Yolanda Díaz parecía ante el papa Francisco una niña de escolanía, con esa blusa de gran lazo que era casi un escapulario. Delante de los dioses y de sus ministros es mejor taparse con escayola hasta el cuello, escayola de fresco de bóveda, no importa lo progresista que seas. El lazo le ponía a la vicepresidenta una especie de cornete de monja con cornete, y eso junto al estricto moño, al blanco y negro y a la ausencia de piernas, o a la sustitución de unas piernas de mujer por unas de alguacilillo, la dejaba como de luto lorquiano por su feminidad. De la mujer empoderada y juramentada contra el patriarcado en fiestas de pijamas y de tocador, lo que quedaba era una especie de azafata del día de la Biblia que hasta decía “Santo Padre” como Paloma Gómez Borrero. Yo creo que esta magia con Díaz sólo puede hacerla Iván Redondo, que es el Juan Tamariz de los golpes de efecto con pelucas, dedales en los bolsillos y air violin.

Veo ya en Díaz esa mano enguantada de Richelieu ajedrecista de Iván Redondo. ¿Quién sino él podría convertir la visita al Vaticano de una comunista de sangre o rímel de linotipia en una visita de Clarita al abuelo de Heidi o de Laura Ingalls al reverendo? No olviden nunca aquella grave lección de Redondo ante Évole, bajo aquella luz de dramatismo y academia, sacando de los bolsillos aquel peón y aquella reina, como Pitágoras sacaba sus piedras (cálculos) o Mr. Bean sacaba sus muñequitos y sus lápices con cabeza de la Pantera Rosa. Esa lección, que aún nos ilumina como una cima o un campanazo budista: un peón parece poca cosa, así bajito y cabezón como decía Mecano, pero si llega al final del tablero, o al Vaticano, que es en sí mismo un ajedrez gigante de santos, se puede convertir en una reina, en otra reina de Redondo.

Eso es lo que quiere Redondo, otro Sánchez mejor incluso que Sánchez, porque Sánchez tenía partido y por el partido lo echaron a él del sotanillo de la Moncloa

Eso era Yolanda Díaz, con su barniz negro y su marfil, con su insignia de sobrio poder, ese lazo como la hélice con la que se desplaza la dama sobre el tablero. Otra reina a cuerda de Iván Redondo, otra reina en el bolsillo de botones de Iván Redondo, ese bolsillo que es como un nido de ratoncito. A Sánchez, Redondo le ponía un avión reflejado en unas gafas, o al revés, y hacía un Kennedy de un parado con Peugeot y empresariales. A Díaz, Redondo le pone un blusón y un luto de hermana de cura y lo que tiene es a Evita Perón visitando al papa. Eso no puede hacerlo nadie salvo él, un genio capaz de hacernos creer que está todo el día barajando tarjetas de visita para que no sospechemos que está preparando otro presidente de marca y sin sabor.

Quizá piensan ustedes que Iván Redondo está acabado, que cuando aparece por los saraos parece Mocito Feliz y que cuando hace artículos sólo escribe instancias a un obispo o a un coronel pidiendo recomendación. Pero ya digo que es una jugada maestra, otra más. Todo lo ha sido. Esa nota sobre saber marcharse, la entrevista de Évole en la que hacía de Mr. Bean montando su belén, su penuria dickensiana por los despachos del Ibex, sufriendo la frialdad de sus directivos y del arte abstracto, más el agobio de esas bolas de péndulo de los escritorios, como una gota china de plomo. Nada, todo esto es disimulo. Mientras le vamos perdiendo el respeto, mientras su relato se deshace como la mentira de un niño zampabollos, mientras estamos aquí, inocentemente, pensando que Iván Redondo es un mago de globos, un ventrílocuo de sala de fiestas de provincias, carne de secta de vendedores de robots de cocina, y que llegó a la Moncloa de puro milagro, como Sánchez, él está preparando a la próxima presidenta de España.

Yolanda Díaz e Iván Redondo son la pareja perfecta, porque ella es una política completamente rellenable y adaptable, lo mismo sirve para la trinchera que para el cóctel que para el rosario, e Iván Redondo es un maestro jugando con muñequitos o muñequitas. Yolanda Díaz, que no quiere partidos, sólo escuchar a la gente, y que no se conforma con una izquierda de rinconcito de boxeador, parece puro peronismo, más cuando la hemos visto junto al papa como Evita. Peronismo o incluso falangismo. Eso es lo que parece lo suyo, una cosa hueca rodeada de eslóganes, como una floreada corona funeraria. Y eso es lo que quiere Redondo, otro Sánchez mejor incluso que Sánchez, porque Sánchez tenía partido y por el partido lo echaron a él del sotanillo de la Moncloa y de su ministerio de cuento, su ministerio de lechera con ministerio.

Iván Redondo hace de juguete roto, de peón roto habría que decir, con ese fieltro que se les despega a los peones por debajo, y que en el caso de Redondo quizá es por arriba. Pero nada más lejos de la realidad. Si sus artículos dan risa y su sola presencia da risa, como cuando veíamos a Tamariz aparecer en la televisión; si está empeñado en hacernos pensar que no volverá a tener trabajo porque alguien que hace lo que él hace delante del espejo y de las cámaras no puede aconsejar ni ser útil a nadie; si pasa o parece pasar todo esto, en fin, es porque está preparando su próxima jugada maestra. Qué listo, hacer aquel artículo o avemaría poniendo a Díaz ya de presidenta, sin que nadie pensara que esa sagacidad era ya propaganda al cliente. Ah, el genio…

Yolanda Díaz, otro político maniquí que Iván Redondo vestirá o desvestirá, armará o desarmará como a la señora Potato. Esta vez sí saldrá bien, esta vez será perfecto. Díaz y Redondo: jaque mate. Jaque mate siquiera en los bolsillos de Redondo, llenos de botones y pelucas sueltas de clicks de Playmobil. Sí, porque en realidad estoy seguro de que todo esto sólo pasa en sus bolsillos. Pero era menos cruel imaginarlo o inventarlo que escribir de un Iván Redondo vencido y ridículo, que se queda ya de recogido por pena, en una columna o en un sotanillo, jugando al ajedrez con la casita de Pin y Pon y haciendo jaque mate con barbis.