Quien espere ver lobos de Wall Street arrepentidos al pasearse por la Audiencia Nacional el día del juicio de las tarjetas black se llevará una decepción. Esto parece más bien un capítulo de los Simpson. No hay más que ver lo oportunas que son las tres frases que Homer siempre recomienda para tener éxito en la vida: “No digas que fui yo”; “Buena idea, jefe” y “Estaba así cuando llegué”.

Las dos primeras es fácil que el ex presidente de Caja Madrid Miguel Blesa las oyera muchas veces, entre 1996 y 2009, de los 65 consejeros y directivos que entonces le adulaban y ahora se sientan junto a él en el banquillo de los acusados. La última resume su estrategia de defensa en el juicio de las black. Sólo la suya contabilizó gastos por valor de 433.688 euros.

La estrategia de defensa de Blesa es la misma que usa Homer Simpson: «Estaba así cuando llegué»

Pero si tuviéramos que situar a Homer en esta historia sería más fácil imaginárselo fuera, a las puertas de la Audiencia Nacional, sosteniendo una pancarta junto al grupo de preferentistas que recibe a gritos el goteo de acusados trajeados que acuden puntuales a la cita.

“Ponte a fregar ese piso que tienes”, grita Paco, un señor de unos 70 años cuando ve llegar a Blesa. “¡Bandido! Ahora está atareado porque no tiene dinero para pagar el servicio y tiene que limpiar él solo, pobrecito, su casa de 800 metros”, ironiza con amargura. Dice que ha perdido los ahorros de su vida trabajando en un bar de Orcasitas en las preferentes de Caja Madrid. Guarda un piropo a cada uno de los acusados que desfila al otro lado de la acera: “¡Puteros!, ¡Ladrones!,  ¡Corruptos!, ¡Que habéis robado a España entera!”. A su pesar, alguna cara se le escapa. “¿Y ése quién es?”, pregunta. “Otro golfo”, explica su mujer.

“¿Y ése quién es?”, pregunta. “Otro golfo”, explica su mujer

Dentro de la Audiencia, la escena es muy diferente. Mucho traje y mucha sonrisa. Arturo Fernández, ex presidente de la Cámara de Comercio de Madrid, da un abrazo a Blesa de los de varias palmadas en la espalda cuando lo ve entrar. Fernández gastó en su cadena de restaurantes 10.495 de los 37.200 euros que figuran en los extractos de su tarjeta black. Algo, que según él mismo ha reconocido, le ayudaba a redondear las cuentas de su empresa. Más cautos, Iranzo (46.848 euros) y López Madrid (34.807), se agazapan detrás de una columna esperando a entrar en la sala sin llamar la atención de la prensa. Rodrigo Rato (99.054 euros), que es el último en llegar, habla con Iranzo con su cartera apoyada en el suelo. Es de un tamaño similar a la que llevaba cuando era ministro. Sentado en un banco, el ex jefe de la Casa Real, Rafael Spottorno, (235.818) no levanta la vista del móvil mientras espera que abran las puertas de la sala.

Una vez que los 65 acusados han ocupado sus sitios, acomodan para ver el interrogatorio a seis de los preferentistas de los que estaban fuera gritando. El trato es que no armen lío. Y se revuelven en su asiento de la última fila cuando Blesa insiste, como Homer, que aquello estaba así cuando llegó, que el sistema procedía de los acuerdos del consejo de Caja Madrid de 1988. Siempre tiene a mano un “no me consta” y un “no lo sé”. Sin embargo, pese a sus esfuerzos por no salirse del guión, el ex presidente de Caja Madrid tuvo un par de deslices.

El primero, cuando dijo que las black no eran opacas porque “la auditora tenía suficientes pistas para conocer la existencia de las tarjetas”. Como si sus cargos de 6.021 euros en la Joyería Suárez de Madrid, los 3.405 euros en la firma Louis Vuitton y los 76.642 euros en hoteles como el Ritz y el Marriot fueran miguitas de pan que él le iba dejando al auditor para que sospechara pero que este no supo ver.

El segundo lapsus fue más sutil pero mucho más literario. «No había justificación ninguna» para usar las tarjetas. Al darse cuenta, rectifica: «No se exigía ninguna justificación». Al oír el lapsus linguae, alguien debería haberse levantado inmediatamente a preguntar a gritos si había un psicoanalista en la sala.

Alguien debería haberse levantado a preguntar a gritos si había un psicoanalista en la sala

A mediodía, cuando la magistrada hace un receso para salir a tomar el aire, a los acusados les espera una sorpresa. Hay canapés esperándoles. “Yo no quise coger ninguno porque los trajo una abogada de los acusados”, explica un letrado de la acusación. El que sí que quiso coger un trozo de tortilla pero no le dejaron fue M., un preferentista que prefiere no dar su nombre. “¿Usted quién es?”, le preguntó una abogada, apartándole la bandeja, cuando iba a echar mano al canapé. “¿Yo? Uno de los que ha pagado todo esto”, espeta. Y se quedó sin probar el canapé de tortilla. “Aunque sobraban chorizos”, bromea.

De vuelta en la sala, sentados en el banquillo, el resto de acusados presta atención a la defensa de Blesa. La semana que viene les tocará desfilar a ellos. Algunos, como López Madrid e Iranzo, no levantan la vista de sus móviles. Otros bostezan o se desabrochan la chaqueta. Al final, el día es más breve de lo esperado. A la hora de comer la jueza levanta la sesión. “Vente cagando hostias a recogerme. ¿Me oyes? Cagando hostias, que no quiero que me griten los de fuera”, dice uno de los acusados por teléfono. Hubiera jurado que era el señor Burns.