En Rabuni, el corazón administrativo de los campamentos de refugiados saharauis en la provincia argelina de Tinduf, el conflicto del Sáhara Occidental se cuenta a través del metal. En el Museo del Ejército de Liberación Popular —un recinto levantado en mitad del desierto— se acumulan décadas de guerra en forma de morteros, blindados y restos de munición. Para el Frente Polisario es, además de una exposición, un archivo político y militar de su guerra con Marruecos. Cada pieza, incautada por los saharauis a lo largo de los años, tiene un origen, viniendo la mayoría de Europa, incluyendo armamento español.
El recorrido comienza casi sin transición, entre filas de piezas capturadas que “prueban quién ha armado a Marruecos durante décadas”. No hay vitrinas sofisticadas ni cartelas museísticas al uso. Hay armas. Y hay un mensaje. “Aquí las tenemos. Estas son del Ejército español”, señala uno de los responsables del ejército saharaui, mientras apunta a varios morteros alineados en una de las salas. “Todo esto se lo hemos quitado a Marruecos”.
La escena se repite a lo largo de la visita. Cada pieza es señalada, explicada y contextualizada. Algunas destacan por su origen. Otras, por su uso. Y otras, por lo que simbolizan, como las bombas de racimo, o los restos de un caza Mirage F-1 francés que se pueden encontrar antes siquiera de llegar al corazón del museo.
Un arsenal con sello occidental
Entre el material expuesto hay de todo, desde morteros pesados de 120 milímetros hasta vehículos blindados, piezas de artillería de campaña y restos de sistemas de munición utilizados en combate. No hay un orden clásico, sino una acumulación deliberada que busca impactar. Las armas no están contextualizadas con grandes paneles explicativos, sino a través del relato directo de los mandos saharauis, que van pieza a pieza reconstruyendo su origen y su uso en el campo de batalla.
En una de las salas, unos tubos metálicos apoyados sobre sus bases llaman especialmente la atención. Son morteros. “Estos son morteros de 120 milímetros españoles”, explican, deteniéndose unos segundos más de lo habitual. No es casual. El señalamiento del origen forma parte central del discurso. A su alrededor, otras piezas similares muestran variaciones en diseño, calibre o acabado, con lo que buscan reflejar el origen de cada una de las piezas.
El recorrido continúa apenas unos metros más allá, donde el mosaico se amplía. “Estos son franceses… estos americanos… estos otros de fabricación común entre Austria, Alemania…”, enumeran casi sin pausa, señalando cañones, mecanismos de disparo y estructuras metálicas que, a ojos no expertos, podrían parecer similares, pero que para ellos representan trayectorias distintas dentro del mismo conflicto.
La diversidad del arsenal expuesto permite reconstruir, según el Polisario, el flujo de armamento hacia Marruecos durante décadas. No se trata de un único proveedor ni de un solo momento histórico, sino de una suma de suministros que abarcan diferentes países y etapas.
"Circuitos vinculados a la OTAN"
En otro punto del museo, una pieza de mayor tamaño rompe la monotonía de los morteros. Es un cañón de 105 milímetros. Su estructura, más robusta y con mayor capacidad de alcance, lo sitúa en otra categoría dentro del campo de batalla. “Es británico”, explican. Pero inmediatamente matizan que “no llegó a Marruecos directamente desde Reino Unido”. Según el relato saharaui, su incorporación se produjo “a través de circuitos vinculados a la OTAN”, lo que, a su juicio, refuerza la idea de una implicación indirecta de aliados occidentales en el conflicto.
El recorrido avanza entre piezas que, más allá de su función militar, actúan como elementos de un discurso político. Cada arma es presentada no solo por lo que es, sino por lo que representa, una cadena de suministro, una alianza internacional o una decisión política tomada lejos del desierto.
“Todo esto se lo hemos quitado a Marruecos”, repiten en varias ocasiones. La frase funciona como hilo conductor. El museo no exhibe armamento adquirido, sino capturado. Y esa distinción es clave en la narrativa del Polisario. Según explican, muchas de estas piezas fueron “recuperadas en enfrentamientos directos”, en operaciones detrás del muro o tras la destrucción de posiciones marroquíes.
El botín de guerra como estrategia
La base del arsenal saharaui, según relatan durante la visita, no ha sido la compra de armamento en el mercado internacional, sino su captura en el propio campo de batalla. Una lógica que atraviesa todo el discurso del Polisario y que explica, en gran medida, la composición heterogénea del material que hoy exhiben en Rabuni. Aun así, reconocen abiertamente que en la actualidad la principal ayuda exterior procede de Argelia, su aliado clave en la región.
Durante los años más intensos del conflicto, especialmente en las décadas de los setenta y ochenta, las fuerzas del Ejército de Liberación Popular Saharaui desarrollaron una estrategia basada en ataques directos, movilidad en el desierto y golpes sobre posiciones marroquíes que les permitieron no sólo resistir, sino también abastecerse.
“A lo largo de 16 años de lucha hemos capturado alrededor de 4.000 soldados y oficiales marroquíes”, explican. La cifra no se presenta sólo como un dato militar, sino como una muestra de la intensidad de los enfrentamientos. Junto a los prisioneros, aseguran, llegaron también vehículos, piezas de artillería, munición y documentación militar que fue incorporándose progresivamente a su estructura.
Esa lógica del “botín de guerra” no se limita al pasado. Aunque el conflicto ha cambiado de forma y visibilidad, el Polisario insiste en que la actividad militar continúa. “Desde el 13 de abril de 2020 hasta hoy se han realizado alrededor de 4.000 misiones militares contra el ejército marroquí”, aseguran.
Bombas de racimo, minas y guerra en el desierto
El museo no solo muestra armamento convencional. En una de las zonas menos visibles del recorrido, lejos de las piezas más voluminosas, aparecen restos de munición. Fragmentos metálicos, carcasas abiertas y pequeños artefactos dispersos que, según explican, corresponden a bombas de racimo.
“Son completamente ilegales”, advierten con rotundidad. A diferencia de los morteros o los cañones, aquí el énfasis no está en el calibre o el alcance, sino en sus efectos. Los mandos saharauis se detienen a explicar su funcionamiento con detalle. “Un sólo artefacto puede dispersar cientos de submuniciones”. El problema, subrayan, no es solo el impacto inicial, sino lo que ocurre después. “Algunas no explotan en el momento y quedan activas durante horas o días”.
El riesgo, insisten, recae especialmente sobre la población civil. A diferencia de otros sistemas de armamento más dirigidos, este tipo de munición extiende su efecto sobre grandes superficies, sin distinguir entre objetivos militares y áreas de tránsito habitual.
2.700 km de muro
El muro que divide el territorio —más de 2.700 kilómetros de extensión— aparece como la estructura central de ese sistema. No es solo una barrera física, sino un entramado defensivo complejo. “Desde cada 10 o 15 kilómetros hay una base grande y varias más pequeñas”, explican, dibujando una línea continua de vigilancia y control a lo largo del desierto.
Entre esas posiciones, el terreno queda marcado por otro elemento constante, las minas. No se ven, pero condicionan todo. “Es una zona completamente minada”, vienen a resumir. La consecuencia es un espacio donde el movimiento está limitado incluso en ausencia de combates activos.
Esa realidad afecta también a la vida cotidiana. “Los civiles que entran en las zonas liberadas lo hacen sin coches”, explican. El motivo no es solo la dificultad del terreno, sino el riesgo de ser detectados y atacados. “Porque si ven un coche los bombardean con drones”.
Documentos de guerra
Más allá del metal, de los calibres y de las piezas de artillería, el museo de Rabuni reserva un espacio menos llamativo a primera vista, pero igual de relevante en el relato del Polisario dedicado a los documentos. Carpetas, hojas mecanografiadas, informes con sellos oficiales y papeles envejecidos por el tiempo que, según explican, aportan una dimensión distinta al conflicto.
“Aquí se reconoce la preparación de la invasión antes incluso de la salida de España”, explican mientras muestran varios informes fechados en 1974. La fecha no es menor. Para el Polisario, sitúa la planificación de la entrada marroquí en el Sáhara Occidental antes de los Acuerdos de Madrid, reforzando su tesis de que la ocupación no fue una reacción improvisada, sino una operación diseñada con antelación.
Los papeles, muchos de ellos mecanografiados, incluyen —según su interpretación— referencias a movimientos de tropas, organización de unidades y previsiones operativas. No son documentos pensados para el público, sino registros internos.
Junto a estos informes, el museo conserva otro tipo de material incautado al ejército marroquí, órdenes de captura, listados administrativos, comunicaciones militares y registros vinculados a la gestión del territorio. Documentos que, en conjunto, permiten reconstruir no sólo la dimensión estrictamente bélica, sino también la estructura de control desplegada sobre el terreno.
Algunos están escritos en francés, otros en árabe, reflejando los distintos niveles administrativos y las influencias en la organización militar marroquí. Muchos presentan sellos, firmas o anotaciones que, según explican, permiten rastrear su origen y autenticidad.
España, en el centro de la crítica
El recorrido por el museo está atravesado por una acusación constante a España y al resto de países de la Unión Europea por su participación en la venta de armas a Marruecos para luchar contra el el Polisario. En el caso de España, la acusación no es sólo por su papel histórico, sino por su posición actual.
El Polisario defiende que “los gobiernos de España no han cambiado nunca su postura” y aseguran que “han permitido la invasión, han permitido el exilio y han ayudado a Marruecos en su guerra”.La presencia de armamento español en el museo refuerza ese discurso. “Esto era español”, repiten durante la visita. No como un dato técnico, sino como un reproche político.
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