La evacuación de las últimas semanas en Afganistán ha sido la mayor de la historia. Cientos de miles de personas, incluyendo extranjeros y colaboradores afganos, pudieron huir del régimen talibán que ha tomado rápidamente el control del país en una operación que el presidente de EE UU, Joseph Biden, ha calificado de «extraordinario éxito». Sí, el éxito de un fracaso anunciado. El mismo sesgo optimista que se utiliza ahora para tapar una derrota de la comunidad occidental que cuestiona sus capacidades en Inteligencia.

¿Qué ha ocurrido? Tras veinte años de ocupación, una salida de EE UU pactada con los talibanes desde la era Trump al margen del gobierno afgano y unas conversaciones de paz intraafganas que para los extremistas carecían de incentivos y que no fueron sino un teatro en el que Europa participó como peón. El 22 de julio, diplomáticos británicos advertían a su gobierno del avance inminente de los talibanes: sí se podía saber. Y el 23 de julio, Biden mantenía una conversación telefónica con Ashraf Ghani, entonces presidente afgano, en la que le tranquilizaba sobre la situación ante la superioridad de sus tropas, sabiendo que ésta sólo se sustentaba en la cobertura aérea estadounidense. Veinte años no han sido suficientes para comprender que controlar un territorio no sólo depende de la superioridad material o armamentística.

En similares términos festivos se expresaba el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, aludiendo con orgullo a la «misión cumplida«. Este orgullo es real y heroico cuando se trata de los militares, funcionarios de los ministerios involucrados y diplomáticos que durante dos semanas se han esforzado al máximo en un entorno muy complejo, en muchos casos jugándose la vida, para evacuar al mayor número posible de personas. Todos merecen nuestro más sincero reconocimiento y la más alta condecoración.

El halago autoatribuido que implica la declaración de Sánchez es vergonzoso en boca de un responsable político cuando han quedado colaboradores por evacuar

Sin embargo, el halago autoatribuido que implica la declaración de Sánchez es vergonzoso en boca de un responsable político cuando han quedado colaboradores sin evacuar –aún no sabemos cuántos– y, sobre todo, cuando esta evacuación podía haberse previsto. En junio aprobamos en el Parlamento europeo una resolución sobre Afganistán pidiendo la salida inmediata de los colaboradores en peligro. Ni ésta ha sido una misión plenamente cumplida ni hay nada que celebrar, especialmente pensando en aquellos a los que se ha dejado atrás.

El fracaso es una traición a quienes creyeron en nuestra labor en Afganistán. Y por eso, los enunciados triunfalistas sonrojan, cuando no escandalizan, como el caso de la ministra de Igualdad, que comparaba la situación de las mujeres afganas con la de las españolas. Resultan evidentes al menos dos cosas: que la interseccionalidad feminista sólo es válida cuando responde a sus intereses y que el privilegio es un cajón del cual es muy difícil salir, por más lecciones morales que dé una.

La ministra de Igualdad, junto con sus homólogos europeos y la comisaria Hellena Dalli, deberían haber estado más presentes para abordar la innegable dimensión de género de la crisis, tal y como solicitamos desde el grupo liberal europeo. Si así hubiera sido, quizás habríamos podido prever el riesgo extremo un gran número de afganas, que han tenido un papel central en la construcción de la institucionalidad democrática del país y que no estuvieron en las listas prioritarias de ningún país durante la evacuación.

Hablo de la gran mayoría de las 69 parlamentarias o la gran parte de las al menos 270 juezas pioneras en la incorporación de la mujer al ámbito jurídico. Pero también de académicas, trabajadoras de la salud, defensoras de los derechos humanos, periodistas y funcionarias, hoy claros objetivos del régimen talibán. 

Ellas fueron en contra de su visión arcaica de la sociedad, ocupando espacios tradicionalmente reservados a los hombres. Todas han sido ejemplo de orgullo para la comunidad internacional en los últimos veinte años. Ahora no podemos darles la espalda; aún estamos a tiempo. 

No hay que olvidar que la expresión extrema del sectarismo y el radicalismo talibán es el odio contra la libertad de los derechos de las mujeres y las niñas

No hay que olvidar que la expresión extrema del sectarismo y el radicalismo talibán es el odio contra la libertad y los derechos de las mujeres y las niñas. Defender sus derechos como derechos humanos nunca ha sido tan importante: derechos tan básicos y cotidianos como la salud, la educación o la participación política. Ellas vislumbran su futuro con justificada angustia; tenemos una responsabilidad con esta generación de mujeres y niñas que cuentan con nosotros. 

El gobierno ha asegurado que las evacuaciones seguirán. Francia pidió ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el establecimiento de una zona segura. No hay ninguna misión cerrada, ninguna misión cumplida. Necesitamos seguir trabajando a nivel nacional, pero sobre todo europeo, para organizar vuelos humanitarios y agilizar la emisión de visados de emergencia: para evacuar, acoger y reubicar a todas las personas en riesgo extremo que creyeron en un Afganistán diferente y trabajaron con la UE en la construcción de una institucionalidad que al final era un espejismo. 


Soraya Rodríguez es eurodiputada en la delegación de Ciudadanos del Parlamento europeo