En el pulso militar que enfrenta a Irán con Estados Unidos e Israel, Teherán no combate completamente solo. Detrás del régimen iraní y sus dos semanas de resistencia a una campaña de ataque aéreos sin precedentes recientes, se dibuja una red de discreta cooperación militar que, aunque lejos de una alianza formal, conecta a la República Islámica con las dos grandes potencias rivales de Washington: Rusia y China. Ambos países se mueven en la sombra para armar la resiliencia bélica de la República de los Ayatolás.

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Durante años, Moscú y Pekín han contribuido a reforzar las capacidades militares iraníes —desde sistemas de defensa aérea hasta inteligencia satelital o tecnología de guiado para misiles— con un objetivo compartido: erosionar la superioridad militar estadounidense en Oriente Próximo. Sin embargo, esa ayuda tiene límites muy claros.

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“Irán recibe ayuda de Rusia y China, pero esa ayuda no puede alterar de forma fundamental el equilibrio de poder”, advierte en conversación con El Independiente Ali Vaez, director del programa Irán en Crisis Group.

Una alianza nacida de la presión occidental

La convergencia estratégica entre Irán, Rusia y China no se basa en afinidades ideológicas sino en un adversario común: Estados Unidos y el orden internacional dominado por Occidente. Las sanciones económicas, la presión diplomática y los conflictos regionales han empujado a los tres países a intensificar su cooperación en los últimos años.

La relación más profunda se ha desarrollado con Rusia, especialmente desde la invasión a gran escala de Ucrania en 2022. Moscú necesitaba armas baratas y abundantes para sostener su guerra y las halló en Irán: drones kamikaze Shahed y misiles balísticos de corto alcance que han golpeado repetidamente infraestructuras ucranianas.

A cambio, la Rusia de Vladimir Putin abrió a Teherán la puerta a su ecosistema militar. En los últimos años, Moscú ha transferido a Irán aviones de entrenamiento Yak-130, helicópteros, vehículos blindados y armamento ligero. También ha compartido conocimientos en ciberseguridad, guerra electrónica y vigilancia. Según fuentes de inteligencia occidentales, Rusia incluso ha proporcionado imágenes de satélite y datos sobre movimientos de tropas estadounidenses y buques en el Golfo, una información crucial para mejorar la capacidad de ataque iraní.

El intercambio no resulta menor: Irán ha vendido a Rusia miles de drones y misiles valorados en varios miles de millones de dólares, ayudando al Kremlin a sostener una guerra de desgaste contra Ucrania.

Inteligencia rusa y guerra electrónica

Uno de los aspectos más sensibles de esa cooperación es la inteligencia militar. Satélites rusos han facilitado a Irán imágenes y datos sobre posiciones de fuerzas estadounidenses y aliadas en Oriente Próximo. Para un país con una constelación de satélites militares limitada, ese flujo de información representa una ventaja estratégica.

Rusia también ha compartido tecnología de guerra electrónica —capaz de interferir radares o sistemas de navegación— que refuerza las defensas iraníes frente a ataques aéreos. Sin embargo, Moscú ha evitado transferir algunos de los sistemas más avanzados que Teherán lleva años reclamando, como los cazas Su-35 o el sistema antimisiles S-400. La razón es simple: Rusia tampoco quiere desencadenar una escalada con Israel ni con los Estados del Golfo.

Ejercicios militares de la Guardia Revolucionaria iraní. | EP

El papel más discreto de China

Si Rusia actúa como socio militar operativo, China desempeña un papel mucho más silencioso pero igualmente relevante. Pekín ha contribuido durante años a modernizar aspectos clave de la infraestructura tecnológica iraní, especialmente en áreas como radares, navegación por satélite y sistemas electrónicos.

Uno de los elementos más importantes podría ser el acceso iraní al sistema de navegación por satélite chino BeiDou, rival del GPS estadounidense. Ese sistema permite guiar misiles y drones con una precisión mucho mayor y además reduce la vulnerabilidad a interferencias electrónicas occidentales.

Algunos analistas creen que el aumento de la precisión de los misiles iraníes observado en los últimos conflictos podría estar relacionado con ese cambio tecnológico proporcionado por el gigante asiático. La cooperación tecnológica china también incluye radares capaces de detectar aeronaves furtivas y sistemas de guerra electrónica que ayudan a Irán a resistir operaciones aéreas avanzadas.

Pero, como señala a este diario el analista del International Institute for Strategic Studies Fabian Hinz, gran parte de esa cooperación sigue rodeada de sombras. “Con las defensas aéreas chinas no está claro qué se ha entregado realmente, aparte de pequeños sistemas contra drones”, detalla. “Durante un tiempo se discutió la venta de misiles antibuque, pero no está claro si el acuerdo se ha cerrado. Algo similar ocurre con los sistemas de guerra electrónica, salvo los rusos que Irán ya utiliza”.

Maniobras de Irán, China y Rusia en el golfo de Omán. | Efe

Los misiles chinos que preocupan a Washington

Uno de los acuerdos más sensibles negociados recientemente entre Irán y China es la posible compra del misil antibuque supersónico CM-302. Con un alcance cercano a los 300 kilómetros y una velocidad próxima a Mach 3, ese sistema está diseñado para volar a baja altura y penetrar las defensas navales. Analistas militares lo consideran una amenaza potencial para grupos de portaaviones estadounidenses desplegados en el Golfo Pérsico.

Las negociaciones para adquirir esos misiles se aceleraron tras la guerra de doce días entre Irán e Israel el pasado verano, cuando dirigentes militares iraníes viajaron a China para cerrar el acuerdo. De completarse, supondría uno de los sistemas de armas más avanzados transferidos por Pekín a Teherán en décadas.

China también ha sido acusada por Washington de suministrar componentes químicos y materiales utilizados en la producción de misiles balísticos iraníes, aunque Pekín rechaza esas acusaciones.

Una ayuda real pero limitada

Pese a esa cooperación militar creciente, Rusia y China mantienen un delicado equilibrio. Ambos países necesitan a Irán como socio estratégico, pero ninguno está dispuesto a arriesgar sus propios intereses regionales para salvar al régimen iraní.

“China y Rusia parecen estar ayudando en los márgenes del esfuerzo militar iraní”, explica a este diario Naysan Rafati, analista de Crisis Group. “Hay informes de que China proporciona materiales que Irán puede usar en la producción de misiles balísticos y de que Rusia comparte inteligencia. Pero las relaciones de China con los vecinos de Irán y los compromisos militares de Rusia en Ucrania ponen un techo muy bajo a hasta dónde pueden llegar”.

En el caso chino, ese cálculo se ha vuelto aún más visible con la guerra. Pekín no solo necesita el petróleo iraní; depende de la estabilidad del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 45% de sus importaciones de crudo. De hecho, China ha mantenido conversaciones con Irán para garantizar el paso seguro de los buques que transportan petróleo crudo y gas natural licuado catarí a través del estrecho, después de que la ofensiva iraní y la respuesta de Estados Unidos e Israel dejaran el corredor prácticamente paralizado. La presión de Pekín sobre Teherán revela hasta qué punto su prioridad no es una implicación militar abierta sino la preservación de los flujos energéticos que sostienen su economía. China quiere que Irán resista, pero no a costa de incendiar la arteria por la que circula buena parte de su abastecimiento.

Rusia, por su parte, busca mantener canales abiertos con Israel, evitar un choque directo con Washington y no poner en riesgo sus propios vínculos con Arabia Saudí y Emiratos. La ayuda existe, pero está calibrada.

Fuerzas de seguridad iraníes en un funeral por comandantes de la Guardia Revolucionaria muertos en los ataques israelíes. | Efe

Las limitaciones del apoyo militar

Incluso en el terreno tecnológico, la cooperación tiene límites claros. El analista del Washington Institute Farzin Nadimi subraya a este diario que muchos de los sistemas defensivos que protegen actualmente el espacio aéreo iraní siguen siendo desarrollos locales. Aunque existen sistemas rusos de guerra electrónica en servicio en Irán, no hay pruebas claras de equipamiento chino equivalente en el campo de batalla. “Hay nuevos sistemas rusos de guerra electrónica, pero no conozco equipos chinos”, resume.

La relación triangular entre Moscú, Pekín y Teherán se ha reforzado también en el plano político y diplomático. Los tres países participan en ejercicios navales conjuntos en el océano Índico desde 2019, coordinan posiciones en organismos internacionales y han estrechado su cooperación dentro de bloques como la Organización de Cooperación de Shanghái y los BRICS.

Pero esa relación sigue siendo más pragmática que ideológica. Rusia necesita drones iraníes para Ucrania. China quiere petróleo barato, acceso comercial y estabilidad en las rutas energéticas del Golfo. Irán busca tecnología militar y apoyo diplomático frente a Occidente.

El apoyo que no llega

La guerra ha revelado precisamente ese límite. Ni Moscú ni Pekín han intervenido militarmente en defensa de Irán. Ambos han condenado las operaciones estadounidenses e israelíes y han pedido negociaciones diplomáticas, pero han evitado comprometerse en el terreno militar.

Para Rusia, atrapada en Ucrania, abrir un nuevo frente estratégico sería un riesgo enorme. Para China, cuya política exterior prioriza el comercio y la estabilidad económica, involucrarse en una guerra en Oriente Próximo sería incompatible con su estrategia global.

El resultado es una paradoja geopolítica. Irán es útil para Rusia y China como socio estratégico frente a Occidente, pero no lo suficiente como para arrastrarlos a una guerra abierta. Y eso significa que, aunque Moscú y Pekín sigan siendo sus principales socios militares, la supervivencia de la República Islámica dependerá sobre todo de sus propias capacidades.