A él no le gusta que se saquen muchas anécdotas de sus principios. Seré bueno, no hablaré más de la cuenta, pero es imposible no sorprenderse con la evolución de este ídolo que va ya por la segunda y casi tercera generación de fans. Corría 1991 y yo andaba con una novia más joven que yo. Ella fue la primera que me habló con mucho entusiasmo de aquel chaval que aparecía con cara de soñador y en blanco y negro azulado en la portada de un pequeño single promocional que corría por mi casa, de los muchos que enviaba WEA, su discográfica, en enormes paquetes cada semana.

Reconozco que no prestaba demasiada atención a aquellos envíos, cosa que debía hacer por mi oficio. Bueno, tenía excusa: sabía que los verdaderamente importantes iban a caer en la escucha de la famosa «reunión de los martes de Los 40». Ahí decidíamos, a mano alzada y de cero a tres, el futuro de muchos artistas, mánagers, productores y una larga serie de personas que se dedicaban a esto de la música. Algún día escribiré sobre aquellos inolvidables encuentros decisivos.

En el caso de Alejandro Sanz, después de escuchar un buen fragmento de su canción, el bueno de Luqui, que pasaba gran parte de su jornada laboral en la puerta de Gran Vía 32 de Madrid charlando con jovencitas, aseguró que aquello estaba ya pegando entre la chavalada. Yo, también por la susodicha información de primera mano, lo reafirmé. Varios asintieron, así que no tuvo demasiado problema el trámite hasta convertirse en «disco rojo», que era lo más ansiado por la industria entonces. Y de ahí al número uno.

No sabía que le conocía. Una conversación interesante (como todas) con el gran Julián de Arriba, el que fuera director del famoso «Super 1» que muchos recordarán que recorría España entera de plaza en plaza cada verano, me dijo aquello de «sí, hombre, sí, el que venía siempre de acompañante con aquel artista de Virgin … ¿cómo se llamaba? ¡Valenciaga! ¡Ese, ese!».

Decía que en el disco salía como compositor «Algazul Medina» y sacaría disco como «Alejandro Magno» pero no pasó nada. Siempre se colaba el tío… Efectivamente. Los primeros pasos del que ahora es uno de los artistas más importantes de la Historia de la música en español, se nos colaba en aquella «zona vip» de vallas amarillas en el escenario ambulante (alias camión con lateral abierto) de aquellos veranos ochenteros de música en playback al aire libre y camisetas de regalo volando.

Luego vino la entrevista. La oficial. Ahí fue cuando conocí a ese muchacho que, efectivamente, guardaba cierto parecido con el actor de apellido Sanz, pero no sé si tanto como para quitarse el Sánchez. Algo debió pasar en aquellos 10 minutos en el Estudio 2 de Radio Madrid para que me contara que le iba a poner una peluquería a su madre y quedásemos en vernos otro día. Lo primero que hicimos fue una maldad: sin conocimiento de nuestras respectivas autoridades (ni la discográfica, ni el mánager, ni la dirección de la cadena) se vino como invitado sorpresa a un irreverente programa de radio de madrugada, pero … de música «dance».

Pues nada, Alejandro Sanz, lejos de hacer una entrevista al uso o de ni siquiera hablar de su disco, estuvo conmigo contando chistes en antena entre vinilos de house y tecno hasta las 3 de la madrugada. Los que le conocen bien, saben que no es malo como humorista.

Ya que tenemos que ampliar nuestra estupenda playlist con una canción de este pequeño (vale, diremos no-muy-alto) genio, vamos a evitar el corazón partío, y las típicas que siempre funcionan. ¿Qué tal si nos quedamos con ese momento en el que habla de la verdad infinita que se esconde en la sinceridad de la soledad, que es común a todos los mortales?

Cuando nadie me ve
Puedo ser, o no ser.

Lo dice todo.

A un hombre que tiene un día en el calendario (30 de abril) en la ciudad de Los Ángeles (USA) no le puede haber ido mal. De algo le sirvió leer tanta poesía y ponerse horas y horas con la guitarra en vez de estudiar matemáticas. Dicen que anda en pleitos. Carácter no le falta. Quizá tenga demasiado a veces, como todo nacido a mediados de diciembre. También le habrá ayudado eso a estar donde está, como cuando se nos colaba.

Feliz cumpleaños, Alejandro.