Se coló en nuestras nuevas televisiones en color justo cuando el mundo empezaba a dejar de ser en blanco y negro. De una forma inexorable pero constante fue conviviendo con nosotros en el salón de casa, como esa prima italiana que aparece de pronto y que acaba siendo la reina de la fiesta. Y lo era, claro.

Dicen que los verdaderamente grandes se alegran siempre de los triunfos ajenos. Nada más cierto el día que “me entró” Raffaella en plena entrega de los TP de Oro. Era 1993 y mientras ella recogía el de mejor presentadora del 92 por el inolvidable ‘Hola Rafaella’, al breve paso por televisión de la marca para la que yo trabajaba cayó el de mejor programa musical. Se sentía absolutamente fascinada por lo que ella misma definió como el “fenómeno” de los 40 Principales en aquellos años 90 en los que éramos auténticos influencers para la juventud. Esa inquietud y curiosidad que parecía tener en todo lo que hacía era totalmente real. Ganas de aprender, de conocer a fondo, de romper la oscuridad para ver cómo es en realidad el mundo sobre el que ella bailaba con sus maravillosas piernas.

Esa misma inquietud fue la que seguro la llevó desde muy niña a hacerse popular en ese pueblecito costero de Rímini llamado Bellaria-Igea Marina, no muy lejos de su Bolonia natal. Sí, sin decepciones, ella es del norte de Italia. Aunque cantó lo de “para hacer bien el amor hay que venir al sur” porque, por lo visto, “con el norte no rimaba”, ella tenía mucho del carácter boloñés. Dicen de los nacidos en el paraíso de los gourmets más exigentes que son personas tremendamente positivas pero nunca del todo felices, y que saben usar la ironía como pocos en el ámbito latino. Siempre preferirán una sonrisa, aunque sea amarga, que hablar completamente en serio. Interesados en el progreso, también se dice que son de raíces profundas. Tanto como para que nuestra artista viviera puerta con puerta con su primer amor y autor de sus mejores éxitos, Gianni Boncompagni, hasta su muerte hace apenas unos años, en 2017.

Quizá la curiosidad y la libertad en el amor hayan perdido una gran defensora y no sean batallas que estén ya ganadas»

Separados sus progenitores cuando solamente tenía dos años, no tuvo un gran concepto de su padre, descendiente directo de uno de los “Curro Jiménez” italianos más conocidos, Stefano Pelloni. Dijo de él que simplemente era un “playboy del que su madre se tuvo que divorciar”. Así que no repartiría sus sonrisas de pre-adolescente por el bar que regentaba papá. Muy probablemente de ahí le vendría ese lema que marcó su vida: “Hay que dar amor sin ser esclava de nadie”.

Usó la sensualidad de forma inteligente en sus bailes y canciones pero luego se tapó precipitadamente el escote cuando, prácticamente por sorpresa, la Madre Teresa de Calcuta apareció en su plató italiano del ‘Pronto, Raffaella’. No olvidó que por enseñar el ombligo en televisión fue censurada por el Papa, pero el mismo Vaticano levantó el veto a la artista cuando cantó junto a uno de los símbolos de Italia, Alberto Sordi.

Yo, que tenía previsto hablar del gran Louis Armstrong por aquello de que tal día como hoy también nos dejó, he cambiado rápidamente el argumento por algo que musicalmente es distinto, pero no opuesto. Que me perdonen de nuevo los puristas por mentar a “La Carrá” en el día en el que se conmemora que se produjo el enorme choque galáctico que dio origen al verdadero “big bang” de la música pop en el Universo conocido: el día en el que Lennon y McCartney se conocieron. Tanto la trompeta de “Satchmo”, o las eternas canciones de John y Paul han sido hitos culturales de nuestra civilización por convertir en inmensamente populares las notas musicales de un papel. No arruguemos la nariz al decir que “explota explota me expló” forma parte de nuestra vida, la de todos. Aunque le falte una sílaba. No le quitemos mérito a la mujer que animó tantas veladas de nuestra infancia o juventud con canciones que, aún ahora (y seguramente más desde hoy) son indispensables en cualquier fiesta (fantástica) que se precie.

Yo no olvidaré sus ojos vivísimos, curiosos, y su enorme interés en todo aquello que para ella era especial. Quizá la curiosidad y la libertad en el amor hayan perdido una gran defensora y no sean batallas que estén ya ganadas.