Mediados de 1996, Afganistán. Una cueva de Spin Ghar en Tora Bora es testigo de cómo Khalid Sheikh Mohammed (KSM) plantea por primera vez a Osama bin Laden y Mohammed Atef la idea de utilizar aviones comerciales como armas. La propuesta sería confirmada dos años después en Kandahar, tras varias reuniones que convencerían a la cúpula de Al Qaeda de dar luz verde a la tragedia, de la que hoy se cumple un cuarto de siglo, que cambiaría el mundo. Una serie de cumbres logísticas después —la última celebrada en Tarragona—, la conocida como "operación aviones" fijó cuatro blancos: la Casa Blanca, el Capitolio, el Pentágono y el World Trade Center. El resultado final terminó sepultando a Manhattan bajo una densa marea de polvo y cobrándose la vida de cerca de 3.000 personas.
Aquella fue la génesis oficial del ataque, pero frente al esfuerzo del Informe de la Comisión del 11-S por cerrar el debate sobre la autoría terrorista, comenzaron a circular relatos de todo tipo. Las teorías fluctuaban entre el absurdo —como el mito del tesoro de los Illuminati oculto bajo el World Trade Center— y dudas aparentemente más razonables: ¿a qué se debieron las atípicas operaciones bursátiles registradas los días previos con acciones de aerolíneas como American Airlines? ¿Es cierto que hubo empleados judíos avisados con antelación que evitaron ir a trabajar?
Recelos antes que complicidad
Richard Clarke, exasesor antiterrorista de las administraciones de Bill Clinton y George W. Bush, reconoció sin ambages los errores cometidos: "Su Gobierno les falló. Quienes tenían la responsabilidad de protegerles les fallaron. Y yo les fallé". Aquella contundente confesión puso de manifiesto las graves deficiencias en la prevención de los atentados, pero no logró frenar la aparición y expansión de las teorías conspirativas.
Con el tiempo, diversos expertos subrayaron las carencias de coordinación que habían contribuido a que las señales de alarma no fueran atendidas. Manuel Ricardo Torres, catedrático en ciencias políticas, apunta precisamente en esa dirección: "La cooperación entre las distintas agencias era muy deficitaria". La CIA y el FBI manejaban por separado piezas de información que, de haberse compartido, "hubiesen permitido tener una imagen mucho más cercana a la realidad". Pero constatar negligencias, fallos de coordinación y oportunidades perdidas es una cosa; convertirlas en prueba de una conspiración, otra muy distinta. Una diferencia especialmente relevante cuando el foco se desplaza hacia Arabia Saudí.
Arabia Saudí: miedo e inacción, no connivencia
La sombra de la sospecha ha planeado durante años sobre el papel de Arabia Saudí en los atentados. Y, en este caso, la teoría conspirativa parte de un elemento real: antes del 11-S, la cooperación saudí en la persecución de las redes radicales "era muy deficiente". Torres describe en conversaciones con El Independiente al país como un "estado intimidado", atrapado entre la necesidad de combatir el extremismo y una compleja alianza entre la monarquía y un entramado religioso de carácter rigorista. Una parálisis que permitió a los radicales disfrutar de "bastante libertad de movimiento"; de ahí que, 15 de los 19 secuestradores, fueran ciudadanos saudíes. Una presunta culpa in vigilando que no equivale a complicidad: el catedrático descarta que los terroristas actuaran "en connivencia con el propio Estado", una distinción sustancial que cambia por completo el alcance de esa acusación.
La investigación oficial llegó a una conclusión similar. El Informe de la Comisión del 11-S señaló que no había encontrado pruebas que implicaran al Gobierno saudí como institución y tampoco concluyó que altos funcionarios saudíes, a título individual, hubieran financiado la organización de los atentados. Pero tampoco presentó al país como un actor completamente ajeno al fenómeno: Arabia Saudí era un terreno especialmente favorable para la financiación privada del extremismo, hasta el punto de que "la sociedad de Arabia Saudí era un lugar donde Al Qaeda recaudaba dinero directamente de individuos y a través de organizaciones benéficas".
La realidad resulta mucho menos novelesca. Hubo, sí, un Estado negligente y posiblemente displicente ante el avance del radicalismo, en el que Al Qaeda encontró recursos, adeptos y espacio para actuar; sin embargo, no se ha demostrado que existiera un patrocinio estatal a favor de su causa.
El mito de los miles de empleados judíos
Si las sospechas sobre Arabia Saudí podían apoyarse en una negligencia documentada, la teoría que apunta directamente a Israel y a los ciudadanos judíos se encuentra, a juicio de Torres, en un terreno "mucho más endeble". Según explica el catedrático, aquí opera un sesgo con hondas raíces históricas: la conversión sistemática de Israel y de los judíos en el "sospechoso habitual" de casi cualquier cosa que pasa en el mundo.
La teoría en torno a esta comunidad sostiene que miles de empleados judíos fueron advertidos de los atentados y dejaron de acudir a las Torres Gemelas aquel 11 de septiembre. Son "afirmaciones que no son ciertas", sentencia el experto. La historia surgió, en parte, de una interpretación manipulada por una alerta consular destinada a localizar a unos 4.000 israelíes que podían encontrarse en el área de Nueva York. El dato, convertido posteriormente en una supuesta advertencia previa, terminó alimentando uno de los mitos más persistentes alrededor de los atentados.
Los hechos documentados apuntan en dirección contraria: cientos de judíos y decenas de israelíes murieron aquel día. Además, los informes de inteligencia previos al ataque ya advertían de que Al Qaeda preparaba un "golpe severo" contra "intereses estadounidenses e israelíes". El propio relato de los terroristas estaba atravesado por un odio fanático hacia lo que identificaban como un supuesto "movimiento judío global".
¿Por qué no se investigaron mercados?
Otra de las grandes incógnitas que dejó la tragedia surgió lejos de las Torres Gemelas, en los mercados financieros. En los días anteriores al 11-S se detectaron movimientos bursátiles que algunos interpretaron como la posible huella de inversores que conocían de antemano lo que iba a suceder.
La profesora María Dolores Oliver señala que, efectivamente, se registró un "volumen elevado de compras de opciones de venta en títulos de American Airlines y United Airlines, además de desviaciones significativas en opciones sobre el S&P 500". Sobre el papel, esos movimientos podían parecer "compatibles con la existencia de información privilegiada". Pero la estadística, por sí sola, no resuelve el misterio: como explica Oliver, aquello "no demuestra que los operadores tuvieran un conocimiento anticipado de los atentados".
Pero el economista Ángel Tornero detectó algo con escaso respaldo documental: prácticamente nadie se molestó en auditar los mercados más líquidos. Según explica Tornero, un pico atípico en un solo día dista de probar el uso de información privilegiada, pues un inversor astuto habría camuflado sus operaciones en gigantes como el oro o el petróleo. La gran grieta del análisis, insiste el experto, es que apenas se investigó si esos grandes mercados registraron sacudidas atípicas similares.
La investigación del FBI y la SEC terminaron por ofrecer una respuesta mucho más concreta: las autoridades rastrearon a los inversores detrás de las operaciones consideradas sospechosas y encontraron explicaciones ajenas al conocimiento previo de los atentados. Según reveló el informe, el pico registrado en United Airlines estaba relacionado con una estrategia habitual de cobertura de un fondo estadounidense, mientras que el movimiento de American Airlines se atribuyó a la recomendación masiva realizada por un boletín financiero.
El acero, el fuego y la hipótesis de la demolición
Las causas del colapso del World Trade Center también abrieron un enconado debate entre el discurso oficial y la sospecha conspirativa, sustentado en argumentos técnicos opuestos. Por un lado, el físico Steven E. Jones sostuvo que la caída de los edificios fue una demolición controlada con explosivos y termita. Para ello, basó su postura en la presencia de metal fundido, la alteración química de las vigas, la velocidad y simetría del derrumbe, los testimonios de explosiones y la premisa de que los rascacielos estaban diseñados para resistir impactos de aviación y no caen solo por fuego.
Frente a esto, el ingeniero Jesús Martínez aclara que el acero no necesita fundirse para colapsar, sino que pierde la mitad de su resistencia a solo 600 °C. Martínez cuenta que el impacto destruyó pilares clave y obligó a las estructuras restantes a soportar más peso a altas temperaturas hasta ceder. Además, recalca que ningún edificio se diseña para impactos aéreos por inviabilidad económica y que las estructuras metálicas colapsan con frecuencia ante incendios prolongados.
Aunque la Comisión del 11-S no respondió directamente a la teoría de Jones, su informe concluyó que no había rastros de explosivos, atribuyendo los estruendos reportados a bolas de fuego de combustible bajando por los ascensores y a la onda expansiva del derrumbe de la torre vecina.
Irak: la gran conspiración
Pero si hubo una teoría conspirativa que encontró un terreno especialmente fértil, fue la que nació del empeño de algunos sectores del Pentágono por señalar a Bagdad. Según esta interpretación, Estados Unidos habría permitido o incluso facilitado los atentados del 11-S para utilizarlos como pretexto con el que emprender una guerra en Oriente Medio. Las dudas se alimentaron desde las primeras horas: la misma tarde de los ataques, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, admitió que "su instinto era golpear a Saddam Hussein al mismo tiempo, no solo a Bin Laden". Días después, su "número dos", Paul Wolfowitz, insistió en incluir a Iraq en "esta ronda", en respuesta a un supuesto "fallo de imaginación" que, a su juicio, no podía repetirse.
Pero una cosa era que algunos responsables de la Administración contemplaran desde el principio la posibilidad de atacar Iraq y otra muy distinta que los atentados formaran parte de un plan preconcebido. La propia inteligencia estadounidense no encontró pruebas convincentes que vincularan a Bagdad con el 11-S: un informe elaborado pocos días después concluyó que no había un "caso convincente" para sostener que Iraq hubiera planificado o perpetrado los ataques y consideró débil la evidencia sobre una relación operativa entre Saddam Hussein y Bin Laden. Hubo, por tanto, interés político en explorar la vía iraquí desde las primeras horas, pero eso no constituye por sí mismo una prueba de que el 11-S fuera concebido como un pretexto para invadir Iraq.
Hoy, veinticinco años después, los datos se imponen al mito: frente al refugio de las teorías conspirativas, la realidad fue mucho más triste: el 11-S fue el resultado de la combinación mortal entre el fanatismo terrorista, las leyes de la física y los fallos de un sistema que no supo reaccionar a tiempo y en el que faltó comunicación.
Imágenes para la historia
Con motivo del vigésimo aniversario, el Servicio Secreto de Estados Unidos publicó imágenes nunca antes vistas del ataque a las Torres Gemelas del World Trade Center. Imágenes que reflejan el horror y el drama.
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