Salvador Illa dice ser perico, pero a mí me da la sensación de que en el último once que podría recitar de memoria aparece Rafael Marañón. Aunque me gusta pensar que no, que el domingo aceleró tareas para poder sentarse a media tarde a ver el Oviedo-Espanyol, con el móvil boca abajo y concentración máxima en el engominado de Raúl de Tomás. Y que el futuro inmediato de millones de españoles depende, al menos en parte, del azaroso destino de un tiro -puede que el ministro diga «chut»- de Adri Embarba.

No es así. Es una pena, pero el Gobierno desprecia el deporte. Nos prohíbe ir a los estadios, algo así como un infectadero plebeyo, mientras nos anima a ir al cine, al teatro y a los museos. Al ministro del ramo lo que le preocupa es que los futbolistas ganan demasiado. E Illa pretende que la gente se interese por sus lodazales político-sanitarios al tiempo que el Real Madrid se juega perder la Liga en la jornada 2 contra Pellegrini. ¿En qué mundo vive?

El Madrid, como Ayuso, vive en una crisis constante: pudo perder la Liga antes de que sus rivales empezaran a jugarla

El sábado, mientras Moncloa anunciaba a través de sus medios que se prepara para entrar con los tanques por la Castellana, el Real Madrid anunciaba que Luka Jovic era titular en el Villamarín. «Para chulo, mi pirulo», debió razonar Zidane, tendente a pensar, decir y hacer algunas cosas insospechadas. El francés plantó un equipo insólito ante el Betis, que en los últimos años había sido para el Madrid lo que es Madrid, región, para la izquierda: una cosa inganable e incomprensible.

El partido también fue más o menos eso. Si el Madrid sacó tres puntos de Sevilla con Isco y Borja Mayoral como revulsivos debe ser verdad que la pandemia ha venido para cambiarnos a todos y que «éste mundo se acaba», como predice el ministro Manuel Castells.

Del VAR hay que decir que, si uno tiene la fe suficiente para creer en las líneas que trazan entre píxeles deformes unos señores encerrados en un cuartucho de Las Rozas, acertó en todo. Y hay que agradecerle que para cuando empezaba la tertulia de La Sexta Noche, la lucha libre política entre el Gobierno y Madrid ya era una preocupación social bastante secundaria. Viva el VAR. No sé si pensará lo mismo Díaz Ayuso, sobre la que se cierne ahora un argumento liviano pero definitivo para concentrar desprecios: ser madridista.

El Madrid, como Ayuso, vive inmerso en una crisis constante. A la presidenta madrileña ya le preparaban una moción de censura antes de las elecciones, y el Madrid estuvo a poco de perder la Liga antes de que sus rivales empezaran a jugarla.

El caso es que el Atlético y el Barcelona son rivales mucho más amenazantes que Errejón y no han tardado en demostrar que la corriente del madridismo happy que cantó victoria este verano tiene billetes comprados hacia el abismo.

En lo deportivo, el regalo de Luis Suárez a Simeone es una obra cumbre de ese movimiento político-social que es el antimadridismo. En un plano más filosófico, que la despedida de Messi del Barcelona sea coincidir un año entero con Ansu Fati subraya que Bartomeu no ha fichado a Koeman sino a Nietzsche, para confirmar la teoría del eterno retorno.

A eso hay que sumarle que en la Liga siempre habrá entrenadores como Unai Emery, cuyos equipos han perpetrado espectáculos semejantes en todas sus visitas al Camp Nou. Anoche, perdiendo 4-0 al descanso, metió a la cancha a Vicente Iborra y Manu Trigueros. Takefusa Kubo salió a calentar a las 22.16, las 05.16 hora de Tokio, mientras a Barcelona la epataban los fuegos artificiales de La Mercé.

PD: Como podemos ir al zoo pero no al fútbol, las televisiones se tienen que inventar cánticos enlatados para añadir ambientillo al partido. En el Elche-Real Sociedad del sábado, para darle un toque realista, pusieron a la afición virtual a gritar «que viva España». Espero que no lo viera el ministro Juan Carlos Campo, qué disgusto. El equipo donostiarra respondió a la afrenta con tres goles. No peligran los Presupuestos.