Al Zinedine Zidane futbolista siempre le persiguió el sambenito del «carácter complejo». Le pasaba como a Messi. Los periodistas no entendían cómo encadenaba ruletas, controles extraterrestres y golpeos orgásmicos mientras mantenía impertérrita la cara de nada. De aburrido, o de enfadado. Se recurría entonces a lo del carácter complejo, pero posiblemente hubiera otras explicaciones. Zidane es un genio al que entrenaron, la mayor parte de su carrera en el Real Madrid, técnicos como Mariano García Remón, Vanderlei Luxemburgo o Juan Ramón López Caro. Siempre vivió entre dos mundos.

Ahora no tenemos claro de cuál estaba más cerca. Si cuando recibía un cambio de juego de Figo que pinchaba como un globo, su cara de circunstancias no era en realidad un reclamo al banquillo: «Pero quítale y saca a Celades«.

Algo así fue lo de este domingo, hacia las cinco de la tarde, cuando el Madrid bordaba la faena y sometía al Levante. En su campo, que no es un detalle menor. En este fútbol sin gente el valor de los escenarios es de lo poco a lo que nos podemos agarrar los mitómanos. Con el Bernabéu aún confinado, vacío y andamiado, la épica hay que buscarla fuera.

El Madrid siempre debe salir al Ciudad de Valencia con una camiseta conmemorativa del 1-2 de 2012, el mejor partido de waterpolo jamás disputado en un estadio de fútbol. El mejor partido de fútbol jamás disputado en una cancha de waterpolo. David Navarro le reventó el ojo a Cristiano Ronaldo, que marcó tuerto minutos más tarde. Al descanso Mourinho retiró al portugués, ya casi ciego, para dar entrada a Raúl Albiol, que ejerció de centrocampista junto a Michael Essien. Xabi Alonso falló un penalti que no era y el partido lo ganó un imberbe Álvaro Morata que celebró el gol mucho, muchísimo, como si lo hubieran marcado el Atlético de Madrid o la Juventus de Turín. Emocionante.

El Madrid huye de la excelencia cuando le empieza a asomar y se ha creído más que nadie el mantra de que no juega a nada, como el Atlético

Ocho años más tarde, el Madrid estaba ganando 0-1 con precioso gol de Vinicius, dominaba a placer, fallaba ocasiones con displicencia y todo bajo un sol impresentable. Zidane debió pensar que aquello era como un mamarracho vestido de Elvis en el Checkpoint Charlie o una influencer enseñando el culo en Birkenau. Quitó primero a Vinicius y más tarde a Fede Valverde, y acabó el partido con Lucas Vázquez e Isco.

Lo que podría haber sido el partido fundacional de una era, con Vinicius marcando dos o tres goles, rentabilizando el follow en Instagram de Ester Expósito y desactivando preventivamente la noche en blanco de Ansu Fati, acabó en lo habitual.

Entiéndase por habitual lo que llevó al Real Madrid a ser campeón el año pasado: victorias extenuantes, en continuo sobresalto y Thibaut Courtois, que suele tener menos trabajo del que parece. Por cierto: un portero que llegó entre dudas y desde entonces ha tenido un affaire con Alba Carrillo, se ha hecho streamer de videojuegos para adolescentes y las para con cara de funcionario prejubilado. Una bestia.

Al Madrid le vale con poco, que ya es mucho, y a Zidane eso le da complejo de Pedro Sánchez. El equipo, sin embargo, parece esa España dentro de España de la que habla Díaz Ayuso. Huye de la excelencia cuando le empieza a asomar y se ha creído más que nadie el falso mantra de que no juega a nada. Como el Atlético, que vive atenazado por el runrún de que le falta gol pese a contar con el mejor goleador puro del mundo, el enganche más talentoso de la Liga y haber metido seis en la primera jornada.

En cuanto se descuida de sí mismo, Simeone se hace sheriff de su cárcel de oro y acaba cambiando a Joao Félix por Héctor Herrera con empate a cero. Asombroso. ¿Qué motivo podría tener Zidane para imitarle?