Hasta en dos ocasiones se negó ayer Pedro Sánchez, en la entrevista con Susanna Griso, a mencionar a su socio de gobierno, Unidas Podemos (UP). No llegó a las tres ocasiones en las que el apóstol de su mismo nombre negó a Jesucristo, pero es que tampoco hubo ocasión. El presidente no habla ya de Unidas Podemos, sino del «espacio de Yolanda Díaz» para establecer la nueva línea divisoria entre la izquierda y la derecha absorbida por la extrema derecha de Vox. Valga decir, siguiendo la referencia bíblica, entre lo bueno y lo malo.

Todas las encuestas más o menos serias (ayer se publicaron dos: una en La Razón y otra en elDiario.es) dan al PP con una subida notable desde la llegada a la presidencia de Alberto Núñez Feijóo; un Vox que aguanta bien por encima de los 50 escaños (un 17,6% le da el sondeo de Simple Lógica); un PSOE que se estanca o cae (aquí las diferencias son notables: NC Report le da rozando los 100 escaños, mientras que Simple Lógica le sitúa con un 27,1%, lo que implicaría una cifra más cercana a los 110); y un UP que sigue cayendo (en torno a 25/30 escaños o poco más del 11%). Eso quiere decir que, incluso para los analistas más optimistas de Moncloa el bloque de la derecha se encuentra al borde de la mayoría absoluta mientras que la coalición del Gobierno, ni siquiera con los socios Frankenstein (los independentistas catalanes y Bildu) estarían en condiciones de llegar a los 176 escaños.

Es lógico, por tanto, que Sánchez ya no hable de Unidas Podemos, sino de Yolanda Díaz, que es la política mejor valorada del Gobierno, por encima incluso del propio presidente. No sólo es lógico, sino que es vital para el PSOE que su socio de izquierdas no sea un barco a la deriva y le pase como le ocurrió en las últimas elecciones en Castilla y León e incluso le podría ocurrir en Andalucía, donde la división interna lleva a hacer casi imposible, hoy por hoy, que el PSOE y sus aliados desbanquen a Juanma Moreno Bonilla.

Es Sánchez, y no desde luego Pablo Iglesias o Ione Belarra, el más interesado en que el proyecto de Díaz salga adelante con cierto éxito para tener una expectativa razonable de superar los 150 escaños en el sumatorio de la izquierda en las próximas elecciones generales.

Aunque tanto la portavoz de UP, Isa Serra, como la presidenta del PSOE, Cristina Narbona, quitaron ayer importancia al ninguneo del presidente, la omisión dolió en las filas podemitas. Sobre todo porque en Podemos saben mejor que nadie que en el «espacio político de Yolanda Díaz» su partido tendrá un papel más bien secundario.

La idea del Frente Amplio (ya hablamos de ello en su día en esta columna) lanzada por Pablo Iglesias tenía a Podemos como «nave nodriza» de toda la izquierda a la izquierda del PSOE. Es decir, en una pirueta muy del gusto de la extrema izquierda, Díaz podría ser la candidata, sí, pero con Podemos por detrás como partido hegemónico, como la organización que marca las prioridades, la hoja de ruta. Es eso justamente lo que no le gusta a Díaz de esa idea. Ella lo que quiere es pilotar un proyecto bajo su mando en el que Podemos sea una pieza más, no un primus inter pares.

El presidente necesita un partido que le sirva de muleta para seguir gobernando. Ya no quiere a Podemos, socio molesto y hundido en las encuestas, y ayudará cuanto pueda para dar oxígeno al «espacio político» de la ministra de Trabajo

Esa diferencia, que no es sólo táctica, sino estratégica, por cuanto el proyecto de Díaz nace -cuando toque- con la vocación de condicionar al PSOE, nunca de suplantarlo, como sí pretendía Podemos, es la que ha provocado tensiones indisimuladas entre Iglesias y su patrocinada.

Recuerden que hace tan sólo quince días, en una entrevista en el programa de La 2 Café d’idees, Iglesias confesó respecto a la designación de Díaz como candidata de UP a las generales: «No tengo claro que fuera lo correcto». Dice ahora el ex vicepresidente del Gobierno que «quizá hubiese sido más democrático que los partidos organizaran unas primarias». ¿Tantos meses de reflexión le ha llevado al ex fundador de Podemos a darse cuenta de que el dedazo no es el mejor método para que las organizaciones decidan sobre sus líderes? No. Lo que Iglesias está insinuando es que se equivocó al imponer a Díaz (incluso sin consultarle a ella según confesión propia) porque no se ha comportado como él creía que lo iba a hacer. Es decir, siendo un peón dócil a las órdenes de Podemos, organización de la que Iglesias sigue manejando los hilos por control remoto. O no tan remoto.

Iglesias presenta hoy su libro Verdades a la Cara. Recuerdo de los tiempos salvajes. Les apuesto a que no dirá una sola verdad sobre esta cuestión. Todo lo más dirá que él no pone en duda la valía de Díaz, que es la mejor, por supuesto, sino que el método utilizado para nombrarla tal vez no fue el mejor.

El caso es que tanto Iglesias, como Irene Montero o Ione Belarra (líder de Podemos, aunque no candidata) recelan del proyecto de Díaz. No sólo eso: saben que Sánchez la está potenciando precisamente para quitarse a Podemos de en medio.

Le queda a la vicepresidenta organizar de una vez por todas su «proceso de escucha». No empezó, como prometió, tras las Navidades; dijo que estaba demasiado ocupada con la reforma laboral. Tampoco al comienzo de la primavera, fecha alternativa que barajó e hizo pública. Ahora ha filtrado que no saldrá a recorrerse las Españas hasta que no esté cerrado el acuerdo del gas con Europa. Es que ella quiere sacar esta reforma -que el coste del kilowatio hora sea de 30 euros- para apuntarse el tanto de que la electricidad baja a la mitad y que el coste de esa reforma lo paguen las eléctricas. Yo creía que ese asunto lo llevaba Teresa Ribera. Pero bueno, es posible que el presidente también le otorgue esa medalla, si es que el acuerdo tiene el visto bueno de Bruselas, para que Yolanda Díaz pueda iniciar su ruta por los pueblos y ciudades con el mismo entusiasmo que levantó la visita de los americanos en Bienvenido Mister Marshall.