Pascale Morant quiere rehuir la nostalgia aunque, al pronunciarlas, sus palabras suenen a epitafio. “Yo ya soy la dernière génération”. La última generación. Morant es la última descendiente española que sigue residiendo en Orán. Habla en español, pero las palabras le llegan a veces en francés, como si su propia lengua fuera el reflejo de una ciudad mestiza que ya no existe del todo. “Yo he nacido y crecido aquí, como mis padres. Es mi ciudad”, añade por si quedaran dudas. En su afirmación existe una pertenencia que desborda las banderas. Pero también hay una constatación: esa ciudad que conoció —la española, la mestiza, la de los barrios donde se hablaba castellano, mezclado con árabe y francés— se ha ido difuminando hasta convertirse en un recuerdo mientras el legado arquitectónico trata de resistir magullado.
Pascale encarna la paradoja de la segunda urbe de Argelia, una ciudad atravesada por siglos de presencia española, desde la conquista militar del XVI hasta la emigración de los siglos XIX y XX y el refugio que ofreció a los republicanos de 1939, pero cuyo legado hoy sobrevive a retazos, entre barrios irreconocibles y abandonados a su suerte y una memoria que se apaga con quienes todavía pueden contarla.
Con su millón de habitantes y los 250 kilómetros que le separan de la costa española, Orán conserva a España en dos cuerpos distintos. El primero está hecho de piedra. Es la huella de la ocupación militar iniciada en 1509, la de las murallas, la Alcazaba, el castillo de Santa Cruz, la iglesia de San Luis, la vieja Marina, las puertas y escudos que aún afloran entre ruinas y reformas. El segundo es menos visible y mucho más humano: la ciudad que durante generaciones hablaron, habitaron y modelaron miles de españoles llegados desde Almería, Alicante, Valencia, Murcia, Jijona o Menorca; la ciudad donde el español se coló en el habla popular, en la cocina, en la vida de los barrios, en los apellidos y en la forma de pasear al atardecer. Esa segunda Orán, la más viva y quizá la más desconocida, es la que Pascale y la historiadora Eliane Ortega Bernabeu evocan como un mundo perdido.
"Todo el mundo hablaba español"
La familia de Pascale llegó a finales del siglo XIX. “Por parte de mi madre, de Almería y por parte de mi padre de Jijona y de Monforte del Cid (Alicante)”, relata en conversación con El Independiente. “Mi familia materna venía a trabajar, porque no tenían trabajo en España”. La de su padre, en cambio, trajeron un oficio. “Eran heladeros y turroneros en Jijona y se establecieron en Gambetta”. En ese barrio establecieron su negocio familiar: “Teníamos dos heladerías y la fábrica de turrón que estaba en Gambetta”. También una villa que aún sigue en pie, como una reliquia de otra época.
El distrito de Gambetta, hoy sitiado por el cemento y la construcción de nuevos bloques residenciales, era la otra geografía española de Orán, muy distinta de la de la conquista del siglo XVI. No la de las fortalezas ni la de los presidios, sino la de las casas bajas, los comercios, los talleres, la lengua compartida y la vida de barrio. “En la zona de Gambetta, todo el mundo hablaba español”, recuerda Pascale. Allí se cruzaban generaciones de españoles llegados de la otra orilla. Hoy, sin embargo, apenas queda rastro. “En Gambetta no queda nada”, resume. “Ni locales, ni comercios”. Lo dice después de haber hecho con su hermano una especie de romería íntima por las calles donde creció su familia. Quedaban algunas casas, algún reconocimiento parcial, pero no la comunidad que las hacía legibles.
Un siglo XVI marcado a fuego
La historia española de Orán comenzó mucho antes, a sangre y fuego. La conquista de 1509 convirtió la ciudad en una de las plazas más importantes de España en el Magreb. Fue una plaza militar, una fortaleza avanzada, un enclave concebido para asegurar presencia frente al corso y frente al avance otomano. La vieja Orán española fue, durante siglos, más fortaleza que ciudad. El fuerte de Santa Cruz domina todavía la ciudad desde lo alto, vigilante y casi litúrgica. Más abajo, la vieja trama portuaria, la Marina y los restos defensivos recuerdan aquella lógica de presidio que convirtió a Orán y Mazalquivir en piezas de una misma maquinaria militar. La española fue una presencia fortificada, de frontera, siempre expuesta al asedio, y que nunca pasó de controlar unas pocas leguas alrededor de sus recintos defensivos. Orán fue, al mismo tiempo, enclave militar, plaza de abastecimiento y puesto avanzado de una monarquía obsesionada con asegurar el litoral y contener la presión otomana.
De aquella época permanece aún la silueta más visible del legado hispano. Eliane Ortega Bernabeu, historiadora nacida en Orán, enumera sus restos con precisión casi cartográfica: “El Castillo de Santa Cruz, la Alcazaba, la Iglesia de San Luis…”. Habla también de la Puerta de Canastel, con su arco y escudo español; de un gran escudo de los Reyes Católicos en la Alcazaba; de la vieja Marina, el barrio antiguo español junto al puerto. “Todo ese trocito de barrio hasta la Alcazaba, la Casbah, era el barrio antiguo español”, explica.
Pero enseguida llega el contraste entre el peso histórico y el estado actual de esa herencia. “De los monumentos que había ya no queda casi nada”, lamenta Eliane con amargura. En pie permanece Santa Cruz; queda la Alcazaba “en ruina”; sobreviven fragmentos. El barrio español, sin embargo, fue desalojado y hoy es una geografía fantasma, con fachadas decrépitas y esqueletos que van cediendo al tiempo y el abandono. La ciudad ha preservado de manera precaria la piedra, pero ha dejado deteriorarse el relato. No hay apenas señalización ni un itinerario que explique a propios y extraños qué significó España en Orán. La ruina del legado español es también una ruina de interpretación.
Juan Manuel Cid, director del Instituto Cervantes de Orán, insiste precisamente en la profundidad de esa huella. “En la gastronomía, en el habla, hay muchas palabras del acervo local de origen español: escalera, chancla, cabeza, lejía”, enumera. Y formula una definición que resume bien el lugar singular de la ciudad: “Orán, desde mi punto de vista, es la ciudad del norte de África con más afinidad con España”. No habla solo de historia monumental sino del “contacto humano y las relaciones culturales”, de una conexión mantenida durante siglos y de una proximidad que en España, a su juicio, se conoce muy poco. Un pasado que en los últimos meses desempolvó Por si un día volvemos, la novela de María Dueñas inspirada en la historia de los españoles que emigraron a la Argelia colonial. Fruto de ese patrimonio, su centro es uno de los más pujantes de la red de Institutos Cervantes, con el mayor crecimiento de alumnos matriculados.
El español que resiste en el habla de Orán: "Chancla, placeta..."
Pascale, cuyo testimonio sirvió a la escritora para tejer parte de la trama, lo confirma desde dentro. Su Orán no es, ante todo, la de los castillos, sino la de una atmósfera bajo amenaza. “Yo diría que, como lo he vivido yo, una mezcla de Francia, de España y de Argelia”. Un crisol de lenguas, de memorias, de pertenencias. Cuando se le pregunta qué tiene de español esa mezcla, no responde con un monumento sino con un modo de vivir y estar en el mundo. “Orán siempre ha sido y todavía es la ciudad más fiestera de toda Argelia. Eso es lo español que tiene Orán. La magia española”, dice con un fogonazo en los ojos.
Orán siempre ha sido y todavía es la ciudad más fiestera de toda Argelia. Eso es lo español que tiene Orán
La España de Orán, en los testimonios, aparece a menudo ligada a una forma de vivir. La alegría, la noche, el paseo, la comida compartida, las puertas abiertas. Eliane lo recuerda en la costumbre del paseo al atardecer: “La gente se arreglaba y salía a dar una vuelta. Eso era muy español”. Pascale evoca las paellas del fin de semana -el plato que la gastronomía oranesa reclama como propio-, las excursiones a Santa Cruz, el español hablado en la calle.
Rachid Mehadji, oranés del barrio de Sidi El Houari, añade la mirada de quien no desciende de españoles pero ha heredado parte de su lengua y su cultura. “Para mí Orán y la otra costa, por ejemplo Alicante o Murcia o Almería, son ciudades solo separadas por el mar”, murmura. Es la percepción de una continuidad mediterránea que en Orán se palpa todavía en el habla, en la comida y en la memoria popular.
Rachid, como Pascale, sitúa la huella española muy cerca de la vida cotidiana. “En nuestro dialecto hay muchas palabras españolas”, explica. Cita “chancla”, “escuela”, “corto”, “chato”, “calvo”. Recuerda también topónimos y nombres de uso que sobrevivieron durante años: la “placeta”, “Pastrana”, “Escalera”. Y resume su relación con el idioma con una frase que sólo puede nacer en una ciudad como ésta: “Yo el español lo respiro, no lo hablo”. No lo aprendió en una academia sino en su casa, a través de padres y abuelos que hablaban español, incluso valenciano, en el casco antiguo. “Yo me acuerdo bien que mi abuelo nos insultaba en español, en casa. En valenciano también”.
La lengua es, quizá, uno de los legados más elocuentes de la vieja Orán española. Pascale la conserva como parte de su biografía. “Yo sé que hablo mitad francés, mitad español”, dice sonriente. “Estoy hablando en español y me vienen las palabras en francés;; igual en francés hablo en francés y me vienen las palabras en español”. En la casa de sus abuelos se hablaba sólo español; con sus padres, mitad y mitad. Durante años, ese bilingüismo no fue una excentricidad sino el paisaje normal de la ciudad. “Son palabras francesas con trozos españoles. Entonces sí, ahí había una mezcla de árabe, de español, de valenciano”, confirma Ortega. Era un idioma de supervivencia y de convivencia, un habla fronteriza nacida de siglos de mezcla. Hoy, reconoce, ha retrocedido casi por completo. Quedan restos, palabras sueltas, alguna comida, alguna expresión que se entiende aunque ya no se use.
La gastronomía es uno de esos últimos refugios. Pascale menciona la paella como plato de recibimiento. “El plato típico oranés es la paella”. Rachid amplía el menú sentimental con la mona o la calentica. Esta última, emblema de la ciudad, la vincula incluso a una leyenda sobre los españoles sitiados con poco más que garbanzos y aceite. Eliane coincide en que “la calentica” sigue siendo una palabra entendible para todos, una supervivencia verbal y culinaria de aquella presencia.
Paella y Calentica, la gastronomía
La gran emigración española de los siglos XIX y XX explica esa profundidad social de la huella hispana. Orán y su región recibieron durante décadas oleadas de españoles, llegados por hambre, por cercanía, por trabajo. Eliane lo resume desde la memoria familiar y social: “Orán tuvo muchas migraciones. La del hambre, la de los carlistas, muchos llegaron por oleadas. Depende de cómo fuera la política en España”. Unos flujos que dejaron una impronta: bajo administración francesa, “en Orán la vida era española”. En pueblos y cortijos cercanos, recuerda, muchos de los que trabajaban la tierra o llevaban explotaciones eran españoles, a menudo explotados por colonos franceses. “La mayoría eran españoles”, afirma, aunque muchos ya se habían naturalizado franceses y aparecían mezclados en la categoría de pieds-noirs (pies negros).
Pascale habla de esa misma comunidad desde el interior. Sus padres nacieron en la Argelia francesa. Ella, ya en la Argelia independiente. Su familia resistió más tiempo que otras. Cuando la independencia empujó a tantos europeos a partir, su abuela decidió quedarse. “Porque mi abuela decía que esto se iba a arreglar”. Esa permanencia hizo posible que Pascale y su hermano nacieran en Orán y que ella siga allí hoy, como un eco viviente de aquella historia.
Su identidad resume como pocas la complejidad de la ciudad. “Yo me siento de los tres”, afirma, aludiendo a Francia, España y Argelia. Eliane, desde otra biografía, formula algo parecido: “Yo he nacido en Orán, yo soy española de Orán”. En ambos casos, Orán aparece no sólo como una ciudad, sino como una patria íntima, una forma de ser.
El exilio republicano
Eliane recuerda el impacto del regreso que hizo con su tía décadas después. La calle de la infancia, convertida en un paisaje de devastación, la dejó sin aliento. “Es como si te hubiera pasado la bomba atómica de Hiroshima, todo destruido”. Su tía, que llevaba Orán en el corazón, salió de allí con una decisión terminante: “Dijo que no volvía más”. Es el sentimiento que ha dejado en otros españoles nacidos en la urbe ante constatar la demolición de barrios enteros, el deterioro del patrimonio y el final de una convivencia que unió a españoles y argelinos.
“Los franceses eran muy sectarios y las dos comunidades crearon una hermandad, una fraternidad”, afirma Pascale. Rachid, desde Sidi El Houari, recuerda a españoles pobres viviendo entre argelinos pobres, a refugiados que se quedaron, a hombres llamados José, a mujeres que trabajaban en fábricas de tabaco de dueños españoles.
A ese estrato de emigración económica se añadió, en el siglo XX, la capa del exilio republicano. Eliane la estudia y la lleva también en la biografía. “Yo nací en Orán en una familia de exiliados republicanos”, explica. Sus palabras recuerdan que la ciudad fue refugio y también encierro. En Orán quedaron lugares vinculados a esa historia, aunque casi nadie los conozca. “Queda un centro de internamiento”, dice sobre uno de los espacios del exilio republicano. “Está allí en ruinas, pero está allí”. No hay señal pública. Pascale, nacida después, conserva sin embargo la memoria social de aquellos refugiados. “Cuando nací, todavía quedaban refugiados españoles”, cuenta. Aún permanecían allí durante su juventud. “Yo salía de fiesta con refugiados que ya estaban integrados aquí”. Junto al mar un modesto monolito recuerda al Stanbrook, el carguero británico que zarpó de Alicante el 28 de marzo de 1939 con 2.638 refugiados a bordo, en los últimos días de la Guerra Civil.
La España de Orán fue conquista, emigración, trabajo, lengua y exilio. También olvido. Lo saben bien Juan Manuel Cid y Rachid Mehadji, que lamentan hasta qué punto tanto España como la propia Argelia desconocen esta historia. Cid insiste en que Orán “está muy conectada a lo largo de la historia con la historia de nuestro país”. Rachid lo formula como una reivindicación: “Hay que investigar y hay que cuidar lo que queda de esta historia”. Ambos apuntan al mismo vacío: la ausencia de un relato compartido que explique por qué Orán fue durante siglos una de las ciudades más españolas del norte de África sin dejar por ello de ser profundamente argelina.
Pascale, por su parte, vincula toda esa historia a una conciencia más íntima, consciente de que ella misma simboliza el final de una presencia. De una lengua que se apaga con los ancianos. De una forma de habitar Orán que desaparece. De la imposibilidad de transmitir intacto un mundo que ya no existe. Su familia vive repartida entre Francia y España. Ella, en cambio, permanece en la ciudad. La última. La que todavía puede cambiar del español al francés. La que todavía sabe dónde estuvo la fábrica de turrón, cómo se vivía en Gambetta, qué palabras se usaban y qué tipo de magia española tenía Orán.
El legado español de Orán resiste en ruinas. En las fortalezas y la Alcazaba, en la iglesia de San Luis y en la Puerta de Canastel, en Gambetta y en la Marina. La ciudad conserva ese pasado a dentelladas. En un arco con escudo español. En un plato de calentica. En una palabra como “chancla”.
También pervive en algo más frágil: en la memoria de quienes aún pueden darle sentido. En testimonios como el de Pascale y Eliane sobre la ciudad que fue española, francesa y argelina al mismo tiempo, y cuyos vestigios -materiales e inmateriales- se desmoronan hoy sin que nadie parezca preocupado por la pérdida. Pascale habla con la paz de quien ha decidido prepararse para la despedida, para el cierre de una memoria familiar inevitable: “Nunca me he sentido extranjera en Orán y ahora, de vez en cuando, sí. Mi madre murió hace 4 años. Antes me decía: 'Todo esto para terminar así'. Pero ya no. Ya no me perturba”.
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