Israel cruzó este miércoles un nueva línea roja, por si quedaba alguna ya sin vulnerar. La aviación israelí golpeó la joya energética de Irán: South Pars, el mayor yacimiento de gas del mundo compartido con Qatar. La arremetida marca un punto de no retorno en la guerra que desde hace tres semanas sacude Oriente Próximo. No es un objetivo más en la larga lista de infraestructuras golpeadas por la fuerza aérea del Estado hebreo. Es, sobre todo, la irrupción de la energía como campo de batalla directo y, con ella, la exposición de una fractura estratégica que amenaza con resquebrajar la relación entre Donald Trump y sus aliados del Golfo.

En la península Arábiga, la campaña militar de Trump y Netanyahu está sometiendo a un acelerado test de estrés a sus petromonarquías. Son las que se están llevando la peor parte, convertidas en objetivos directos de las represalias de Irán. Un estado de ansiedad que está eliminando su habitual estilo cauteloso y protocolario, lejos de cualquier estridencia pública.

“Una escalada extremadamente peligrosa que no solo tendrá graves repercusiones en todo el Golfo, sino que no dejará a nadie al margen. Ah, y el Brent acaba de dispararse otra vez. Un trabajo brillante, chicos, sois toda una banda de genios”, tuiteó el qatarí Nawaf al Zani, analista en defensa y relaciones exteriores. Teherán advirtió de que responderá al golpe. El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, lo calificó de “un suicidio para Israel y Estados Unidos” y clamó por "el ojo por ojo". “Se ha iniciado una nueva fase de confrontación tras los ataques de EEUU e Israel contra South Pars”, alertó. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) instó a la evacuación de las zonas cercanas a las principales instalaciones de Arabia Saudí, Qatar y Kuwait. A última hora, una andanada de misiles golpeó la refinería qatarí de Ras Laffan. A modo de represalia, Doha declaró personas non grata al agregado militar y al agregado de seguridad de la embajada iraní, así como a todo el personal que trabaja en ambas oficinas.

El ataque, que según dijeron inicialmente fuentes israelíes fue coordinado con Washington pero responde a una lógica operativa propia, impactó instalaciones vinculadas al complejo gasístico de South Pars, responsable de entre el 70% y el 75% de la producción de gas iraní y parte de la mayor reserva mundial de este recurso. Un funcionario estadounidense negó en declaraciones a la CNN que su país hubiera atacado yacimientos de gas en Irán, y afirmó que el ataque lo había llevado a cabo Israel.

Marcha de iraníes por el funeral de Ali Larijani. | Efe

El Golfo considera que el ataque fue lanzado unilateralmente por Israel

Las autoridades iraníes confirmaron incendios en varias unidades de refinado en Asaluyeh, mientras Qatar y Emiratos Árabes Unidos denunciaron una “escalada peligrosa” que pone en riesgo la seguridad energética global. La reacción de los mercados fue inmediata: el Brent superó los 109 dólares tras subir más de un 6% y el gas europeo registró incrementos similares, en un reflejo de la inquietud ante una posible extensión del conflicto al estrecho de Ormuz.

Pero más allá de la sacudida económica, el bombardeo ha activado una alarma política en las capitales del Golfo, donde se percibe en la línea ascendente de la ruptura de toda contención. “Mi evaluación es que se trata de una acción unilateral israelí. Va en contra del imperativo de Trump de controlar los precios del petróleo y el gas, y muestra una divergencia cuando se trata de los objetivos entre Israel y Estados Unidos”, advierte a El Independiente Rashid al Mohanadi, vicepresidente del Centro de Investigación de Política Internacional.

El analista qatarí no se limita a señalar la disonancia táctica, sino que dibuja una divergencia estratégica de fondo que amenaza con desbordar la arquitectura de la guerra. “Los objetivos de Estados Unidos son claros: ir contra las capacidades militares y nucleares de Irán, pero no contra la infraestructura civil. Con los israelíes es distinto: para ellos es el colapso total del Estado”, sostiene, subrayando una diferencia que, en la práctica, delimita el paso de una campaña de desgaste a una ofensiva existencial.

Desde Doha, donde el conflicto se vive con la tensión de quien observa misiles en su propio cielo, Al Mohanadi describe un equilibrio cada vez más frágil entre contención y arrastre involuntario. “No me gusta el concepto de estar en medio porque estamos siendo bombardeados. Antes de este conflicto, la política del Golfo era muy clara: no permitir que Estados Unidos utilizara nuestro espacio aéreo para atacar Irán y actuar como los actores diplomáticos más activos para encontrar una solución”, explica.

La mejor estrategia es la contención estratégica. Si te involucras, te conviertes en combatiente

Ese equilibrio ha saltado por los aires. “Menos de una hora después de que comenzara la guerra, empecé a escuchar interceptaciones en nuestros cielos. Ahí fue cuando supe que los iraníes no nos dieron ni siquiera la oportunidad de condenar los ataques o de actuar diplomáticamente”, relata, en una frase que resume la sensación de pérdida de control que se ha instalado en la región.

Pese a ello, insiste en que los países del Golfo tratan de mantener una estrategia de contención que les permita evitar una implicación directa. “La mejor estrategia es la contención estratégica. Si te involucras, te conviertes en combatiente. Si no, aún puedes ser un conducto para una solución diplomática, si es que existe”, afirma, consciente de que ese margen se estrecha con cada nueva escalada y con cada ataque que asesina a rostros destacados de la teocracia iraní.

Destrucción del complejo deportivo de Shohadan-e Esmaeili en Teherán. | Efe

Replantear las relaciones con Washington

En el plano militar, los países del Golfo han logrado, al menos por ahora, amortiguar el impacto de los ataques iraníes. “En Qatar tenemos una tasa de interceptación del 96% de misiles. No hemos tenido muertes. Solo una herida grave por metralla el primer día. Y en el caso de los drones, hemos pasado de interceptar en torno al 70% a una neutralización casi total”, detalla Al Mohanadi, que subraya la rápida adaptación de sus sistemas de defensa. “En la última semana, ningún dron ha alcanzado su objetivo en Qatar”.

Sin embargo, esa eficacia defensiva no oculta el creciente malestar político. El lenguaje oficial en las capitales del Golfo se ha endurecido, en una señal tanto hacia Teherán como hacia Washington. La percepción de que la guerra ha sido impuesta desde fuera —y de que sus intereses han sido ignorados— se abre paso incluso entre las élites más prudentes.

Trump ha actuado de una manera en la que no se han tenido en cuenta los intereses del Golfo

“Trump está trabajando más estrechamente con los israelíes que con el Golfo. Los países del Golfo revisarán sin duda su relación con este Estados Unidos una vez que termine la guerra”, afirma Ghanem Nuseibeh, fundador de Cornerstone Global Associates, en una advertencia que apunta directamente al núcleo de la alianza.

Su diagnóstico resulta aún más contundente en términos de coste político: “Trump ha actuado de una manera en la que no se han tenido en cuenta los intereses del Golfo. No creo que estemos en una fase de retirada de inversiones todavía, pero no hay duda de que la relación entre el Golfo y Estados Unidos quedará dañada de forma permanente como resultado de esta guerra”.

El ejército qatarí intercepta misiles iraníes. | Efe

Inversiones millonarias en Estados Unidos

“Si sabes que no se puede lograr un cambio de régimen, ¿por qué intensificar aún más la situación ampliando los objetivos a la infraestructura de hidrocarburos de Irán? La carga de esta espiral de escalada absurda recaerá sobre los países del Golfo, probablemente sobre Qatar en este caso, como principal mediador de Estados Unidos”, opina Andreas Krieg, experto en la región del Kings College de Londres.

La advertencia no es menor si se tiene en cuenta la magnitud de los intereses en juego. En los últimos años, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Qatar han comprometido más de tres billones de dólares en inversiones en Estados Unidos, convirtiéndose en pilares financieros de proyectos estratégicos que van desde la inteligencia artificial hasta la reconstrucción de Gaza. Ese flujo de capital, que Trump ha utilizado como símbolo de su éxito diplomático, se encuentra ahora bajo presión en un contexto de creciente incertidumbre.

Funcionarios estadounidenses reconocen que los objetivos finales divergen y que la tolerancia al riesgo no es la misma

Al mismo tiempo, la guerra amenaza con golpear las propias economías del Golfo. Escenarios elaborados por Goldman Sachs apuntan a contracciones del PIB de hasta el 14% en países como Qatar o Kuwait si el conflicto interrumpe durante semanas el tráfico en el estrecho de Ormuz. Incluso las economías más resilientes, como Arabia Saudí o Emiratos, podrían sufrir caídas significativas en un impacto que algunos economistas consideran potencialmente superior al de la pandemia y que comprometen el desarrollo y los objetivos marcados en sus visiones estratégicas con la diversificación económica como meta.

El ataque a South Pars encapsula todas esas tensiones. No solo expone la vulnerabilidad de la infraestructura energética global, sino que sitúa a los aliados árabes de Washington ante una disyuntiva cada vez más incómoda: respaldar una estrategia que amenaza sus intereses o distanciarse de un socio que consideran cada vez menos predecible, en pleno idilio de Trump con Netanyahu. Ambos mandatarios han mantenido llamadas telefónicas diarias desde el inicio de las arremetidas el pasado 28 de febrero, reconocen fuentes de la Casa Blanca a la web Axios.

Mientras tanto, en Washington, la aparente sintonía entre Trump y Benjamin Netanyahu convive con una realidad más compleja. Funcionarios estadounidenses reconocen que los objetivos finales divergen y que la tolerancia al riesgo no es la misma. Estados Unidos busca debilitar a Irán; Israel, redefinir el equilibrio de poder en la región.

El bombardeo del gas iraní es la manifestación más clara de esa diferencia. Y también el aviso de que la guerra, lejos de contenerse, está entrando en una fase en la que cada movimiento no solo se mide en términos militares, sino en su capacidad de alterar alianzas, sacudir mercados y empujar a toda una región hacia un punto de no retorno. “Los próximos días pondrán de manifiesto hasta qué punto es efectiva esta divergencia entre Estados Unidos e Israel”, aventura Al Mohanadi.