Putin ha emprendido una campaña sobre la "rusofobia polaca" con una revisión tergiversada sobre la matanza de Katyń. El asesinato de 22.000 ciudadanos polacos, entre ellos muchos oficiales, en la primavera de 1940, ejecutado por los soviéticos en este bosque, desmonta su narrativa antifascista. Fue posible gracias al reparto de Polonia de nazis y soviéticos tras el pacto Molotov-Ribbentrop, en agosto de 1939. La URSS lo quiso ocultar y atribuyó la masacre a los nazis. La negación de estos crímenes acabó con Gorbachov, pero Putin se niega a admitir los vínculos de la URSS con los nazis. Putin ve a Polonia, un país eslavo próspero en la UE y en la OTAN, como una amenaza. Su pasado también: demuestra que su relato antifascista tiene lagunas llenas de sangre polaca.
Sangre como la de Władysław Dachowski. "Os echo de menos a ti y a los niños, pero por ahora no veo ningún indicio […] de que ese deseo se haga realidad", escribió el subteniente en la reserva desde el campo de prisioneros soviético de Kozelsk. Era principios de marzo de 1940. "Se acerca la primavera, el letargo invernal llega a su fin, probablemente nos espera un viaje hacia lo desconocido", anotó el oficial. Tenía 38 años.
Efectivamente emprendieron un viaje, primero en tren hasta la estación de Griezdow, cerca de Smolensk. Muchos quisieron creer que los liberaban. Pero no era así. Les trasladaron en las furgonetas conocidas como chernyi voron (cuervos negros) hasta el bosque de Katyń. Allí miembros del NKVD, a cargo de la red de campos de concentración, los ejecutaban de un disparo en la nuca. También hubo asesinatos de miembros de la élite polaca en Járkov y Kalinin. En total, la NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la URSS) exterminó a unos 22.000 ciudadanos polacos, entre ellos muchos oficiales y soldados del Ejército polaco. También había ingenieros, escritores, periodistas, artistas... "Este crimen genocida sigue siendo hoy en día una dolorosa herida en nuestra memoria nacional", señala el historiador Karol Polejowski, en un artículo titulado La herida de Katyń.
Fecha clave: primavera de 1940
La barbaridad fue posible gracias al pacto entre la Unión Soviética comandada por Iósif Stalin y el régimen nazi de Adolf Hitler. En el verano de 1939 firmaron un pacto de no agresión (Molotov-Ribbentrop) y el 1 de septiembre la Wehrmacht invadía Polonia. El Ejército Rojo lo haría dos semanas y media después. Nazis y bolcheviques se repartieron Polonia. En la película de Andrzej Wajda sobre la masacre, en la que mataron a su padre, Jakub Wajda, se escenifica en la primera escena cuando se cruzan familias que huyen de los nazis con las que buscan refugio por la entrada de los soviéticos.
Andrzej Wajda la rodó en 2007, ya octogenario, con una lucidez impactante. El filme se basa en Post Mortem, una obra del periodista y escritor Andrzej Mucarczyk. El director dijo a The Guardian que quería mostrar la matanza con toda su crueldad. Refleja con detalle cómo las familias no solo tuvieron que lidiar con el dolor de la pérdida sino también con la manipulación del crimen. Ni siquiera podían colocar una lápida simbólica con la fecha de la muerte, 1940. Así quedaba en evidencia que la matanza fue antes de la Operación Barbarroja, cuando Hitler rompió el pacto con Stalin e invadió la Unión Soviética.
Hallazgo de las fosas por los nazis
Nazis y soviéticos impusieron un régimen de terror en Polonia, una vez que acordaron su reparto. Antes de lo que Rusia llama la Gran Guerra Patria, que comienza en 1941, cuando Hitler les declara la guerra. A finales de 1939 los soviéticos capturaron a oficiales polacos en activo y en la reserva, es decir, gran parte de la élite del país. Fue Lavrentiy Beria, jefe de la NKVD, quien pidió a Stalin que los fusilaran sin juicio por ser "enemigos acérrimos". El Politburó dio luz verde el 5 de marzo de 1940. También quisieron acabar con las familias.
Los soviéticos dejaron los cadáveres enterrados en los bosques de Katyń. Allí siguen salvo una urna simbólica que se depositó en Wawel, en Cracovia. Arrojaron junto a ellos muchas de sus pertenencias. Su objetivo era que nunca se descubriera su crimen. Pero las tropas nazis encontraron las fosas comunes en abril de 1943. Quisieron dar a conocer al mundo la masacre cometida por los soviéticos con el objetivo de dividir a los aliados. Así llevaron a finales de mayo a tres periodistas junto con un grupo de trabajadores polacos. Józef Mackiewicz relató lo que vio en Katyń en Goniec Codzienny, un diario publicado en Vilna por los ocupantes nazis.
Miles de cadáveres apilados
"El bosque de Katyn no es grande. Cubre unas pocas hectáreas. Hoy, la entrada está custodiada por un guardia, una barrera y un letrero con una inscripción apropiada. El camino de tierra se hace más profundo, resbaladizo por los neumáticos de los coches. Desde allí, solo hay una docena de pasos. Al salir del coche, nos sorprendió el interior de un bosque, propio de nuestra zona climática —la misma que la de Vilna—, compuesto de pinos jóvenes, abedules, musgo y hierba fresca de primavera. Pero no olía ni a musgo húmedo ni a agujas de pino. Un hedor horrible, dulzón y pegajoso a muerte nos invadió. A pesar del frío y el viento, era tan fuerte que instintivamente retrocedí un paso, y fue entonces cuando pisé algo que cedió bajo mi pie. Era una gorra de oficial polaco con el ala verde oscuro de nuestra artillería", relata Mackiewicz.
Relata cómo se quedó impresionado al ver "miles de cadáveres humanos, todos con los uniformes de oficiales polacos... ¡La flor de la intelectualidad, la caballería de la nación! Forman capas y capas de cuerpos humanos, uno encima del otro. En este terrible momento, me viene a la mente una comparación espantosa, como una enorme caja de sardinas. Están apilados como sardinas, desplazadas ahora por los pies, ahora por la cabeza, apretadas, aplastadas en el jugo cadavérico, que en el fondo de algunas fosas a veces se asienta en un líquido verde y muerto, que no refleja ni las copas de los árboles ni las nubes en el cielo. Nos descubrimos la cabeza y nos quedamos inmóviles..."
También añade cómo muchos de ellos llevaban consigo los últimos mensajes de sus hijos. "Querido papá, estamos preocupados porque no tenemos noticias ni cartas. Hemos enviado 100 rublos y un paquete, y las cosas que papá pidió. Estamos bien de salud y en el mismo sitio. Por favor, no tengas miedo. Cuando nos veamos... Firmado: Tu Stacha, 15 de febrero de 1940". Muchos repetían: "Cuando vuelvas", "cuando estemos juntos de nuevo"... a esa esperanza se aferraron las víctimas y sus familias.
Giro en 1990 y regresión con Putin
Los soviéticos negaron su relación con la matanza y acusaron a los nazis. No les importó que la Cruz Roja realizara un informe en 1943 sobre su autoría. En la Polonia comunista se impuso ese relato.
En la primavera de 1990, las autoridades de Moscú admitieron finalmente que la masacre de Katyń fue "uno de los graves crímenes del estalinismo". Gorbachov entregó al general Jaruzelski miles de documnentos sobre la matanza. También se abrieron los cementerios de guerra polacos en Járkov, Katyn, Médnoye y Bykivnia.
El Parlamento ruso aprobó en 2010 una declaración solemne en la que se pedía perdón a Polonia por la masacre cometida en Katyn por la policía secreta soviética. Justo ese año en un fatídico accidente aéreo perdió la vida el presidente polaco, Lech Kaczyński, y un selecto grupo de diputados, generales, empresarios... Acudían a conmemorar el 70º aniversario de la masacre. El avión cayó en Smolensk, cerca de Katyń. Trauma sobre tragedia.
Hoy en día el Kremlin vuelve a atribuir a la Alemania nazi la matanza de la élite polaca. La exposición junto a las fosas comunes alude a los "diez siglos de rusofobia polaca". Junto a los restos de los oficiales polacos asesinados a órdenes de Beria. Está organizada por la Sociedad de Historia Militar Rusa, que estableció Putin en 201 para "contrarrestar los intentos de distorsionar la historia rusa".
Un museo-santuario en Varsovia
Desde hace más de una década Varsovia rinde homenaje en el Museo de Katyń a la memoria de las víctimas y de sus familias. En suma, Polonia trata así de curar su herida. En la Ciudadela, unas fortificaciones del siglo XIX alojan un centro de memoria que es a la vez un santuario.
El recorrido arranca en una plaza donde un centenar de árboles evocan los bosques de Katyn. Junto a ellos unos bloques de hormigón con ruedas como los vagones en los que hicieron su último viaje los oficiales e intelectuales polacos.
La exposición del museo en el interior de la caponera presenta tanto el contexto histórico como el destino individual de las víctimas. Los arquitectos Jan Belina-Brzozowski y Konrad Grabowiecki, del estudio BBGK, destacan que el museo fue un intento de crear un lugar que no solo narrara la historia, sino que también se identificara con ella. "Con el Museo de Katyn, la Ciudadela de Varsovia se ha convertido en un lugar de recuerdo de la masacre de Katyn. La concepción del museo como un lugar de reflexión, silencio y recuerdo, sin la grandilocuencia de las formas dramáticas, lo ha convertido en una arquitectura atemporal", apuntan los creadores.
Destacan en el museo las vitrinas cuadradas en tono ámbar en las que pueden observarse las pertenencias de las víctimas. Son reliquias. Hay placas de identificación, crucifijos. botones, cepillos de dientes, peines con dos o tres púas, botes con medicinas, incluso un termómetro que aún funciona. También hay muchas postales de las que recibieron los reclusos de sus familias. Dan testimonio del amor que les profesaban. Y de la esperanza de que su calvario terminara algún día.
No fue así. Sus vidas quedaron truncadas. Y las de sus familias. También toda la nación quedó amputada, con una herida abierta. Solo con el reconocimiento de lo que realmente sucedió puede sanar. Los que insisten en tergiversar la historia finalmente solo se harán daño a sí mismos y a sus pueblos.
Al final del recorrido, una serie de pilares simboliza el papel que desempeñaban los que se fueron: artista, escultor, periodista, escritor, pintor, diputado, abogado... todos ellos en la Avenida de los Ausentes. Al salir un corte en el muro nos lleva a salir por la escalera de ladrillo desde donde se vislumbra el cielo, o a hundirnos en las profundidades del muro. Quienes usurpan la memoria caen en ese abismo.
Te puede interesar