En el corazón del madrileño barrio de Carabanchel, unas ochenta personas aguardan con especial ilusión la visita del papa León XIV a España el próximo mes. Son los residentes del centro CEDIA de Cáritas para personas sin hogar, que será la primera parada que el pontífice hará en la capital nada más bajar del avión. Todos ellos han recibido con sorpresa y alegría la noticia, que esperan dará visibilidad a su situación.
Una de estas personas es Ernesto Herrera. Sentado frente a uno de los ordenadores que el centro pone a disposición de los internos, comenta entre risas que es el "veterano" del CEDIA, tanto por edad como por los dos meses y medio que lleva con ellos.
Aunque se define como ateo, se muestra entusiasmado por la visita de León XIV: "Quizás me embulle". Su presencia en el centro para personas sin hogar de Carabanchel le parece "una cosa muy buena", porque cree que ayudará a afincar la ayuda a los más vulnerables en nuestro país.
Llegó el verano pasado a España desde Estados Unidos, donde residió durante veintiséis años. ¿El motivo de su salida de territorio norteamericano? Las deportaciones masivas a raíz de la política migratoria de Donald Trump. Sin entrar en detalles, explica que su expulsión por parte del ICE se debe a un problema que tuvo hace años.
Un cubano con sangre española
Cuando le llegó la orden de deportación, Ernesto no tenía su pasaporte cubano en regla. "Aunque, de todos modos, yo no quería ir para Cuba porque la situación allí está muy mal", puntualiza. Sin embargo, su pasaporte español sí estaba vigente, por lo que se vino directo para nuestro país.
Obtuvo la nacionalidad española en el año 2000, gracias a su madre, que nació en Baleares pero se trasladó a Cuba de niña junto a sus padres. La situación económica durante la posguerra española impulsó a sus abuelos fuera del país.
Estoy operado de cáncer de próstata, tengo bypass en el fémur izquierdo, soy hipertenso
Ahora, su situación en España no es fácil. El CEDIA de Carabanchel es un centro de corta estancia, un lugar transitorio hacia soluciones más duraderas. Así, buena parte de su labor se enfoca a ofrecer recursos para que los residentes encuentren trabajo y alojamiento. Una tarea complicada para Ernesto, con una salud muy deteriorada.
"Estoy operado de cáncer de próstata, tengo bypass en el fémur izquierdo, soy hipertenso", enumera. A estos problemas se añade su edad, 64 años, con la que ninguna empresa quiere contratarlo. Por ello, desde el centro están tramitando su traslado a otro lugar donde pueda recibir la atención especializada que precisa.
El "coronel" quiere conocer al Papa
Aunque Ernesto se muestra esperanzado ante el posible traslado, ve un problema: "Me parece que ya no estaré aquí para la visita del Papa, es una lástima". No obstante, le ilusiona que los otros residentes del centro vayan a poder conocer a León XIV.
"Son jóvenes que tienen mucho futuro aquí en España, si lo desean pueden salir adelante en cualquier momento, sin problema ninguno. Yo quisiera salir adelante, pero tengo la traba de la enfermedad y de la edad", dice sobre sus compañeros, que lo han apodado "el coronel".
Sentado frente al ordenador, una joven le pide que le ponga a cargar el móvil, demanda que atiende al instante. Mientras, no aparta la vista de la pantalla, donde sigue con atención un documental sobre Cleopatra. "Me gusta la historia antigua porque es la que más enseñanzas da", reflexiona.
Personas de todas las procedencias
Ernesto es una de las muchas personas que pasan por el centro de Cáritas. El año pasado, los trabajadores y voluntarios del CEDIA atendieron a 2.562 personas. Sin embargo, solo 880 pudieron acceder a una de sus limitadas plazas, según su responsable, Juanjo Gómez. "De cada diez personas que vienen solicitando ayuda, hay días que tenemos que rechazar a siete", lamenta.
Uno de los trabajadores sociales del centro, Javier Ródenas, explica que hay 180 personas en lista de espera para acceder a una de las 67 plazas para pasar la noche en el CEDIA (27 para mujeres y 40 para hombres). Por ello, no pueden decir que "sí" a todo el mundo: el rango de edad de los residentes es de los 18 a los 65 años.
Más allá de esta limitación, el perfil de sus usuarios es muy variado. Hay españoles, como Carlos, un joven de 35 años que se enteró de la existencia del centro por un amigo: "Nos puede pasar a todos, vivir en la calle no es una situación grata". En su caso, la crisis de vivienda le está dificultando encontrar un techo propio que llamar hogar.
Pero también acogen a muchos extranjeros. Aunque la mayoría proceden de Latinoamérica, el Magreb o el África Subsahariana, algunos llegan de países tan remotos como Vietnam. Es el caso de Edgar, un hombre que ha estado acudiendo intermitentemente al CEDIA durante varios años.
Una realidad cambiante
A lo largo de los casi cincuenta años de vida del proyecto, CEDIA se ha ido adaptando a la evolución del sinhogarismo en nuestro país. Tras atender con especial atención a la situación de las mujeres en situación de calle -que representan el 22% de sus usuarios-, Ródenas detalla que ahora están poniendo el foco en los jóvenes.
"De dos años a esta parte hemos detectado una mayor presión de los jóvenes que se cuenta en situación de sin hogar y la media de edad ahora mismo en el centro son 30 años", asegura. Los motivos son variados, pero se relacionan con los problemas que relata Carlos: el encarecimiento de los alquileres, la dificultad de acceso a una vivienda o la precariedad laboral.
Nosotros intentamos llegar donde no llegan las instituciones públicas, pero la responsabilidad es del Estado
De hecho, se da la situación de que algunos de los usuarios del centro son personas que trabajan, pero no pueden permitirse pagar un alquiler. Aun así, la mayoría no tienen empleo, aunque el 20% de los que llegan desempleados al centro acaban encontrando trabajo gracias a CEDIA.
Sin embargo, el responsable del centro lo deja claro: "Nosotros intentamos llegar donde no llegan las instituciones públicas, pero la responsabilidad es del Estado", sentencia.
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