La película española Sirat se ha convertido en uno de los fenómenos cinematográficos del año. Aclamada por la crítica, con más de 400.000 espectadores y una recaudación superior a los dos millones de euros, el filme dirigido por Oliver Laxe ha protagonizado un recorrido internacional que la ha llevado desde Cannes hasta la carrera final hacia los Oscar, cuya ceremonia se celebra este domingo. Una singladura no exenta de polémica que ha contribuido a invisibilizar un conflicto, el de la ex provincia española del Sáhara Occidental.
La cinta, protagonizada por Sergi López y ambientada en el desierto, ha sido elegida como candidata española a Mejor película internacional y suma además una nominación a Mejor sonido en los premios de la Academia de Hollywood. Antes de su cita con los Oscar, la película certificó su éxito en España con una destacada presencia en los premios Goya, donde llegó con once nominaciones y terminó alzándose con varios galardones técnicos, entre ellos Mejor sonido y Mejor dirección de fotografía.
Pero junto a los elogios y los premios, la película arrastra también interrogantes incómodos, silencios deliberados y lecturas políticas que han desbordado el ámbito cinematográfico para adentrarse en uno de los conflictos más enquistados del norte de África: el Sáhara Occidental.
Un viaje hipnótico y banal por el desierto
La película sigue el viaje de Luis, un padre interpretado por Sergi López, que atraviesa el desierto junto a su hijo menor en busca de su hija desaparecida meses antes en una rave clandestina. La travesía se convierte en una peregrinación física y espiritual junto a un grupo heterogéneo de jóvenes errantes, fascinados por la música electrónica y la vida nómada.
Rodada mayoritariamente en Marruecos, con localizaciones en Erfoud, Er-Rich, Goulmima y Bouarfa, la película mezcla también paisajes de Aragón, como Rambla Barrachina, el Parque Natural de Tortajada o la Foz de Zafrané, un barranco cercano a la localidad zaragozana de La Puebla de Albortón. El director de fotografía Mauro Herce ha explicado que el equipo buscaba paisajes capaces de transmitir la sensación de perderse en el desierto.
El filme bebe de un imaginario espiritual que el propio Laxe vincula con su experiencia personal en el país magrebí. El cineasta vivió más de una década en Marruecos y ha explicado en varias entrevistas que ese periodo fue decisivo en su formación artística. “Buscaba alma. En Londres no entendía nada y en Marruecos lo entendía todo”, declaró a un medio oficialista marroquí al referirse al origen creativo de la película. La obra está impregnada además de referencias al sufismo, corriente mística del islam que el director afirma haber descubierto durante su estancia en el país.
El silencio sobre el Sáhara
Sin embargo, ese paisaje desértico que sirve de escenario a la película es también el origen de las controversias. En el filme aparecen referencias vagas a un territorio “al sur, cerca de Mauritania”; a un campo de minas que obliga a los personajes a modificar su ruta; y a conflicto impreciso. Para quienes conocen la geografía política de la región, esa descripción remite inevitablemente al Sáhara Occidental, la antigua colonia española ocupada ilegalmente por Marruecos desde 1975 y pendiente de descolonización según Naciones Unidas.
En el Sáhara Occidental hay entre siete y diez millones de minas antipersona y antitanque aún por explotar, diseminadas en los 2.720 kilómetros de muralla levantada por Marruecos, legado mortal del conflicto que inauguró en noviembre de 1975 la Marcha Verde, la invasión marroquí de un territorio que, medio siglo después, sigue pendiente de descolonizar.
A pesar de la magnitud de la tragedia y la responsabilidad directa de España. la película evita cualquier mención explícita al conflicto. Fuentes del Festival Internacional de Cine del Sáhara (Fisahara), que se celebra cada año en los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, reconocen que mantuvieron una conversación con el director antes del estreno.
Cualquiera que conozca el contexto geográfico sabe qué hay ‘al sur, cerca de Mauritania’ y dónde se encuentra ese campo de minas
“Desde nuestro punto de vista fue una oportunidad perdida para visibilizar el conflicto”, explican desde el festival, uno de los más singulares del planeta. “Le trasladamos el sentir general de que la película había borrado al Sáhara Occidental y a su pueblo a través de ciertas menciones e imágenes. Cualquiera que conozca el contexto geográfico sabe qué hay ‘al sur, cerca de Mauritania’ y dónde se encuentra ese campo de minas”.
Según esas mismas fuentes, Laxe defendió entonces la ambigüedad deliberada del relato. “Habló de la zona entre Argelia y Marruecos y evitó concretar”, señalan. “Respetamos las decisiones artísticas, pero en entrevistas posteriores tampoco ha habido ninguna mención al conflicto. Se perdió una oportunidad de visibilizar un conflicto demasiado acallado”.
El propio director ha defendido públicamente esa ambigüedad, que contrasta con el sadismo y la crueldad de algunas escenas. “Mi película acoge un dolor que no tiene bandera, ni raza ni género”, ha afirmado al explicar que su intención era evitar lecturas políticas explícitas. Fuentes de la productora, contactadas por El Independiente, han rehusado responder a las preguntas que suscita el filme. También han evitado que lo haga Laxe aludiendo a problemas de su "apretada" agenda.
El eco en la propaganda marroquí
Mientras el filme guarda silencio sobre el conflicto saharaui, algunos medios oficialistas marroquíes lo han incorporado a su propio relato cultural y político. Portales cercanos a la narrativa oficial del país han subrayado que la película está rodada en el país y que constituye un ejemplo de cooperación cultural entre España y Marruecos. En una entrevista publicada por el portal Mares30, el propio Laxe subraya que Marruecos “no es un mero decorado” en la película, sino un elemento central de su significado espiritual.
En esa conversación, el director afirma que el país forma parte esencial de su trayectoria vital y que su estancia allí durante una década marcó su proceso creativo. También recuerda una expresión en árabe que escuchó al llegar —“de Dios venimos y a Dios volvemos”— que, según explica, influyó en la concepción del filme.
La entrevista insiste además en la dimensión marroquí de la producción y en el hecho de que gran parte del equipo técnico y artístico procede del país. El propio Sergi López subraya en esa misma conversación que el público marroquí percibe la película como una obra propia. “Para ellos no es una película extranjera”, afirma el actor, que también evita cualquier referencia al conflicto del Sáhara Occidental y cualquier gesto de compromiso con una ocupación ilegal. “La viven como una película marroquí”.
Los cariñosos agradecimientos a Moratinos
Otro detalle aparentemente menor ha alimentado el debate político alrededor del filme. En los créditos finales aparece un agradecimiento al exministro español de Exteriores Miguel Ángel Moratinos, hoy alto representante de la Alianza de Civilizaciones de la ONU y un conocido lobbista del régimen de Mohamed VI.
Consultada por este diario, la productora se ha limitado a explicar que se trata de “un agradecimiento personal del director y los productores, por relación, no porque haya participado en la película”.
La mención llama la atención porque Moratinos es considerado por muchos saharauis y analistas como uno de los principales defensores de las tesis marroquíes en el conflicto del Sáhara Occidental. El exministro respaldó además el giro diplomático de España en 2022, cuando el Gobierno de Pedro Sánchez apoyó el plan de autonomía marroquí para el territorio en contra del derecho internacional.
Para Oliver Laxe, la película funciona como una experiencia abierta a múltiples interpretaciones. El director ha definido Sirât como una “ceremonia” y un “rito de paso” cinematográfico, una experiencia concebida para sacudir al espectador. Pero esa deliberada ambigüedad —que evita nombrar explícitamente uno de los conflictos más largos del mundo— es también lo que alimenta las preguntas incómodas sobre Laxe, sus intenciones, su falta de valentía, su cercanía al régimen alauí y su uso como promoción de los "escenarios" que ofrece la autocracia marroquí al otro lado del Estrecho.
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