Irlanda acude a las urnas esta semana no sólo para manifestarse sobre la controvertida cuestión del aborto: el tribunal de la opinión pública está juzgando la propia historia irlandesa.

El escándalo del servicio sanitario irlandés de irregularidades en el programa de detección de cáncer de cuello de útero tiene aparentemente poco que ver con la cuestión de la legalización del aborto. Sin embargo, dado que el pasado de la Iglesia en Irlanda pesa más que nunca, la auténtica pregunta que de forma latente se plantea a los irlandeses el viernes 25 de mayo es cómo el Estado irlandés trata a las mujeres.

La independencia de Irlanda no fue un asunto glorioso: los revolucionarios fracasaron a la hora de liberar a toda la nación de sus gobernantes británicos, e incluso tras ganar, el nuevo país independiente, muy mermado, cayó inmediatamente en una sangrienta guerra civil.

Los efectos aún perduran en la política irlandesa actual. Lo que puede decirse en defensa del país, sin embargo, es que al menos siempre ha sido una democracia. Todo lo que han hecho los gobiernos de Irlanda ha sido siempre cuestionado por uno u otro sector de la población, pero, al final, nunca se ha hecho nada sin la autoridad del pueblo.

La cuestión del aborto ha marcado la política irlandesa, quizá el alma del país, desde hace al menos tres décadas»

Este viernes, los votantes irlandeses expresarán su autoridad una vez más en las urnas, en esta ocasión sobre una cuestión que ha marcado la política irlandesa, quizá el alma del país, desde hace al menos tres décadas: el aborto.

No es la primera vez que se vota sobre el aborto en Irlanda: en 1983 el país acordó la prohibición del aborto, después de un referéndum para reformar la Constitución. Desde entonces, la denominada “octava enmienda” ha hecho imposible a los políticos legislar sobre el aborto, debido a esta cláusula por la que se otorgan los mismos derechos a la vida de la mujer embarazada que al feto. De hecho, es una prohibición constitucional del aborto.

Entre los países de la Unión Europea, solo Marta tiene una legislación más dura sobre el aborto, e incluso no se trata de una prohibición constitucional.

Lógicamente, los grupos feministas llevan luchando desde hace tiempo por la derogación de la cláusula constitucional, y a medida que la economía de Irlanda crece y el país se va modernizando, muchas otras ideas de influencia católica caen por su peso.

En 1993, el país suavizó las restricciones sobre la contracepción; en 1993 dejó de considerar un crimen la homosexualidad; en 1995 legalizó el divorcio; en 2011 el Estado reconoció las parejas de hecho homosexuales; en 2016 se convirtió en uno de los primeros estados que reconocía a los transexuales elegir su sexo legalmente sin más requisitos que su declaración; y el mismo año aprobaron en referéndum los matrimonios entre homosexuales.

Y sin embargo el aborto continúa siendo un asunto espinoso, incluso en la Irlanda post católica.

A diferencia de otras modernizaciones sociales, que no cuestan nada a los votantes, el aborto sigue generando divisiones porque hay mucho en juego. Para quienes están a favor de permitirlo, es una cuestión de libertad y del derecho a controlar el propio destino. Para los que están en contra, se trata de una cuestión de vida o muerte.

Los sondeos apuntan a que la población está a favor de permitir el aborto, pero cuando una cuestión es tan sensible no se puede estar seguro sobre las respuestas que da la gente a los encuestadores. En realidad, nadie sabe cómo será el voto.

Las recientes elecciones, desde la de Donald Trump en EEUU hasta el Brexit, nos han enseñado que la gente todavía puede sorprendernos, sin mencionar que la masa de individuos, en conjunto, es la última fuente de autoridad política y de donde emana el poder hacia arriba, no hacia abajo, ya sean expertos o instituciones, iglesias, empresas o bien ONG.

La opinión pública está juzgando cómo las mujeres han ido tratadas como ciudadanas de segunda categoría»

La Irlanda del pasado ha dejado de existir, pero puede afectar en el voto en un sentido: la opinión pública está juzgando a la propia historia irlandesa, y de alguna manera es una historia en la que las mujeres han sido tratadas como ciudadanas de segunda categoría, lo que duele a más votantes cada vez. En el mejor de los casos, puede decirse que tras un cierto cansancio, hay una ira palpable en el ambiente, y la historia del estado de Irlanda con las mujeres está en el centro del asunto.

Desde el escándalo de las “lavanderías de la Magdalena” donde madres solteras fueron internadas y forzadas a trabajar en condiciones de semiesclavitud, al uso de la sinfiosotomía, una forma peligrosa y anticuada de cirugía en el parto, a décadas de control de natalidad, hasta cuando la iglesia católica en los 60 echó por tierra un primer intento de establecer una sanidad universal, o incluso las cuestiones pendientes sobre adopciones forzadas, sin mencionar la desnutrición de bebés nacidos fuera del matrimonio, no son pocos los ejemplos de horrores y lágrimas en la historia irlandesa.


Jason Walsh es periodista y politólogo irlandés, afincado en París.