Las comunidades católicas de Marruecos han alzado la voz contra la escalada bélica en Oriente Próximo en un comunicado inusual firmado por sus principales responsables eclesiásticos, entre ellos el cardenal español Cristóbal López Romero, arzobispo de Rabat y uno de los cardenales que más sonó como potencial papable en el Cónclave que eligió a Robert Prevost.
El texto denuncia abiertamente “la inmoralidad” de la guerra preventiva y rechaza el uso de la violencia como método para resolver los conflictos entre Estados, en una clara referencia al conflicto que enfrenta a Irán con Estados Unidos e Israel y que Trump y Netanyahu iniciaron hace justo una semana.
“Expresamos nuestro profundo desacuerdo con el concepto de guerra ‘preventiva’, en razón de su inmoralidad y su injusticia”, señala el comunicado conjunto de las diócesis de Rabat y Tánger y de la prefectura apostólica de El Aaiún, la capital del Sáhara Occidental ocupada por Marruecos. El texto insiste en que “rechazamos con toda la fuerza del Evangelio el recurso a la violencia y a la guerra como método de resolución de los conflictos entre pueblos o naciones”.
El documento está firmado por Cristóbal López Romero, cardenal y arzobispo de Rabat; y los también españoles Emilio Rocha Grande, obispo de Tánger; y Mario León Dorado, prefecto apostólico de El Aaiún. Los tres responsables católicos subrayan además su “profunda solidaridad con las víctimas de la guerra”, recordando que las consecuencias de los conflictos no son simples daños colaterales sino “personas muertas, heridas o mutiladas, niños y adultos sin distinción”.
"Condenamos la instrumentalización de la religión como motivación de la guerra"
La declaración condena asimismo la instrumentalización religiosa para justificar los conflictos armados. “Condenamos la instrumentalización de la religión como motivación de la guerra y el uso sacrílego y blasfematorio del nombre de Dios para justificarla”, advierten los prelados.
El posicionamiento resulta especialmente significativo en Marruecos, un país mayoritariamente musulmán donde la Iglesia católica representa una comunidad pequeña pero muy activa, compuesta en gran parte por migrantes y estudiantes africanos. El cardenal López Romero, salesiano nacido en Vélez-Rubio (Almería) y nombrado arzobispo de Rabat en 2017 por el papa Francisco, se ha convertido en una de las voces católicas más visibles en el Magreb.
El comunicado llega además en medio del silencio oficial de Rabat sobre la guerra que sacude la región. Hasta ahora, el rey Mohamed VI, que ostenta el título religioso de Amir al-Muminin (Comendador de los Creyentes), no se ha pronunciado públicamente sobre la ofensiva contra Irán ni sobre la escalada militar que ha sacudido el Golfo y Oriente Próximo en los últimos días. La Casa Real marroquí ha mantenido las relaciones con Israel a pesar de las protestas masivas en las calles del reino.
Mutismo de Marruecos
Mientras la mayoría de gobiernos de la región han adoptado posiciones cautelosas o han expresado preocupación por la estabilidad regional, Marruecos ha optado por una discreción casi absoluta. Ese silencio contrasta con la claridad del mensaje lanzado por la Iglesia católica en el país.
El texto difundido desde Rabat insta a los líderes políticos y religiosos —“cristianos, judíos y musulmanes”— a respetar el derecho internacional y apostar por la diplomacia y el multilateralismo. “La estabilidad y la paz no se construyen mediante amenazas recíprocas ni mediante las armas”, recuerdan los firmantes citando palabras del papa León XIV pronunciadas el pasado 1 de marzo.
Como gesto simbólico, las comunidades católicas del país han convocado para este domingo una iniciativa pública por la paz. Tras la misa, los fieles saldrán a un espacio visible para formar “un círculo de paz” dándose las manos y rezando juntos por el fin de la violencia. “Dios nos ha creado para la comunión, no para la guerra; para la fraternidad, no para la destrucción”, concluye el comunicado.
En un momento de tensión creciente en Oriente Próximo, la declaración de los responsables católicos en Marruecos introduce una rara nota de crítica moral desde el interior de un país cuya diplomacia, por ahora, ha preferido guardar silencio en su alianza con EEUU e Israel.
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