Un año después de la llegada al poder de los talibanes hemos de reconocer los esfuerzos realizados por el Gobierno y nuestra sociedad, pero también aprender de los errores si queremos seguir respondiendo a nuestra deuda con aquellos que colaboraron con España en la reconstrucción de Afganistán.


Abdullah (nombre falso) trabajó para la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) durante ocho años en Badghis, provincia al noroeste de Afganistán, como responsable farmacéutico del programa de salud. Hace ahora un año, tras una agónica y terrible espera de días en el aeropuerto de Kabul, se quedó a las puertas de ser evacuado por España. Otros tantos cientos de trabajadores AECID sufrieron la misma suerte. Tras casi un año de miedo y penurias, consiguió llegar a España junto con su familia el pasado 5 mayo a través de Irán. 

Afsana (nombre falso), una de sus hijas, reconocía en una entrevista hace unos días que había asumido, con profunda resignación y tristeza, que ya no podría volver a su país. Ella es abogada y trabajó por la defensa de los derechos de las mujeres y las niñas. Aunque en 2019 tuvo la oportunidad de vivir fuera de Afganistán, en los Emiratos, quiso volver consciente de que podía contribuir a la mejora de su país. Ahora, con la vuelta al poder de los talibanes, la esperanza que tanto costó construir durante 20 años ha desaparecido. 

Un año desde el regreso al poder de los talibanes, esta es, posiblemente, la peor tragedia, la pérdida de esperanza. Veinte años de conflicto en los 80 y 90 no solo destruyeron las estructuras básicas del Estado y gran parte de las infraestructuras físicas, sino que causaron graves daños al tejido social del país. Los últimos 20 años fueron una complicada e insegura, pero también esperanzada reconstrucción del país con muchos problemas, pero grandes progresos sociales y mejoras en los derechos y condiciones de vida que hicieron surgir la esperanza en una nueva generación de jóvenes afganos. 

España contribuyó a generar dicha esperanza, sobre todo en Badghis, donde estuvo presente entre los años 2005 y 2013, mejorando la salud, la educación, el acceso al agua, el desarrollo económico… Estos resultados fueron posibles gracias a profesionales afganos y afganas que trabajaron con AECID, no como traductores, sino como técnicos responsables de proyectos de salud, desarrollo rural, género, infraestructuras, educación y buen gobierno.

A lo largo del pasado año se ha identificado y localizado a más de 270 antiguos trabajadores y trabajadoras de AECID que dieron lo mejor de sí mismos en un contexto complicado y asumieron un enorme riesgo personal al trabajar codo a codo con el personal expatriado. Juntos construimos esperanza, pero existía la posibilidad de que ese riesgo se tornase dramático si los talibanes volvían a tomar el control, tal como sucedió el pasado mes de agosto. Ahora son considerados traidores y perseguidos por ello.

Según Naciones Unidas, la situación de los derechos humanos se ha deteriorado rápidamente este último año con ejecuciones arbitrarias, torturas y limitación de derechos fundamentales. Las mujeres y las niñas, en particular, son las que más lo han sufrido siendo excluidas de la vida pública, incluido la escuela secundaria. Además, la crisis económica ha provocado que más de la mitad de población se enfrente a una inseguridad alimentaria grave, con más de dos millones de niños y niñas desnutridos.

Quizás sea demasiado tarde para salvar Afganistán, pero no para ayudar a su pueblo, no para ayudar a aquellos que ahora sufren represalias porque trabajaron con nosotros»

Quizás sea demasiado tarde para salvar Afganistán, pero no para ayudar a su pueblo, no para ayudar a aquellos que ahora sufren represalias porque un día trabajaron con nosotros. La caótica retirada de Afganistán no reduce la obligación de la comunidad internacional hacia los afganos, sino que la aumenta.

El avión que aterrizó el pasado 10 de agosto con casi 300 refugiados afganos ha supuesto un gran esfuerzo de coordinación y recursos que muestra el compromiso del gobierno de España con Afganistán, los colaboradores y otros colectivos en riesgo. Pero la complejidad de la operación hizo que solo dos familias de trabajadores (12 refugiados) de AECID pudieran ser evacuadas en ese vuelo. 

A lo largo del año pasado más de 80 familias, no siempre completas, de antiguos trabajadores de AECID han llegado a España, en total más de 420 refugiados afganos. De estas familias, 32 han logrado llegar a España a través de Irán, una de ellas la familia de Abdullah. La embajada de España en Teherán ha trabajado incansablemente para procesar visados a estas y otras familias de colaboradores del ejército. 

Aunque fletar un avión es un esfuerzo loable, quizás sea el momento de idear esfuerzos más discretos que ayuden a las familias que están intentado escapar de la tragedia a través de Irán. El viaje es peligroso, largo y, sobre todo, caro. El proceso puede llevar varios meses y las familias se ven forzadas a pagar pasaportes, visados a Irán, estancia en dicho país, y billetes de viaje a España. Según estimaciones de las familias, el coste para llegar a España a través de Irán puede estar entre 1.400 y 3.000 euros por persona. Aproximadamente 35 familias de colaboradores de AECID están ahora en Irán a la espera de resolución para viajar a España. A diario recibimos sus mensajes pidiendo ayuda por las malas condiciones en las sufren su espera.

Más refuerzos para agilizar la resolución de visados pero, sobre todo, más recursos económicos para ayudar a las familias con su estancia y billetes, seguro ayudarían a que muchos trabajadores de AECID que aún están Afganistán, más de 150 familias, pudieran intentar abandonar el terror y la tragedia rumbo a una nueva esperanza.

En España

Y, ¿qué pasa con estas familias una vez llegan a España? El gobierno los acoge a través de organizaciones dedicadas a su acompañamiento. Los niños aprenden español en tres meses, lo que muestra lo bien que funciona la integración en las escuelas. Voluntarios, muchos de comunidades CVX, acompañan a familias afganas para complementar los esfuerzos de las ONGs de acogida. Empresas, como MTP y Uría, donan ordenadores para poder apoyar su aprendizaje y pronta inclusión en la sociedad. Universidades, como la UNED, desarrollan programas para mentorizar a mujeres afganas y facilitar su aprendizaje de español. Muchas otras empresas, cómo Ignis, han mostrado interés en apoyar su empleabilidad. 

Es necesario sumar fuerzas de sociedad civil y empresas de forma innovadora para facilitar su inclusión y contribución a nuestra sociedad»

Pero un año de sucesivas crisis han desbordado el sistema de acogida: pocos recursos para el aprendizaje de español de los adultos, estancias que se prolongan durante meses en hostales y albergues pensados para la acogida temporal y ahora masificados mientras esperan una plaza de acogida, dificultades para encontrar alojamiento por el hecho de ser refugiados, imposibilidad de convalidación de títulos (el 80% de los trabajadores AECID tiene título universitario) y, en consecuencia, dificultad de acceso al mercado laboral. Todo esto está dificultando su necesario proceso de integración en nuestra sociedad. 

Abdullah quiere trabajar cuanto antes, no quiere suponer una carga. Ha mostrado su valía y compromiso en el contexto más complicado y quiere seguir contribuyendo, ahora en nuestro país. Esta es la voluntad compartida por todos y todas los trabajadores AECID, ahora refugiados en España. Quizás no sean necesarios más recursos, sino sumar fuerzas de sociedad civil y empresas de forma innovadora para facilitar su inclusión y contribución a nuestra sociedad. No es solo una deuda moral, es un beneficio mutuo. 


Ignacio Álvaro Benito fue coordinador de la AECID en Afganistán entre 2007 y 2010. Apoya, junto con otros voluntarios, a los afganos que fueron trabajadores de AECID y ahora están refugiados en España y a aquellos que aún están intentando escapar de Afganistán.