Es un clásico. Llega el verano y nos dejamos llevar. Todos nuestros sentidos despiertan y se concentran en el placer. Vemos más allá del horizonte, percibimos sonidos desconocidos en el mismo paseo que frecuentamos cada día, saboreamos la cerveza como si fuera la pócima de la felicidad, nos conmueve el olor a tierra mojada y cada caricia nos sorprende como si fuera la primera. Es el momento de esos amores fugaces que dejan huella. 

Cada verano me las ingeniaba para hacer un viaje low cost cuando nadie usaba ese concepto. Me lo tenía que autofinanciar con las clases particulares que daba por el barrio. En aquel entonces el Instituto de la Juventud organizaba una especie de Erasmus de verano: unos viajes a precios asequibles a destinos que nos parecían exóticos. Pasábamos la noche en una cola infinita para tener acceso a algún número afortunado en el sorteo.

Aquel año lo intenté con Teresa, mi amiga de la infancia con quien todavía hoy paso tardes excelentes. Ella logró plaza en un «campo de trabajo», como lo llamaban con pésimo gusto, en Países Bajos. Teresa conoció a un holandés aquel verano. Eric se vino a España por amor años más tarde y aquí sigue. Apenas sabía español y aspiraba a contar chistes en nuestro idioma. Sabía que lo conseguiría. Son padres de Pelayo, que ya tiene edad de tener un amor de verano, pero eso ya es otra historia.

Mi destino me llevó a Alemania. Fue la primera vez. Recuerdo que mi padre me despidió en la estación de autobuses como si me fuera para no volver. De alguna manera igual no regresé. Después de horas y horas de viaje, llegué a Heidelberg, una bellísima ciudad en el valle del río Neckar. De ahí salía otro medio de transporte local hacia el «castillo» donde íbamos a trabajar en tareas de restauración. 

En realidad, el castillo era un edificio ruinoso donde una pareja de hippies con bastante cara dura se habían establecido. La tarea que había que hacer allí habría requerido de un buen grupo de aguerridos albañiles y no de una panda de jovencitos con ganas de conocer nuevos parajes. La mayoría éramos españoles, pero había algunos alemanes, y otros nórdicos. Solo recuerdo que yo me moría de ganas de practicar alemán, un idioma con el que había flirteado en los últimos años de instituto. 

A él le hacía gracia que yo fuera activa, políticamente hablando, y a mí que él estuviera tan concienciado con el cambio climático

Me llamó la atención un alemán muy excéntrico en términos de la España que conocía. Un verde muy verde. El pobre se desesperaba cada vez que fregábamos sin medir el agua ni el jabón que usábamos. Le daba igual ducharse al aire libre cuando los demás cerrábamos a cal y canto la puerta de un cuarto donde había una bañera ruinosa. A él le hacía gracia que yo fuera activa, políticamente hablando, y a mí que él estuviera tan concienciado con el cambio climático. Lo peor es que él chapurreaba el español y las conversaciones eran un auténtico pulso a ver quién demostraba más destreza en el idioma del otro. 

Luego me escribió cartas, sí cartas, en las que decía que tenía mariposas en el estómago y aquello me pareció fruto de una mala traducción. Vino en autoestop a Madrid a verme en Navidades con un amigo. Desde Berlín. Lo vi como una gesta heroica pero no era sino su forma de viajar extra low cost. En mi casa esa Nochebuena es mítica. Avisé que mis amigos alemanes eran vegetarianos pero mi madre dijo que se tendrían que conformar con la ensalada. Cuando vieron la fuente de chuletas de cordero no había quien les parara. La Nochebuena es la Nochebuena seas de dónde seas.

Los meses siguientes me los pasé soñando con el reencuentro en Berlín. El viaje fue fascinante. En tren, a través de un país que ya no existe y que ya entonces parecía de otro mundo. Durante la noche nos pidieron varias veces el pasaporte al grito de «Ausweiss, bitte!» Hasta ahí sí llegaba mi alemán. Iba con unas chicas peruanas de gira europea. Recuerdo que amanecí en la estación de Zoo. Allí estaba aquel de quien creía estar enamorada.

Vivía en una casa amplia con una cocina en la que se acumulaban las especias y los trastos. Me había apuntado a un curso de alemán y quería que mi inmersión fuera completa así que me hice con una bici y mal que bien llegaba cada día, incluso cuando llovía. Recuerdo una ocasión en que cayó el diluvio pero yo iba pertrechada con un traje pantalón de tela impermeable. Cuando empecé a quitármelo en mitad de la clase mis compañeros alucinaban. Creían que me había tomado la afición germana al nudismo muy a pecho.

Cada día me perdía por Berlín. El amor de verano mutó. Ya no me hacía gracia el chico, pero la ciudad cada día me gustaba más. Sus parques interminables, sus lagos por donde incluso se podía navegar, sus amplias calles llenas de historia… Un día cruzamos a Berlín Este y tuve la sensación de estar pisando la luna. Recuerdo que adquirí libros y discos a precio de ganga. 

Berlín me había cautivado y durante años mi sueño no confesable sería volver para quedarme

Un día, en una estación del S-Bahn, al aire libre, me descubrí con una sensación de felicidad extraña. Me sentía en mi medio. Como si aquel fuera mi lugar en el mundo. Sin embargo, sabía que aquella relación no superaría el verano. Berlín me había cautivado y durante años mi sueño no confesable sería volver para quedarme. 

Regresé cambiada porque ya había descubierto que ni siquiera el primer amor es para siempre. También me di cuenta de que el viaje tiene un poder transformador. Y que hay ciudades donde somos más de lo que somos en realidad. 

Pasó el tiempo y regresé a Berlín. También por amor. O por desamor. Tenía la intuición de que solo en Berlín podía dar un giro a mi vida. Me ofrecieron trasladarme allí por motivos laborales y con un vértigo impresionante acepté. Había cumplido uno de mis sueños. Viviría en Berlín. Cuando años más tarde dejé la ciudad, adivinen la razón, tardé en regresar mucho tiempo. Berlín es mi amor más fiel y siempre me da un vuelco el corazón cuando regreso.