La felicidad no es sólo un concepto difícil de definir. Es también un término tremendamente subjetivo. El hecho de que cada uno la defina y la encuentre de manera diferente, refleja esa subjetividad y la complejidad que tiene este concepto.

El criterio para clasificar lo que hace a una persona feliz es muy personal. Y además varía a lo largo del tiempo. No es lo mismo lo que nos hace felices a una edad que a otra, por ejemplo. Nuestras prioridades, nuestras necesidades cambian y ello hace que nuestro prisma de lo que nos hace más felices en un momento o en otro varíe en cierta forma.

Cuando a las personas les preguntamos qué les haría más felices, piensan en aquello que les falta, qué compensaría la carencia más mediata que tienen. Por ejemplo, vacaciones, un mejor trabajo o más dinero. Pero es que además hay muchos factores que influyen en esa respuesta: el grupo social del que proviene, el lugar en el que vive, las circunstancias por las que ha pasado, etcétera.

Esa subjetividad en cómo y de qué manera cada uno de nosotros nos sentimos felices explica por qué hay personas que, objetivamente y viéndolo desde fuera, parece que tienen todos los motivos del mundo para tener la felicidad en sus vidas y sin embargo se sienten desagraciadas y sin embargo otras personas que han pasado o pasan por circunstancias durísimas parece que son capaces de encontrar suficientes motivos para tener una visión positiva de la vida.

El que las personas seamos capaces de interpretar las cosas que nos pasan de una manera u otra no necesariamente le aporta objetividad al asunto. Pero sí nos da cancha a la hora de elegir cómo queremos valorarlas y qué queremos sacar de las cosas que nos pasan. Lo que queremos aprender, lo que queremos extraer de cada experiencia.

Por estadística pura las personas pasamos en la vida por circunstancias de todo tipo, mejores y peores

Por estadística pura las personas pasamos por circunstancias en la vida de todo tipo. Unas veces mejores y otras peores. A todos nos golpea la vida con pérdidas de personas que queremos, con enfermedades propias o de alguien cercano que nos hacen sufrir, frustraciones, fracasos de todo tipo.

Pero también por esa misma estadística cada día tenemos todos nosotros circunstancias que, si nos parasemos a mirarlas y analizarlas, nos daríamos cuenta de que son casi pequeños milagros. Especialmente en nuestro mundo privilegiado donde tenemos gran parte de nuestras necesidades cubiertas. Sin embargo, pasamos por alto muchos de esos milagros del día a día simplemente porque están ahí; porque ya los damos por hecho y casi casi los damos como un derecho adquirido.

Hablo de todo tipo de circunstancias. Somos capaces de recorrer kilómetros en verano para ver la puesta de sol más recomendada en la guía de viaje de turno (creo que he leído más veces “la mejor puesta de sol del mundo” que “made in China”) pero ignorar la que cada día ocurre en nuestra ciudad. Porque sí, oficialmente el sol se pone estemos donde estemos. Y si las nubes lo permiten, suelen ser espectaculares en todos los lugares donde se pone.

Hay una frase de Tal Ben Shahar que me encanta y que hice mía hace mucho tiempo: “No soy de los que creen que todo sucede para mejor, pero sí que hay personas capaces de sacar lo mejor de cualquier cosa que suceda”. Eso sí, la segunda opción requiere algo de esfuerzo. Requiere que nos esforcemos en fijarnos en lo positivo de lo que nos pasa (casi casi siempre lo hay) y en encontrarle el aprendizaje, o la oportunidad para crecer en aquello que nos ha ocurrido. Más fácil la primera opción, la de dejarnos llevar por el pesimismo; más enriquecedora la segunda, la de crecer con cada circunstancia por la que pasamos, sea positiva o negativa.

Así que ya sabemos que la felicidad es subjetiva por cómo y dónde la definimos y buscamos cada uno. Y también por cómo nos tomamos cada uno las circunstancias que atravesamos.

Pero es que además esa subjetividad se ve afectada por el efecto de la comparación con nuestro entorno. Nos guste o no, nos comparamos constantemente: en nuestra familia, con nuestros amigos, en el trabajo…

Nuestro grado de felicidad se ve afectado por la comparación con nuestro entorno

Hace tiempo que se estudia este efecto del comparativo social desde distintos puntos de vista. En un curioso estudio de Harvard preguntaron a 257 personas qué opción preferían de las dos siguientes: Opción A) Ganas 50.000 dólares al año, mientras tus compañeros ganan 25.000 dólares; Opción B) Ganas 100.000 dólares al año mientras tus compañeros ganan 200.000 dólares. La mitad de los participantes prefirieron ganar el 50% menos siempre y cuando eso supusiera ganar más comparativamente.

Otra investigación afirmaba que los ganadores de medallas de bronce son más felices que ganadores de medallas de plata. Estos últimos se comparaban con los primeros mientras que los medallistas de bronce se sentían los ganadores del “pelotón”, de los que no habían ganado medalla. Y el economista británico Richard Layard asegura que el índice de felicidad de los habitantes de Alemania del Este descendió después de la unificación porque su comparativo dejó de ser el del grupo de países del Este para compararse con los países más occidentales.

Así que, efectivamente, parece que los seres humanos somos seres comparativos y que nuestra posición dentro del grupo social nos importa y nos afecta enormemente en nuestro nivel de satisfacción con la vida. No es muy sabio, pero es muy humano.

Y en este mundo de las redes sociales y de la vida de cara al escaparate, la situación no parece que mejore. El índice de ansiedad e incluso de depresión entre adolescentes ha aumentado los últimos años, según los expertos, por causa de las redes sociales. Las páginas pueden hacer que los chicos se sientan mal si creen no estar a la altura de sus amigos debido al número de visitas, mensajes actualizados y fotos de personas felices que la están pasando muy bien.

Si a esto le añadimos que cuando visitamos cualquiera de las redes sociales parece que todo el mundo lleva una vida de ensueño (nadie cuelga el momento de ir a la compra, o la fiesta aburrida en la que hemos estado 15 minutos porque nos moríamos de un bostezo; y admitámoslo, todos hemos estado en una) la persona percibe una visión completamente distorsionada de lo que es la realidad de cualquier mortal.

Ser capaces de tener cada día presente los pequeños milagros que nos rodean, valorar lo que tenemos con independencia de si mi cuñado tiene más pelo o el coche de mi compañera es descapotable mientras el mío no llegó a la revolución de los elevalunas automáticos y no dejar que la tecnología nos acerque a los que están lejos, pero nos aleje de los que están cerca, nos ayudaría a tener una visión más objetiva de la cantidad de cosas por las que cada día levantarnos con la sensación de que la vida es chula, muy chula.


Margarita Álvarez es expresidenta del Instituto de la Felicidad