Menos mal. Afortunadamente, siempre nos queda el humor. Esta pandemia, sin los memes (algunos de ellos geniales, pero no todos) hubiera sido peor. Y últimamente es todo un espectáculo pasearse por las redes para ver, al ritmo de cada noticia, como el ingenio colectivo se agudiza más, aunque no siempre mejor, cada día.

Ejemplo: se produce en Estados Unidos un asalto al teórico centro de la democracia del Universo conocido, con toda la gravedad y trascendencia internacional que eso tiene, y resulta que al final asoma una ráfaga de humor que nos salva de tirarnos por la ventana.

En plena euforia y tras meses de calentarse, las masas enfervorizadas seguidoras de Trump tenían los neurorreceptores en cortocircuito hasta el punto de disfrazarse y exteriorizar todo tipo de males mentales que podemos ver en las portadas de la prensa de todo el planeta. Pues resulta que a no pocos amantes de la música no les pasó inadvertido el parecido de un individuo que eligió la indumentaria de alguna tribu indígena con el disfraz que ha usado con frecuencia el líder de una banda (sí, banda) llamada Jamiroquai. El artista se convirtió en el típico trending topic de rebote que no te esperas, más que nada porque no tiene nada que ver contigo. El verdadero Jay Kay salió, claro, a desmentir desde Inglaterra que no era él, y aprovechó la oportunidad para hablar de los proyectos de la banda, que cuidemos a los animales, y vender su libro, como se suele decir. Más de 100.000 visualizaciones en Instagram. Muy propio de una loca comedia de situación del siglo XXI.

Nunca es un mal momento para añadir un tema de Jamiroquai a una playlist. Y si se trata de uno en el que un genio reconoce que existe esta «locura virtual», pues más apropiado si cabe.

Aunque aquí no luce cuernos (con perdón) sino un bonito sombrero muy apropiado, este tema tiene lo que mejor se le dió a este personaje británico que soñó un día que podía unir la música disco, el jazz y el funk con la cultura de los indios iroqueses. Fusión cultural, ritmo y melodía. De ahí el nombre de su proyecto musical Jam-iroquai, del que solamente queda él como miembro original. El resto, desertó, o dejó el mundo de los vivos. No ha de ser fácil trabajar con un artista que se cree Toro Sentado. Tampoco pareció hacer gala de buen talante cuando en las entrevistas ponía a caer de un burro a su discográfica o en las ocasiones en las que él mismo desacreditó sus propios discos. Tanta personalidad arrolladora hace que muchos hoy todavía piensen que Jamiroquai es él.

De hecho, el lector recordará que hace ya tiempo llegó a ser casi moda el llamado «Acid Jazz», denominación bajo la que se escondieron montones de composiciones mediocres entre las que había, como pepitas de oro en el río, algunas genialidades como Incógnito o Brand New Heavies. De hecho, lo que más hubo en esa corriente fueron recopilatorios para poder dar salida a todo el material que se creaba en apenas una tarde, en algún estudio de los suburbios de Londres. Pues bien, el origen de todo eso muchos expertos lo colocan en la genialidad de aquí el indígena y todos los que quisieron ser como Jay.

Añadamos a la lista pues, sin temor a equivocarnos, esta locura virtual que sacudió los MTV Music Awards de 1996 (sí, ya hace 24 años) cuando el grupo se llevó nada menos que cuatro. Gran parte del mérito, el vídeo. Recomendado. La otra parte, a repartir. Por un lado, el acierto de haber conseguido hacer un número uno uniendo géneros tan poco acostumbrados a pasearse por las listas como el Jazz y el Funk, y por otra parte con los bailes surrealistas de este loco que confirmó no haber sido él el que posaba en los vídeos y fotos de los disturbios de Washington.

No sé, no sé.