Pekín y Tokio vuelven a chocar diplomáticamente tras la realización de una ofrenda de la primera ministra japonesa Sanae Takaichi en el Santuario de Yasukuni. Pero, ¿por qué un espacio religioso en el corazón de Japón es capaz de amenazar la estabilidad regional cada primavera?
La “tumba al soldado desconocido” de Japón
Fundado en 1869 por orden del emperador Meiji, el Santuario Yasukuni (cuyo nombre significa "País en Paz") es un sitio dedicado a las almas de los guerreros que murieron sirviendo al Emperador de Japón. La idea del santuario era crear un lugar de culto nacional, según reflejan las palabras del soberano:
“Os habéis sacrificado para traer la paz a vuestro país. Este santuario ha sido creado para invocar a vuestros espíritus (...) podéis tener la certeza de que seguiremos ofreciendo plegarias por vuestros espíritus para siempre”. (Pye 2003, p. 52)
A diferencia de un cementerio convencional, en Yasukuni se cree que las almas de los caídos se convierten en kami (deidades) protectoras de la nación. En sus registros figuran más de 2,4 millones de nombres, que incluyen desde soldados de las guerras Boshin (siglo XIX) hasta la segunda guerra mundial (1939-1945), pasando por enfermeras y civiles.
La controversia
La polémica con el recinto religioso comienza en el mismo periodo de la segunda guerra mundial, cuando la administración del santuario estuvo en manos del ejército y la armada imperial hasta la finalización del conflicto. De hecho, durante la guerra, era normal que los pilotos kamikaze (pilotos de aviones suicidas) se despidieran de sus compañeros de armas diciendo: “Nos veremos en Yasukuni” (O’Dwyer 2010, p. 150).
A pesar de este tipo de detalles, hasta mediados de los años 70, el espacio no levantó tensiones palpables. No obstante, todo cambió en 1978, cuando el sumo sacerdote del santuario decidió, en secreto, incluir en los ritos de consagración a 14 criminales de guerra de Clase A. Estos hombres, juzgados por los Tribunales de Tokio tras la Segunda Guerra Mundial, fueron los arquitectos de la invasión de China y la ocupación de gran parte de Asia. Entre ellos figura Hideki Tojo, el primer ministro que ordenó el ataque a Pearl Harbor, entre otros políticos y militares japoneses de la época. El motivo detrás de su consagración fue el rechazo que sentía el sacerdote Matsudaira Nagayoshi hacia la legitimidad del tribunal de los Juicios de Tokio, ya que este había sido teniente en la armada imperial (Killmeier y Chiba 2010, p. 336).
Es por esta serie de motivos que, cuando un político japonés rinde homenaje en Yasukuni, para China y Corea del Sur, no está honrando a los soldados rasos; está validando la memoria de los hombres que supervisaron masacres, experimentos humanos y esclavitud sexual.
El neomilitarismo nipón
Esta tensión se ha mantenido en el tiempo y prueba de ello son las recientes quejas de la administración China, que hoy poseen un nuevo matiz. El portavoz chino Guo Jiakun vinculó la ofrenda de Takaichi con las políticas que se están produciendo en el Japón actual: un Japón que está aumentando su presupuesto militar y cuestionando su Constitución pacifista. Para Pekín, lo que suceda en Yasukuni no lo ven como ritos religiosos, sino como una apología al rearme del país del sol naciente.
Que Japón honre su pasado imperial mientras despliega misiles de alcance intermedio, para el diplomático chino no se trata de una coincidencia, sino un mensaje político. "El olvido de la historia equivale a una traición", sentenció la Cancillería china.
Te puede interesar