Barcelona, 1982. Nueve de la mañana de un sábado de diciembre en una casa pequeño burguesa a la falda del Tibidabo. El aroma del café de la vieja Melita de filtro de papel, carga manual y goteo paciente, lo impregnaba todo. El pan del viejo horno de San Salvador, a tocar de la Avenida del Doctor Andreu, reposaba en la encimera de la cocina para vestirlo de aceite y sal.

La red de Internet era un proyecto experimental de laboratorio, aún por nacer. Google, una travesura lingüística que bautizaba un número casi infinito, fruto de un juego infantil entre un matemático y su sobrino. Los ordenadores en los hogares, una excepción tan extraña como rudimentarias eran sus funciones. Faltaban aún cuatro años para que la televisión emitiera programación matinal y la carta de ajuste era el Sol amanecido y multicolor de las salas de estar de las ciudades españolas.

En ausencia de alternativas y para amansar los impulsos infantiles de montar madrugadores zipizapes, nuestros mayores tenían que cavilar estrategias con la tecnología disponible. En la vieja Stereo Radio Roselson -un mamotreto que exigía un calentamiento de cinco minutos para empezar a funcionar– mi “abueli” Juana intentaba sintonizar alguna emisora que programase algo ligero para horas y edades tan tempranas. No lográndolo, recurría a la discografía existente y el prodigio se obraba: Mozart daba paso a Scarlatti y éste a Hasse, Broschi, Pergolesi o Haendel.

Tostadas, magdalenas y mermelada de naranjas amargas mientras, sobre el pentagrama, se sucedían arias, sonatas entre peleas fraternales para, por disputados turnos, manipular el cachivache musical. A lomos de fusas y semifusas nuestra imaginación infantil volaba hasta el siglo XVIII en un intento de dilucidar usos y costumbres de la época. En los intermedios, entre vinilo y vinilo, preguntas, disquisiciones disparatadas, elucubraciones lúcidas y algunas respuestas.

El desayuno musical finalizaba con la sabiduría senatorial de mi abuela que sentenciaba con frases que –como decía Gil de Biedma – uno solo empieza a comprender más tarde: “Un desayuno así no tiene precio. Y de tenerlo, lo hemos pagado en notas contantes y sonantes”.

Treinta años y dos hijos más tarde, por azar de los vericuetos de la vida y las querencias personales, el asesoramiento financiero me ha permitido experimentar una versión peculiar de ese valor contante y sonante de la música a través del consejo – muy puntual- a particulares para la compra de instrumentos musicales antiguos de cuerda como inversión alternativa a la puramente tradicional en acciones, bonos o fondos de inversión.

El mercado de los instrumentos de cuerda es uno de los secretos mejores guardados del sector financiero

Las inversiones alternativas constituyen un abanico heterogéneo que abarca desde obras de arte y diamantes hasta lotes de botellas de vino de las añadas más excelsas de la historia. Esta clase de asesoramiento, constituye una porción ínfima de la labor profesional de cualquier financiero pero también única, pues en ella se aúnan historia, un valor sentimental no pocas veces incalculable y el trato con objetos físicamente encarnados, visibles y sólidos al tacto.

Y a diferencia de diamantes, vinos o lienzos, el mercado de los instrumentos de cuerda es uno de los secretos mejores guardados del sector financiero pues un violín o una viola da gamba del siglo XVIII alcanza fácilmente un valor cercano a los 200.000 euros. Eso, siempre que no se trate de un Guarneri, un Guadagnini o un Antonio dalla Costa (el lutier de Wolfgang Amadeus Mozart). En ese caso el valor de estas pequeñas obras de arte pueden alcanzar cifras de sobreagudo de pecho.

Desde el año 1700 estos Ferraris de la música no se han depreciado ni un solo día y con su vuelta a los circuitos de las casas de subastas a mediados de los años 90, vienen experimentando revalorizaciones anuales a prueba de reveses bursátiles y no a ritmo de siete octavas, sino de treces y catorces por ciento netos.

Si pasamos al capítulo Stradivarius, las cifras escalan por el pentagrama y su valor se mide en millones de euros. De la manufactura de Cremona salieron unos 1.200 instrumentos de los que se conservan la mitad. Dudo que haya una inversión más rentable en el mundo que comprar uno de ellos. En 2011, uno de éstos, el llamado “Lady Blunt”, fue subastado por 17 millones de dólares.

Dudo que haya una inversión más rentable en el mundo que comprar un Stradivarius

Pese al elevado precio de este violín, que supone el récord en una transacción conocida por un instrumento musical, no es el más valioso de los construidos por Antonio Stradivari. Este honor lo ostenta una viola del conocido como ‘Cuarteto Nacional’, patrimonio español, que, de ser vendida, se estima  que alcanzaría un precio de entre 30 y 40 millones de euros en subasta.

Además del aspecto puramente crematístico, el itinerario histórico de cada uno de estos instrumentos da para una novela de aventuras, pero en lo que se refiere a retorno inversor no cabe incertidumbre. Por ejemplo, el Stradivarius denominado como Ames (en honor al músico que lo utilizaba en el siglo XIX) fue adquirido por el virtuoso violinista Román Totenberg en 1950 por 15.000 dólares. En la actualidad está valorado en más de 17 millones de dólares. Una rentabilidad imbatible frente a inflaciones, guerras o depreciaciones monetarias de cualquier tipo.

Además de su revalorización como obra de arte, si son utilizados por los mejores intérpretes del mundo en grandes conciertos acrecientan su valor, pues su pedigrí gana enteros que son puntualmente certificados cada cinco años por las casas de seguros londinenses. Un Guarneri de 1737 cuyo tránsito interpretativo está perfectamente documentado y que desde 1830 ha sido utilizado casi a diario, a razón de unas cinco horas diarias, está valorado hoy en más de 15 millones de euros.

Pero adquirir una de estas joyas no es tarea fácil, pues sus privilegiados poseedores los ponen en el mercado con cuentagotas. Europa es su mercado natural y la demanda – cada vez más creciente- ha pasado de Taiwan a Japón (la Nippon Music Foundation posee 15 violines, 1 viola y 3 violonchelos) y en especial a China, donde la locura por poseer una de estas piezas ha alcanzado cotas pasionales.

Adquirir una de esta joyas no es tarea fácil, pues sus poseedores los ponen a la venta con cuentagotas

Muchos de estos compradores chinos son peregrinos habituales de la Guarneri Society, un fondo que, enclavado en Zurich, posee más de 150 de estas joyas musicales –entre Stradivari, Guarneri y Guadagni-  las cuáles superan en su conjunto un valor superior a los 100 millones de euros. Algunos de los mejores lutiers del mundo son clientes y accionistas de dicha sociedad.

Se estima que el número total de instrumentos de este tipo no alcanza los 20.000 en todo el mundo y que la demanda no va a cesar, pues la oferta mengua cada año al destruirse las piezas, por pasar éstas a manos de museos o fundaciones o ser cedidas a solistas y orquestas.

Así que si su bolsillo se lo permite y su sensibilidad musical se lo demanda no dejen de pensar en adquirir –como inversión alternativa a las clásicas- uno de esos viejos instrumentos. Su rentabilidad como inversión estará prácticamente garantizada. Garantizada en dinero y al compás de notas contantes y sonantes. Las mismas notas que pagaban aquellos lejanos desayunos familiares de una vieja casa de Barcelona.