla de enemigo, Borzykin no se refiere a Ucrania ni a Rusia: “Sí lo son la guerra, el autoritarismo, la propaganda”.

Pensé que podía acabar en la cárcel. No había espacio para seguir creando con libertad

El cantante desembarcó en el paraíso de Budva tres días después del inicio de la invasión a gran escala. “Pensé que podía acabar en la cárcel. No había espacio para seguir creando con libertad”, admite. En Rusia, sostiene, el espacio artístico se ha estrechado hasta la asfixia total. “Es un buen momento para los artistas ‘Z’, los que apoyan abiertamente la guerra. Para los demás no”, apostilla. “Es cierto que quedan muchas bandas underground que tocan en pequeños clubes, pero intentan no pronunciar la palabra guerra ni hablar de los problemas cotidianos. Lo hacen de un modo poético, intentando escapar de las frases directas”.

En Budva Borzykin comparte escenario con actores ucranianos y bielorrusos en espectáculos que combinan rock y teatro. “Antes de la guerra, en la comunidad rusa había discusiones feroces sobre Putin. Ahora la mayoría de los que han llegado entienden el horror de lo que está pasando. Hay acuerdo en lo esencial”, explica. La propaganda, confiesa, pierde fuerza cuando la experiencia del exilio es compartida. Y esa es una de las claves que alimenta la convivencia en Budva, una localidad de 17.000 habitantes reconocida por ciudad medieval amurallada y la leyenda que atribuye su fundación hace más de dos milenios a Cadmo, el patrono de Tebas que junto a su esposa, la diosa Harmonía, halló refugiado tras su exilio.

Vista de Budva, a orillas del Adriático. | David Stanley/Flickr

“Si traemos la guerra aquí, todo se derrumba”

Sinchillo, directora de la compañía teatral, decidió trasladarse a Montenegro en abril de 2022. En Kiev dirigía un teatro privado, cerrado tras el estallido del conflicto. Hoy ensaya nuevas producciones con intérpretes rusos, ucranianos, moldavos o bielorrusos desde las tablas de un espacio establecido lejos de las líneas del frente. “No podemos fingir que la guerra no existe”, reconoce. Pero establece un límite claro: “Si trasladamos esa guerra al plano personal aquí, todo se derrumba”.

Para ella, la clave es distinguir entre Estado y sociedad. “Depende de qué rusos. Los que están aquí han tomado una decisión. No viven bajo la propaganda. Han salido de ella”, arguye. Sus funciones congregan a un público mixto. “La gente que viene es sensible. Entiende que el enemigo no es el vecino sentado a tu lado”, esboza quien lamenta, al mismo tiempo, la rusofobia que la guerra ha extendido por su país. “Muchos ucranianos odian a los rusos. Conozco a autores ucranianos rusoparlantes que lo están pasando realmente mal. No pueden actuar en su país porque hablan ruso, la supuesta lengua del enemigo”, denuncia.

Los creadores de la facultad de Humanidades de Budva. | Francisco Carrión

Universidad contra el relato único

A pocos minutos del casco antiguo, cerca de la estación de autobuses que reúne al trajín de un ejército de turistas, el empresario ruso Vladimir Shmelev coordina la Faculty of Liberal Arts and Sciences, una institución académica creada por profesores rusos en el exilio e inspirada en el modelo de humanidades prohibido hoy en la Rusia actual.

“El concepto mismo de humanidades se considera contrario a los valores tradicionales”, explica. La facultad —acreditada oficialmente en 2024— ofrece formación interdisciplinar en inglés, con un fuerte énfasis en pensamiento crítico y verificación de hechos. “Normalidad”, resume Shmelev cuando se le pregunta por la receta de la convivencia. “Comunicación, pensamiento crítico, capacidad de cooperar. Si eso forma parte de tu comportamiento, no puedes vivir atrapado en la propaganda”, replica.

Comunicación, pensamiento crítico, capacidad de cooperar. Si eso forma parte de tu comportamiento, no puedes vivir atrapado en la propaganda

Shmelev se instaló en Budva en 2021, meses antes de que Putin emprendiera su bautizada como “operación militar especial” pero la mayoría de sus alumnos —en su mayoría rusos— aterrizaron después. “La decisión de venir aquí ya es una postura política. Casi todos tienen una posición claramente contraria a la guerra”, confirma quien participó activamente en política en Moscú a finales de los noventa. “En 2008 dejé toda implicación política. Me di cuenta de que mi país iba en la dirección equivocada”.

Jóvenes ucranianos en el refugiado administrado por exiliados rusos.

Una ucraniana entre dos mundos

Lizabeta, profesora ucraniana nacida en Zaporiyia y criada en Montenegro desde la infancia, vive la guerra con una doble pertenencia. “Está siempre en el móvil, en las noticias. No puedes escapar”, reconoce. Pero insiste en que la convivencia en Budva no es fruto de la indiferencia, sino del cansancio. “La gente está agotada del terror. Aquí solo quieren vivir en paz”.

Para ella, la diferencia con otras ciudades europeas es tangible. “En algunos lugares las comunidades no se mezclan. Aquí sí. Porque quienes han llegado entienden lo que está ocurriendo y no repiten el relato oficial”, apuntan. En este páramo de Montenegro, que aspira a incorporarse a la Unión Europea en 2028, rusos y ucranianos desafían las narrativas opuestas que han ido creciendo en ambos países, retroalimentando la separación y la discordia.

El refugio y la frontera moral

En la fundación Pristaniste —“refugio”, en ruso— Gennady Velichko coordina la llegada de menores ucranianos que pasan dos semanas lejos de los bombardeos. El proyecto nació para acoger tanto a rusos opositores como a familias ucranianas, pero a partir de finales de 2024 se centra en refugiados ucranianos. Hoy la mayoría son niños procedentes de ciudades castigadas por la guerra. Según UNICEF, más de 3.200 menores de edad han muerto o resultado heridos desde febrero de 2022, con un incremento del 10 por ciento en 2025 en comparación con el año anterior.

“Nunca hemos sentido hostilidad por ser rusos quienes gestionamos el refugio”, indica Velichko. “Los niños y sus madres distinguen perfectamente entre quienes disparan y quienes ayudan”, señala. Tras recorrer los Balcanes en autobús, las familias alcanzan Budva en shock: “Llegan tensos. En dos o tres días se relajan. Quizá es el mar. Quizá es sentirse seguros. Muchos han estudiado en refugios subterráneos. Aquí vuelven a dormir sin sobresaltos”, desliza.

Velichko subraya que la clave es no trasladar la lógica bélica al día a día. “Si actuáramos desde la sospecha constante, esto no funcionaría”, admite.

Vista del casco antiguo de Budva (Montenegro). | nejix/Flickr

Una excepción frágil

Montenegro mantiene un régimen de visados flexible y comparte la tradición ortodoxa con buena parte de los recién llegados. También arrastra su propia complejidad interna, con sectores prorrusos y tensiones políticas latentes. Sin embargo, en Budva la confrontación pública entre diásporas es inusual.

“No creo que sea un paraíso”, opina Shmelev. “Pero es un lugar donde intentamos vivir con normalidad”. Borzykin, el artista ruso que escapó a una detención que consideraba más que probable, lo expresa con otra imagen: “Vas al mar y desaparece el ruido de la propaganda”.

En el ‘Benidorm’ de los Balcanes, rusos y ucranianos no han resuelto el conflicto que desgarra a sus países y que se interna esta semana en su quinto año de guerra. Pero, alejados de las trincheras y el estruendo belicista, han construido algo poco frecuente en el mapa europeo del exilio: un espacio compartido donde el enemigo no es el otro, sino la guerra misma.