Cada vez que Oriente Próximo entra en una fase de tensión militar, los kurdos reaparecen en el horizonte. Y también ocurre ahora con la guerra de EEUU e Israel contra Irán. Donald Trump ha puesto su mirada en este actor regional por si pueden ayudar a que se caiga el tambaleante régimen de los ayatolás. "Estáis con América e Israel o con Irán", les ha dicho a algunos líderes kurdos iraquíes e iraníes. Seis grupos kurdos iraníes han reforzado sus lazos frente a Teherán.
Los kurdos, uno de los actores más persistentes de la geopolítica regional, conforman la mayor nación sin Estado del mundo: entre 30 y 40 millones de personas repartidas entre Turquía, Irak, Siria e Irán. A lo largo del último medio siglo han participado en varias guerras decisivas, a menudo como aliados tácticos de potencias externas. Y de nuevo desde el exterior vuelven a presionar para que muevan ficha en el complicado galimatías que es Irán.
La hipótesis que circula en algunos análisis estratégicos y que ha tentado a Trump es la siguiente: aprovechar la presencia kurda en el oeste de Irán para abrir un frente periférico que obligue al régimen a dispersar fuerzas. En un conflicto que ya muestra signos de regionalización, utilizar actores armados locales podría aumentar la presión militar y política sobre Teherán. Pero esa lógica, habitual en los conflictos de Oriente Próximo, no significa que exista una posición kurda única, ni que los kurdos estén empujando hacia una intervención exterior.
El mosaico kurdo es demasiado complejo para reducirlo a una sola estrategia. Hay organizaciones políticas, partidos históricos, milicias armadas y estructuras institucionales que responden a realidades muy distintas en Turquía, Irak, Siria e Irán. "No existe un actor kurdo monolítico", advierte Samuele Carlo Abrami, investigador principal del CIDOB. "Hay kurdos de Siria, de Irak, de Irán y de Turquía, y dentro de cada uno de esos espacios hay distintos grupos y agendas".
El precedente de Irak
La experiencia de Irak ilustra bien esa ambivalencia. Durante décadas, las guerrillas kurdas combatieron al régimen de Sadam Husein desde el norte del país. Aquella lucha se intensificó durante la guerra entre Irán e Irak en los años ochenta, cuando algunas organizaciones kurdas colaboraron con Teherán para debilitar a Bagdad. La respuesta del régimen iraquí fue brutal: la campaña Anfal de 1988 dejó miles de víctimas y culminó con el ataque químico contra la ciudad kurda de Halabja.
Paradójicamente, fue otra guerra —la del Golfo de 1991— la que permitió a los kurdos consolidar su mayor logro político. La creación de una zona de exclusión aérea protegida por Estados Unidos permitió establecer una autonomía de facto en el norte de Irak que más tarde se convertiría en el actual Gobierno Regional del Kurdistán. El presidente de este gobierno es Nechirvan Barzani, quien ha declarado que su región ha de mantenerse al margen del conflicto en Irán.
Desde entonces, las fuerzas kurdas —los peshmerga— se han convertido en uno de los actores militares más estables de Irak y en uno de los aliados más fiables de Washington en la región.
La guerra contra el Estado Islámico
Con la expansión del Estado Islámico llega otro momento de protagonismo de los kurdos. A partir de 2014, los peshmerga en Irak y las milicias kurdas en Siria fueron las fuerzas terrestres más eficaces contra el ISIS, apoyadas por la aviación estadounidense.
La batalla de Kobane se convirtió en un símbolo de esa resistencia. Durante meses, las milicias kurdas defendieron la ciudad siria frente a los yihadistas, en una operación que consolidó su prestigio internacional.
Sin embargo, ese protagonismo militar no se tradujo en una solución política estable. Las aspiraciones kurdas siguieron chocando con los intereses de otros actores regionales, especialmente Turquía, que considera a varias organizaciones kurdas una amenaza directa para su seguridad.
De esta forma, vemos cómo la historia se repite: los kurdos son combatientes decisivos en muchas guerras, pero rara vez controlan el resultado político final.
Más de diez millones de kurdos iraníes
En Irán viven entre diez y doce millones de kurdos, concentrados en cinco provincias del noroeste del país. Algunas ciudades como Kermanshah tienen más de un millón de habitantes. Desde la revolución de 1979 han existido distintos movimientos políticos y guerrillas que se oponen al régimen de la República Islámica.
El periodista Manuel Martorell, autor de seis libros sobre los kurdos, recuerda que el factor kurdo siempre aparece en los cálculos estratégicos de las potencias externas. "Cualquier potencia que quiera intervenir en Irán tiene que contar con los partidos kurdos", explica el experto. Y subraya que estas organizaciones mantienen redes políticas y sociales consolidadas en la región. "Cuentan con gran apoyo de la población, debido a las políticas de opresión, limpieza étnica y genocidio contra ellos", añade Martorell.
Según Samuele Carlo Abrami, los partidos kurdos iraníes tienen una capacidad desigual y distinta legitimidad. "Hay partidos históricos como el PDKI que cuentan con arraigo social, memoria política pero con capacidades militares muy limitados. Sin embargo, el PJAK dispone de mayor experiencia armada pero genera desconfianza entre muchos iraníes por su vínculo con el PKK turco", señala el investigador. Ahora seis partidos kurdos iraníes han suscrito una declaración contra el régimen de los ayatolá y en favor de la autodeterminación de las cinco provincias del Kurdistán.
Durante décadas, muchos de esos movimientos han pedido apoyo internacional, es decir, dinero y armas, para enfrentarse al régimen iraní y apenas han recibido ayuda. "Los kurdos no son los que deciden en Oriente Medio", subraya Martorell. "Suelen ser víctimas de las potencias". Aún así, asumen su responsabilidad por su protagonismo político en la región.
Presión militar
Desde el punto de vista estratégico, la lógica de utilizar actores locales es clara. EEUU buscaría abrir un frente en las periferias de Irán, en el Kurdistán o en otras regiones con minorías étnicas, lo que obligaría al régimen a dispersar recursos. Así se podría reforzar la percepción de debilidad interna.
Pero incluso quienes analizan esa posibilidad advierten de sus límites. Abrami explica que esta estrategia responde más a una lógica de presión que a un plan de transformación política del país. "La idea sería utilizar actores armados locales para abrir un frente limitado en las periferias del Estado iraní", señala. "Eso obligaría a Teherán a dispersar fuerzas y proyectaría una imagen de pérdida de control territorial". En cualquier caso, añade, el alcance de esa estrategia sería limitado: "Es difícil imaginar que los kurdos puedan aspirar a la independencia dentro del Estado iraní".
Preparados para un vacío de poder
El escenario que muchos observadores consideran más probable no es una ofensiva kurda contra el régimen, sino la posibilidad de un vacío de poder si el aparato estatal iraní se debilitara.
Las regiones kurdas albergan numerosas bases de los Guardianes de la Revolución, la fuerza militar que sostiene el sistema político iraní. Si esa estructura se fragmentara, podría abrirse una situación de incertidumbre en varias provincias.
Según Martorell, los movimientos kurdos están atentos a esa posibilidad. "Si desaparecen las bases de los Guardianes de la Revolución, los kurdos ocuparán su territorio", explica. El objetivo sería reforzar el control local e intentar implantar algún tipo de autonomía similar a la que ya existe en Irak o en partes de Siria. No sería una ruptura con Irán ni una ofensiva exterior, sino un intento de consolidar su propio espacio político.
El peso de la memoria histórica
La prudencia domina también entre los actores kurdos más institucionalizados. El Gobierno Regional del Kurdistán, liderado por Nechirvan Barzani, en Irak, mantiene una posición de cautela ante cualquier escalada contra Irán. Su estabilidad depende de un equilibrio delicado entre Washington, Bagdad, Ankara y Teherán.
Además, Turquía sigue observando con enorme preocupación cualquier movimiento que fortalezca a organizaciones kurdas armadas en la región. Para Ankara, la posibilidad de que surja un nuevo foco de poder kurdo vinculado al PKK en la frontera iraní es una línea roja.
A todo ello se suma la memoria histórica. En Irak y en Siria, los kurdos han sido aliados fundamentales en conflictos decisivos, pero el reconocimiento político de sus aspiraciones sigue siendo limitado.
Entre muchos movimientos kurdos persiste por eso una mezcla de oportunidad histórica y escepticismo: la posibilidad de avanzar políticamente existe, pero también el riesgo de ser utilizados como instrumento en un conflicto ajeno. "Hay un temor fundado a ser utilizados como meros títeres", señala Samuele Carlo Abrami.
La cuestión kurda sigue siendo uno de los nudos centrales de la política regional. No solo por su dimensión demográfica o territorial, sino por su capacidad de organización en zonas donde el Estado suele ser más débil.
Por eso, aunque no determinen por sí solos el curso de una guerra, los kurdos siguen siendo un actor imprescindible en cualquier escenario de cambio en Oriente Próximo. Como resume Manuel Martorell: "En Oriente Medio no puede haber paz sin los kurdos".
Te puede interesar
Lo más visto
Comentarios
Normas ›Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.
Regístrate para comentar Ya me he registrado