«Estoy del lado de los buenos, porque estoy del lado de la ley». No se puede resumir mejor la guía de actuación de un servidor público. Más aún cuando éste es un guardia civil que ha estado a punto de morir en un atentado y ha vivido los años de plomo en el País Vasco, algunos de ellos en el emblemático cuartel de Intxaurrondo.

Los que estaban allí no eran héroes, sencillamente trataban de hacer su trabajo sin que los mataran, tal vez contando los días para obtener un traslado a un lugar menos peligroso.

Dice Luis María Blanco en la entrevista concedida a Antonio Salvador que «si algo hemos hecho bien -se refiere a los cuerpos de seguridad del Estado- ha sido derrotar policialmente a ETA». La situación que hoy se vive en el País Vasco sería impensable sin esos años de lucha despiadada, no sólo contra una organización terrorista, sino contra un clima social irrespirable, que, como hemos visto en Alsasua, todavía sigue perviviendo en determinados ambientes abertzales.

A muchos jóvenes Intxaurrondo les sonará a un escenario de ficción, que ahora se ha puesto de moda por una serie de televisión. Pero, durante mucho tiempo, aquel cuartel fue como una cabeza de playa situada en territorio hostil. Una pequeña ciudad dentro de una ciudad (San Sebastián), en la que una parte muy importante de su población era partidaria de ETA y de que los picoletos o txakurras se marcharan de allí para no volver jamás. «Que se vayan, se vayan, se vayan…» se coreaba en las fiestas de los pueblos de Guipúzcoa, justo antes de gritar: «ETA, herria zurekin» (ETA, el pueblo está contigo).

Durante un tiempo, al mando del cuartel de Intxaurrondo estuvo el coronel (luego ascendido de forma vergonzante a general) Rodríguez Galindo. Para algunos guardias era una especie de mito. Una transmutación del coronel Kurtz, personaje creado por Ford Coppola para su inolvidable Apocalypse Now.

Como Kurtz hizo en Vietnam y Laos, Galindo luchó contra ETA con sus propias armas. Es decir, utilizando la violencia, la tortura y el asesinato. Fruto de sus métodos (interrogatorio con el método de la bañera) se produjo la muerte de Mikel Zabalza en 1985. La narración del agente Pedro Gómez Nieto (revelada por Manuel Cerdán y Antonio Rubio) pone los pelos de punta: «Zabala se le ha ido de las manos, se le ha quedado en el interrogatorio. Posiblemente fue una parada cardíaca como consecuencia de la bolsa de plástico en la cabeza». Galindo fue condenado en 2003 por la Audiencia Nacional a 71 años de cárcel por el secuestro y asesinato de los presuntos etarras José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala, que se produjo en 1983 y que es conocido como el primer acto terrorista de los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación).

El caso de Lasa y Zabala fue utilizado por los proetarras para generar una espiral de odio contra la Guardia Civil. Intxaurrondo se convirtió en un símbolo de la barbarie, una especie de casa de los horrores, para el mundo abertzale.

Sin embargo, la inmensa mayoría de los guardias civiles que estuvieron allí de servicio durante los años ochenta no participaron en las tácticas de Galindo. Muchos, ni se enteraron.

Por muchos comandos que desarticulara el general Galindo, sus métodos hicieron un daño enorme a la lucha antiterrorista y también a la propia imagen de la Guardia Civil.

Volviendo a Luis María Blanco, los buenos son buenos porque están del lado de la ley. Y Galindo cruzó sobradamente esa línea pensando que el fin justificaba los medios.

Por fortuna, la Guardia Civil continuó combatiendo a ETA durante mucho tiempo en el cumplimiento estricto de la ley. Sólo así -y tras mucho sufrimiento y centenares de muertos- se ha logrado que ahora nadie tenga que mirar debajo de su coche antes de poner el motor en marcha. Por ello, a la Guardia Civil, a sus agentes, sólo podemos decirles una cosa: Gracias.